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JON AGIRIANO HOZ DE JACA. ENVIADO ESPECIAL
Domingo, 20 de enero 2008, 10:34
La retirada suele ser un momento vital muy complicado para el futbolista profesional. En algunos casos, puede suponer un trauma para jóvenes que, tras años de popularidad, lujos y rutinas triunfales, se ven obligados a iniciar una nueva vida anónima a la que, más allá de los millones amasados, a veces cuesta mucho darle contenido. ¿Qué hacer después del fútbol? David Billabona, ex jugador de la Real, Athletic y Racing, medalla de oro en los Juegos Olímpicos de Barcelona, siempre tuvo la respuesta preparada. Es más, oyéndole hablar uno tiene la sensación de que Billabona inició la vida que deseaba justo después de abandonar el fútbol, cuando se retiró a las montañas a ser feliz.
Desde 2004, el ex futbolista irundarra vive con su mujer y sus dos hijas en Hoz de Jaca (Huesca), un pequeño pueblo pirenaico en el que, durante el largo invierno, sólo resisten catorce habitantes. A Hoz se llega siguiendo la carretera que va de Biescas a la estación de esquí de Formigal. Al llegar al pantano de Bubal, una pequeña carretera cruza el corte de la presa y serpentea monte arriba durante tres kilómetros. La casa de los Billabona se levanta en la parte más alta del pueblo, a más de 1.300 metros de altitud, a la izquierda de un torrente que baja de la montaña abriéndose paso entre una arboleda de chopos, fresnos y abedules. Es una bella casa de piedra con tejado a dos aguas y contraventanas de madera negra, rodeada por un jardín nevado donde se alza un manzano centenario. Lo cierto es que no falta un detalle en el hogar de los Billabona, en cuya esmerada decoración interior se nota la mano de Manuela Negrete, la esposa del futbolista. Las vistas son de postal. Enfrente, al otro lado del valle, la mole nevada de Peña Telera (2.762 metros) envuelta en jirones de nubes blancas. Por detrás, contra el cielo, la silueta imponente de Peña Blanca (2.541 metros).
- «La verdad es que esto es más pijo de los que pensábamos»-, dice Billabona, sentado en un sofá del salón, junto a la chimenea, donde arden unos troncos de quejigo. «Al principio pensábamos vivir en una cabaña por la zona de Broto, lejos de las pistas de esquí y de toda esa movida. Pero luego lo pensamos mejor. Queríamos tener hijos y estar tan apartados no era lo mejor para ellos».
La retirada
Fue en 2000 cuando David y Manuela dejaron Santander y se marcharon a los Pirineos. Fue una fuga que el jugador guipuzcoano venía madurando desde mucho tiempo atrás. Incluso en sus mejores años como futbolista, David Billabona siempre acarició la ilusión de retirarse un día a las montañas, de las que se enamoró siendo un niño, durante las semanas blancas que disfrutaba con sus compañeros de escuela en San Juan de Luz. Retirado del fútbol a los 30 años tras un largo calvario de lesiones que se inició en 1997 con tres fibrosis encadenadas en el recto anterior de la pierna izquierda y continuó hasta 2000 con una rotura de la cápsula y el abductor del dedo gordo del pie derecho, David y Manuela se instalaron en un pequeño apartamento de Panticosa.
- «Nos dedicamos a disfrutar de la montaña y a estar tranquilos y felices los dos juntos. Yo tenía muy claro que no quería seguir vinculado al fútbol. ¡Es que a mí lo que me gustaba del fútbol era jugarlo! Lo demás no me interesaba nada. Paso de ese mundillo. También podía trabajar con mi padre, en la agencia de aduanas, pero eso todavía me gustaba menos. Y como tampoco somos de cenas, de copas o de vida social, ¿donde íbamos a estar mejor?», se pregunta Billabona. A su lado, atenta a los movimientos de sus dos hijas, Manuela asiente con una sonrisa.
Entrar a vivir
La experiencia en Panticosa les convenció de que esa era la vida que querían llevar. Durante meses, buscaron un terreno en el que construir su casa. Lo encontraron en Hoz de Jaca y a un buen precio. Ahora, cuando en esa zona del valle de Tena se piden hasta 300.000 euros por pequeñas parcelas edificables de 300 metros cuadrados, la operación hubiera sido mucho más complicada. El caso es que el 11 de septiembre de 2001, el mismo día del atentado a las Torres Gemelas, David Billabona y su esposa firmaban las escrituras de la parcela.
Al cabo de tres años, en julio de 2004, su casa ya estaba edificada y entraron a vivir. Nunca mejor dicho lo de vivir. Y es que a eso, ni más ni menos, se dedica la pareja. Manuela cuida de las niñas y disfruta en la cocina, donde se esmera con virtuosismo. David lleva a sus hijas a la guardería de Panticosa y luego se marcha al monte con sus perros, Tula y Rona. Por la tarde, ahora en invierno, los Billabona se quedan en casa, juegan con las niñas, ven la televisión o se dan un baño en la pequeña piscina interior climatizada que construyeron encima del garaje. La rutina sólo se altera con las visitas esporádicas a un centro comercial en Sabiñánigo en busca de provisiones, con la consulta al ginecólogo en Jaca -Manuela está de nuevo embarazada- o con alguna cena en Biescas o Panticosa. Cada tres meses, eso sí, hacen una visita a los suegros en Santander e Irun.
- «Es cuando aprovechamos para ver a los amigos y, en mi caso, para hacer un 'intensivo' de tiendas. Pero enseguida nos entran ganas de volver», comenta Manuela.
La conversación es amena, sugestiva y, en cierto modo, perturbadora. David y Manuela hablan del olor que desprende el pueblo por las mañanas, de ese perfume a leña y hierba que deja en el viento el amanecer; hablan de la calidez de la lumbre, de la lentitud de la nieve, del apetito que sienten al volver a casa desde la montaña o del eco de los truenos en las paredes verticales del valle. Y cuentan que el zorro se comió al gallo hace unos días; que a Rona hubo que darle veinte puntos tras el ataque de un jabalí; que la quitanieves del Ayuntamiento limpia cada día la bajada hasta la carretera general; y que este invierno los sarrios han enfermado de la vista y algunos se despeñan desde los riscos. Y resulta imposible no concluir que los Billabona pertenecen a esa rara especie de lúcidos privilegiados que han hecho con su vida justo lo que querían.
- «Yo soy muy básico. Quiero tranquilidad. Disfrutar de la familia, de la naturaleza. ¿Aburrirme? Nada. Esta rutina es mi hobby. Mira, he tenido la suerte de ser profesional del fútbol más de diez años. He hecho unos ahorros y no necesito trabajar para hacer la vida que quiero. Puedo ser un jubilado con hobbys. No tengo necesidad de complicarme la existencia con obligaciones, horarios o jefes. Me gusta depender de mí», afirma.
- «Díles que te llamaron para un programa de televisión»-, apunta Manuela.
- «Es verdad. Me ofrecieron participar en el programa El Conquistador del Fin del Mundo. Ja, ja. A mí me echan al primer día. Que Juanito Oiarzabal diga que todos para allá y todos para allá. Y que te anden grabando todo el puto día. Imagínate. A mí me echan al primer día».
Grandes travesías
Vivir en Hoz de Jaca ha convertido a David Billabona en un montañero experimentado y en un auténtico experto en el esquí de travesía. En compañía de tres amigos de Panticosa -Jesús, Miguel y Carlos- ha ascendido varios 'tresmiles' -el Palas, el Balaitus, el Garmo Negro, Los Picos del Infierno, etc.- y ha completado algunos recorridos memorables de una gran exigencia. El pasado domingo, sin ir más lejos, el grupo se dio una paliza de más de seis horas foqueando por territorios de nieve virgen. Se trata de travesías a más de 2.000 metros, lo que obliga a extremar las precauciones. Todos llevan su ARVA, un detector que permite localizar al montañero que ha quedado enterrado en un alud.
- «Hemos partido alguna ladera, pero somos muy precavidos. No nos gusta pasar miedo. Siempre que cruzamos por una zona de riesgo, dejamos paso. Tiene que haber distancia entre los cuatro, de forma que el alud no nos sepulte a todos y el rescate sea posible. Porque, al final, entre que llamas y una cosa y otra, el helicóptero tarda una hora en llegar», explica.
Billabona atiza las brasas de la chimenea. Afuera, el sol comienza a brillar. Es un paréntesis. Para el día siguiente han anunciado nieve. El ex futbolista dice que le encanta poder bajar esquiando hasta la puerta de casa. Sonríe al pensarlo. El visitante cree que no estaría mal que, en ese momento, lo viera el propagador de infundios que corrió por Santander la voz de que su alejamiento se debe a que se está desintoxicando de las drogas.
- «Es mejor no contestar a esas cosas. Que digan lo que quieran. Paso. ¿Qué van a decir? ¿Qué soy feliz?».
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