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MITXEL EZQUIAGA mezquiaga@diariovasco.com
Domingo, 16 de marzo 2008, 01:56
SAN SEBASTIÁN.DV. Los ojos electrónicos de un robot rov y una sonda multifaz de 256 haces han sido la clave. Esos medios, sí, pero manejados con la pericia y constancia de un puñado de técnicos del instituto Azti-Tecnalia. El bou Nabarra es un barco cargado de simbolismo, pero su búsqueda no tuvo nada que ver con épicas de marineros de novela sino con la ciencia más avanzada. La operación bou tuvo más que ver con los métodos de los institutos tecnológicos que con los libros de Melville. Y el resultado tiene visos de ser definitivo, pese a la constante prudencia que exhiben los técnicos de Azti, autores del hallazgo.
«Es un tema tan delicado que preferimos pecar de prudencia que de triunfalismo hasta que confirmemos que el pecio corresponde, en efecto, al Nabarra», resume Adolfo Uriarte, director de Mercado de Azti y portavoz del instituto que revela en este reportaje, por primera vez, los detalles de la búsqueda.
Un hallazgo por casualidad
La noticia del hallazgo, adelantada por DV la semana pasada, puede poner fin a una historia que arranca hace 71 años. El bou Nabarra, uno de los pesqueros pasaitarras «reconvertido» en navío bélico por el Gobierno Vasco durante la Guerra Civil, fue hundido el 5 de marzo de 1937 por el buque Canarias, de las tropas franquistas. Una treintena de sus marineros pereció en el combate y varios de ellos, con el capitán al frente, prefirieron hundirse con el bou. Desde entonces el Nabarra se convirtió en un icono y ha habido numerosos intentos por encontrar sus restos en el fondo del mar. Pero siempre resultaron baldíos... quizás hasta hoy.
«El hallazgo fue en parte fruto de la casualidad», explica Adolfo Uriarte. «Nosotros en realidad estábamos desarrollando un ambicioso trabajo, encargado por la consejería de Medio Ambiente del Gobierno Vasco, que consiste en realizar una cartografía de detalle de toda la plataforma vasca. Entre otros medios empleamos para ello una sonda multifaz de 256 haces que permite hacer algo así como una ecografía precisa y ajustada de todo el fondo del mar».
El trabajo se desarrolló a lo largo de toda la costa vasca a bordo del Argi, el pequeño barco de apenas diez metros de eslora que utiliza Azti. A bordo viajan su patrón y los dos operadores que dirigen la sonda y los equipos electrónicos, un instrumental valorado en 360.000 euros. Cuando el Argi realizaba la tarea encomendada frente al cabo Matxitxako, en aguas de Bermeo, la sonda detectó un pecio que pronto llamó la atención de los investigadores. Se encontraba a cinco millas de la costa y a cien metros de profundidad.
«Todos imaginamos desde hace tiempo que los restos del Nabarra deben estar por esa zona, pero también hay que reconocer que es un área con muchos barcos hundidos», dice Uriarte. Alguien tuvo la corazonada de que podía tratarse del Nabarra y se pusieron en marcha dos vías. Por un lado, recabar la máxima información histórica con las características del bou. Y por otro, solicitar más medios para conocer mejor qué habían encontrado en el fondo del mar. Todo envuelto en una obsesión: la máxima discreción. ¿Por qué? «Por seguridad, porque hay mucha gente que estaría deseosa de bajar ahí y cobrarse el valor histórico del pecio, y para no herir la sensibilidad de los familiares directos de las víctimas del buque», explica Adolfo Uriarte.
La imagen del robot
Las primeras comprobaciones alentaron las expectativas. Según los datos históricos, el Nabarra tenía 10,4 metros de manga y 65,7 de eslora. Los restos hallados corresponden exactamente a esas medidas. Tampoco hay constancia del hundimiento de otro bou en estas aguas.
Se dio entonces otro paso en la comprobación in situ en colaboración con la consejería de Agricultura y Pesca del Gobierno Vasco. Se alquiló a una empresa catalana un robot rov (robot manejado por control remoto) y en febrero se llevó al punto exacto del hallazgo a bordo de una embarcación del ejecutivo autónomo.
«Es un robot al que puedes equipar con una cámara y que desciende a mucha profundidad», apunta Uriarte. «Presenta dos problemas: es muy pesado, en torno a los doscientos kilos, y debe estar conectado con un cordón a la superficie. Lamentablemente eso le resta movilidad e impide que se desenvuelva bien en el interior del pecio».
Pese a las trabas el robot dio abundante información: imágenes de los restos que confirman que el hallazgo se corresponde exactamente con un bou como el Nabarra. «La pena es que no hemos encontrado la campana del barco o alguna inscripción que confirme exactamente que es el que buscamos. Pero nada de lo que hemos visto desmiente que lo sea. La proa, las barandillas, los portillos, todo coincide con la descripción del Nabarra», dice el técnico de Azti.
El bou está partido en dos y la flora y fauna marinas se han asentado ya en los restos del barco, que se sigue degradando, aunque muy lentamente, con el paso del tiempo.
Esos son los datos concretos hasta el momento. El Gobierno Vasco anunció oficialmente la semana pasada el hallazgo del pecio y pidió cautela hasta que se confirme que es el Nabarra. ¿Y ahora, qué?
«Es el momento de pasar a la siguiente fase», anuncia Adolfo Uriarte. «Estamos ultimando los detalles para que dos buzos especializados desciendan hasta el pecio y busquen más pruebas. Lo haremos cuando mejore el clima, en uno o dos meses». Pero no es tan fácil: descender a cien metros de profundidad necesita varias fases de descompresión, y además, los buzos no pueden permanecer en el fondo más que de veinte a treinta minutos.
«Tampoco se sabe qué puede haber ahí dentro», reflexiona el técnuico de Azti. Es difícil imaginar que puedan quedar restos humanos tras tantos años y a tanta profundidad, aunque según la historia al menos tres tripulantes del Nabarra se encerraron en el puente cuando el barco se hundía.
¿Y en caso de que se confirmara que es el Nabarra? ¿Qué habría que hacer con esos restos? «Es una decisión que corresponde a las autoridades pero lo justo sería dejar en el mar lo que ya es del mar», aventura Uriarte. «Estaría bien rescatar alguna de las piezas del barco para ser colocadas como icono que recuerde su historia, y dejar el resto allí», agrega.
Pero eso es correr demasiado. Por ahora el reto es confirmar que se trata del Nabarra. Todo apunta a favor... salvo un matiz. Lo explica Uriarte. «En los archivos de la Marina española consta el derrotero que siguió el Canarias, el barco que hundió al Nabarra. Y según la memoria que dejó escrita Salvador Moreno, capitán del Canarias, el hundimiento del Nabarra se produjo a veinte millas de la costa. Eso no encaja con el lugar donde hemos hallado los restos. Pero hay que tener en cuenta, en primer lugar, que entonces no había radar ni sonar. También hay que saber que el Canarias probablemente estaba a siete kilometros del bou cuando lo hundió. Así evitaba los cañonazos de éste pero sí podía atacar con los suyos, mucho mas potentes. Y además, el Canarias pudo dar por hundido al Nabarra y éste seguir flotando en un día de tan mala mar como aquel , y haber sido arrastrado después más hacia la costa».
Puede que las incógnitas se resuelvan en unos meses o puede que sigan flotando en el agua. Lo único cierto es que la historia del bou Nabarra fue una leyenda de la Guerra Civil que sigue dando pie a enigmas setenta años después.n
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