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JOSÉ MARI REVIRIEGO
Lunes, 21 de julio 2008, 13:04
BILBAO. DV. ETA metió ayer el miedo en el cuerpo a los vecinos y visitantes de Laredo y Noja, dos localidades cántabras próximas a Vizcaya que acogen a miles de vascos en verano, al hacer estallar cuatro bombas en sus playas principales y en un campo de golf. Tres días después de que el Tribunal Constitucional paralizase la Ley de Consulta, la organización terrorista puso en jaque durante más de cuatro horas a los ciudadanos y a las fuerzas de seguridad en el atentado más grave que comete desde el ataque a la rotativa de , el pasado 8 de junio. Un comunicante anónimo avisó sobre las 10.30 horas de la colocación de los artefactos y anunció que explotarían entre el mediodía y las tres de la tarde.
La amenaza se cumplió en una especie de cuenta atrás que llevó la psicosis a ambas localidades costeras. Sólo el arenal de Laredo tiene siete kilómetros de longitud y más de 20 entradas, lo que dificultó la labor de rastreo y control. Los edificios de viviendas y los paseos cercanos a las zonas de riesgo fueron desalojados a tiempo entre evidentes signos de preocupación de sus residentes. Muchos de ellos fueron testigos de las explosiones desde unas calles envueltas en olor a pólvora y arena lanzada por las deflagraciones. No hubo heridos graves, pero sí incertidumbre y terror en lo que la Policía considera la vuelta de ETA a la campaña veraniega de acciones violentas contra puntos turísticos.
Tras la bomba colocada contra , la organización terrorista había rebajado el alcance de sus atentados los días previos al debate sobre la consulta de Ibarretxe, aprobada el 27 de junio gracias al voto de EHAK. Esta aparente calma, interrumpida el 4 de julio por el ataque contra un repetidor de la sierra alavesa de Elguea, llevó a algunos medios a especular con la posibilidad de que la organización armada hubiera establecido una minitregua. Según esta tesis, negada por el Gobierno Vasco, ETA aguardaría a la evolución de la iniciativa plebiscitaria, suspendida el jueves de forma cautelar por el Constitucional.
Lo cierto es que la tormenta de terror volvió ayer con cuatro explosiones en las localidades cántabras de Laredo y Noja, en una comunidad autónoma golpeada por el terrorismo en los últimos años, especialmente en Santander. Un comunicante anónimo, con la voz distorsionada de una mujer, alertó al Parque de Bomberos de Ortuella de la colocación de los artefactos. Al parecer, la llamada se produjo desde una cabina telefónica de Sopelana, en la que la Er-tzaintza buscaba después huellas dactilares.
Destino de los vascos
Aunque ayer no era un día playero, la actividad era intensa en los arenales de Laredo, uno de los destinos preferidos por los vizcaínos. Su población pasa de los apenas 15.000 habitantes registrados en el censo a más de 150.000 en verano. Pese a los nubarrones, numerosos usuarios disfrutaban por la mañana de la playa de La Salvé, la más concurrida de la localidad. Había peatones, aficionados al y un torneo de fútbol. Después de recibir el aviso, las fuerzas de seguridad y de protección civil se echaron a la calle para pedir prevención e iniciar el desalojo. No fue tarea fácil, pues la playa es enorme, llena de posibles escondites entre dunas.
La evacuación más efectiva se produjo en la zona de casas unifamiliares alejada del núcleo urbano, conocido como Puebla Vieja. En la parte próxima a este entorno, donde se levantan bloques de viviendas en primera línea de playa, las patrullas de la Policía Local y de la Guardia Civil instaban al abandono de los pisos y al cierre de persianas. Algunos vecinos prefirieron parapetarse dentro o miraban por la terraza. Otros bajaron a la calle y seguían los acontecimientos detrás del cordón de seguridad, entre la expectación y el miedo.
Mientras tanto, los equipos de rastreo, apoyados por miembros de los Tedax procedentes de Vizcaya, buscaban contra el reloj los artefactos por el terreno irregular del arenal y trataban de impedir el acceso de los viandantes. La playa fue desalojada en menos de una hora desde que se conoció la alerta.
En 1994, dos bombas camufladas en carteras y abandonadas en la playa de La Arena y el monte Artxanda, dos zonas de recreo de Vizcaya, hirieron a tres personas -dos de ellas sufrieron amputaciones en sus manos-. El atentado, cuya autoría rechazó ETA mientras el entonces consejero Atutxa apuntaba a sus grupos de apoyo, desató la alarma social.
No es de extrañar que ayer se palpara la tensión en el rastreo de Laredo. La primera de las cuatro explosiones anunciadas ocurrió a las 12.10 horas en La Salvé. Aunque aparentemente fue de escasa potencia, destrozó un metro y medio de la balaustrada del paseo y reventó cristales en un bloque de pisos de cinco alturas, situado en la urbanización El Dorado. Los bomberos descartaron daños graves en las casas tras inspeccionarlas.
La zona afectada por la deflagración, conocida como Carlos V, está al lado de la entrada principal a la playa y la concurrida cafetería Snack, cuya terraza tuvo que ser retirada. Esas dunas son muy frecuentadas por la noche por los jóvenes, reunidos para hacer .
La siguiente bomba en Laredo explotó a las 14.05 horas en un puesto de socorro, que quedó destrozado en medio de un cráter en la arena. Al parecer, el artefacto estaba enterrado cerca de la instalación, cuyos socorristas inician su labor a las once de la mañana. Pese a que no se registraron daños personales, vecinos y visitantes no querían ni imaginar qué habría pasado si los atentados hubieran ocurrido el día anterior, sábado, jornada de sol con las playas hasta los topes.
En una mochila
Igual que en Noja, pueblo de unos 3.000 vecinos en invierno que estos meses se convierte en un municipio de 80.000 veraneantes. Una vez evacuada, la playa del Ris, que llega hasta el municipio de Isla, fue inspeccionada por los Tedax, que se ayudaron de perros. El artefacto, escondido en una mochila en la zona de dunas, explotó a las 12.50 horas, a sólo 15 metros de distancia de los agentes. La búsqueda había sido intensa, aunque difícil por la envergadura del arenal y su orografía.
En noviembre de 2007, ETA colocó dos bombas en los juzgados de Getxo, pero sólo avisó de una. Ninguna estalló por fallos de los terroristas. La otra, instalada en una papelera, pasó desapercibida durante horas en las que agentes, bomberos, sanitarios, políticos y periodistas merodearon cerca de ella sin saberlo hasta que fue localizada.
La segunda bomba de Noja, y última de la cadena de explosiones, estalló a las 14.50 horas, diez minutos antes de que expirase el plazo dado por ETA. La deflagración se registró en el campo de golf, como había indicado la voz anónima, situado a unos cien metros de la playa del Ris.
Aunque el campo estaba acordonado -la explosión ocurrió en el hoyo 8-, sus dimensiones y las carreteras que lo bordean dificultaron su sellado. De hecho, una casa próxima no había sido evacuada. Una mujer del inmueble resultó herida leve al recibir el impacto de una piedra desprendida por la deflagración. Laredo y Noja recuperaron la normalidad por la tarde, tras la inspección de las playas. El ataque constituye la vuelta de ETA a los atentados contra intereses turísticos, una campaña con la que ha castigado con dureza el Levante en años anteriores. Desde 2004 había rebajado su actividad al coincidir con la tregua y los atentados del 11-M.
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