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Los Ancares, una cordilllera para perderse
Dverano

Los Ancares, una cordilllera para perderse

Hace veinte años Los Ancares era una de las comarcas más remotas y pobres de Europa, y sus habitantes vivían casi como en tiempos de los celtas.

ANDER IZAGIRRE

Lunes, 4 de agosto 2008, 09:54

Voy a arrancar la vespa en Vega de Espinareda (León) y se me acerca un hombre: «Oye, ¿vas hacia Los Ancares? Pues llena el depósito porque si no te vas a quedar allí dentro». La región de Los Ancares es un nudo montañoso que se alza entre Lugo, León y Asturias, y hasta hace poco constituía una de las comarcas más remotas, olvidadas y pobres de Europa. En la cordillera se abren tajos profundos, hondonadas y valles que corren en todas direcciones y se cruzan unos con otros hasta formar un laberinto. En esas cuencas se desparraman aquí y allá las aldeas ancaresas, racimos de casas de piedra apretujadas.

Hasta hace veinte años, para ir de una aldea a otra sólo existían senderos o caminos de herradura; la escuela, la tienda y el médico más cercano quedaban a docenas de kilómetros. En invierno, las nevadas dejaban a los vecinos aislados durante uno o dos meses. No conocían la electricidad, el agua corriente ni el teléfono. Las familias convivían con las vacas y los cerdos en pallozas heredadas de los celtas -chozas con muros ovalados de piedra y tejado de paja- y se alimentaban con castañas, patatas y el lujo ocasional de la carne de cerdo o de gallina. El bocio era una enfermedad endémica, por la falta de yodo en la dieta. Y el remedio tradicional consistía en beber agua de nueve fuentes a las doce de la noche del día de San Juan.

Las condiciones ya han mejorado mucho: hay carreteras asfaltadas, por ejemplo. Pero las mil carreteritas de Los Ancares se cruzan una y otra vez sin señales que orienten al visitante, especialmente en el lado gallego. Quien se oriente bien en esa telaraña encontrará una gasolinera a los cien kilómetros; quien dé unos cuantos rodeos, como yo, necesitará unos 150. Y en Vega, antes del aviso, iba con el depósito a medias, como para 75 kilómetros.

Un poco después de Vega de Espinareda, en Sésamo, se abre la puerta de los Ancares leoneses. Una carretera bacheada trepa hasta el alto de Lumeras y se asoma sobre el valle del río Ancares. Al frente se levanta un oleaje de montañas azulonas y redondeadas, una sierra viejísima, pulida por las lluvias, los vientos y las eras glaciales de los últimos 500 millones de años. Abajo, el valle es muy negro. Los pueblos brotan de la tierra oscura como coágulos de roca y pizarra. En los huertos, las señoras con pañolón y vestido negro parece que están removiendo cenizas con la azada. Sólo el río traza una pincelada refrescante, un bosquecillo fluvial de chopos, alisos y sauces.

Me desvío a Espinareda de Ancares, una aldea retrepada en la montaña. Aparco en la plaza y una anciana, también de negro riguroso, se acerca a preguntar cómo va el día. «Muy bien, gracias, ¿y por aquí?». «Aquí, como podemos, estirando, estirando». «¿De qué viven en el pueblo? No he visto ganado». «Alguna vaca hay, pero aquí no. Las hay en Sobreira y en Pereda». «Entonces, ¿de las huertas?». «Bueno, sacamos pimientos, cebollos y patatas. Lo demás hay que comprarlo. El panadero y el frutero vienen dos veces por semana y también traen carne. Yo tengo pensión, poquita, pero la estiro, la estiro».

No sé de qué viven en Espinareda, pero sí de qué mueren: de viejos. Dicen las lápidas del cementerio que casi todos los vecinos cumplen ochenta y muchos o noventa y tantos años. A partir de Tejedo comienza una subida preciosa y muy empinada. La carretera bordea el circo glaciar del monte Cuíña, un anfiteatro de roca y nieve en cuyo regazo se despliega un bosque de rebollos. Gracias al aislamiento y a la escasa intervención humana, en Los Ancares se han conservado inmensos bosques de castaños, robles, pinos, abedules, acebos y tejos, refugio de especies tan amenazadas como el oso o el urogallo. Otra especie en peligro de extinción es la humana: muchos ancareses emigraron a lo largo del siglo XX a América, a Francia, a Alemania. Entre 1960 y 2000, se abandonaron la mitad de las explotaciones ganaderas y muchas aldeas quedaron despobladas. En Los Ancares gallegos quedan siete mil personas y treinta mil vacas, el único negocio que insufla algo de vitalidad a la región.

Después de coronar el puerto de Los Ancares, a 1.648 metros de altitud, la carretera baja en picado hacia una profunda hoya entre montañas. Allá en el fondo, 700 metros más abajo, está la aldea de Balouta, un conjunto de pallozas, hórreos y casas de piedra. En una de las pallozas cuelga un cartel: «Se puede visitar. 1 euro». La muestra Jaime, un ancarés de 82 años y cuatro o cinco dientes, boina calada y andares eléctricos. Cuando nos acercamos a la palloza le tiendo un euro. Le da apuro aceptarlo. «Mi mujer y yo vivimos ahora en la casa nueva, pero toda la vida estuvimos en la palloza, hasta hace diez años», explica, en una mezcla de castellano y gallego. «Ahora estamos mucho mejor, con el agua corriente, la calefacción. ».

Las pallozas se construían con un muro de piedra muy grueso, sin más huecos que la puerta y algún mínimo ventanuco, para mantener así el calor en los inviernos feroces. El techo se levantaba con vigas de roble y una cubierta de paja de centeno trenzada (en gallego, : de ahí . Ni siquiera se abría un agujero para la chimenea: el humo se filtraba por la paja. Y en el interior convivían personas y animales, en espacios separados por tablazones que sólo llegaban a media altura. Las pallozas ya se levantaban así mucho antes de que los romanos aparecieran por estas tierras.

Jaime abre la puerta y entramos en un espacio oscuro, fresco, abovedado y con un suelo mullido cubierto de paja. Las voces suenan acorchadas. Enciende los pequeños focos eléctricos que iluminan el interior y me muestra las estancias. A la izquierda de la entrada, en un rincón, un pequeño gallinero. Al fondo, un establo en el que guardaban una docena de vacas y unos cuantos cerdos. En la zona central, la cocina: una lumbre en el suelo de losas, sartenes y pucheros colgando de una cadena vertical y dos bancos de madera puestos en ele para delimitar la zona. Y a la derecha de la entrada, la habitación del matrimonio, con una gran cama y los retratos sepia de la pareja. «Ahora nos dicen que las pallozas son monumentos y hay que cuidarlas. No nos dejan tirarlas pero tampoco nos dan ayudas para mantenerlas, y tenemos que cambiar la paja de vez en cuando, cuidar las vigas...». Pregunto si queda alguna palloza habitada. Menea la cabeza: «Os das outras pallozas morreron».

A partir de Balouta, la carretera se convierte en una estrecha cinta de asfalto que se interna por un bosque de acebos, robles y castaños cuyos troncos no se podrían abarcar ni entre cuatro personas. Avanzo por un interminable túnel vegetal, bajo una bóveda de ramas que amenaza con cerrarse y tragarme. Después de Suárbol, último pueblo de León, llego a Piornedo, primero de Lugo, una aldea de 50 habitantes situada a 1.200 metros de altitud, en la morrena de una antigua y evidente cuenca glaciar. Para construir las casas, los vecinos aprovecharon los bloques de granito que hace milenios el hielo arrastró hasta aquí.

Piornedo debe de ser uno de los pueblos más viejos de Europa: reúne pallozas y hórreos que se mantienen casi como en tiempos prerromanos. Un proyecto público pretendió rehabilitar la aldea, pero el plan pasaba por desalojar a los vecinos y llevarlos a una nueva urbanización disimulada en el bosque. El arquitecto pretendía derribar las casas y las naves modernas (las que se levantaron con ladrillo, hormigón y uralita), remozar las pallozas y así recrear una aldea del siglo XIII para goce de turistas: una aldea de Astérix con alojamientos y tiendas de souvenirs. Y sin vecinos.

La aldea sí que tiene algo de Astérix: los vecinos, precisamente. Catorce familias, incluidas parejas jóvenes que han apostado por quedarse, resisten al invasor. Aceptan los trabajos necesarios para mejorar el aspecto estético de Piornedo -como revestir con granito los edificios de ladrillo y hormigón-, pero defienden que nadie sabe cuidar de las pallozas mejor que ellos. Sólo falta que, a cambio de los impuestos que ya pagan, las autoridades se encarguen del mantenimiento del pueblo y que doten a Piornedo con servicios tan básicos como el alumbrado, el alcantarillado o el mantenimiento de caminos.

El pulso entre vecinos aislados y autoridades lejanas tiene cierta tradición en la comarca. El siguiente pueblo de la ruta, Donís, se declaró república independiente en 1873. Los vecinos de esta aldea pobre y apartada, hartos de pagar impuestos y no recibir nada a cambio, secuestraron al recaudador y proclamaron la independencia. El arrebato sólo duró unas horas, hasta que llegó una pareja de guardias civiles a poner orden.

Paro en la Campa da Braña, un cruce de caminos, y pregunto a un nativo cómo se llega al castro celta de San Román de Cervantes. Me dice algo parecido a esto: «Sigues un par de kilómetros hasta un cruce, tomas a la derecha, en el segundo desvío giras a la derecha otra vez, subes un repecho, tuerces a la izquierda, continúas hasta el tercer cruce a la izquierda...». Dejo de prestar atención, aturdido, pero el hombre sigue hablando un minuto más y termina con una frase inquietante: «... y a los 25 kilómetros, verás un stop».

Nunca veré ese stop. A los cinco minutos ya estoy perdido en esta maraña endiablada de carreteras que se dividen en carreteritas, que a su vez se dividen en carreteruchas, pistas y caminejos, sin ninguna señal en los cruces. De vez en cuando paso cerca de alguna aldea minúscula que no figura en mi mapa. Subo, bajo, giro, retrocedo, doy vueltas por los bosques, los pueblos empiezan a sonarme y los vecinos me saludan ya con familiaridad. De pronto, de una manera milagrosa, se me aparece San Román (el pueblo). Allí una señal indica el camino hacia el castro celta, pero no la distancia. Así que pregunto a un abuelo cuántos kilómetros me quedan. «Cuatro o cinco». Hoy descubro la Ley del Kilómetro Gallego. Si el paisano dice que faltan cuatro kilómetros, faltan quince. Y menudos quince: un festival de curvas ciegas con gravilla y socavones en los que podrían vivir familias numerosas. Como después de los quince de ida hay que recorrer los quince de vuelta, sobra tiempo para lamentar el escaso éxito que ha tenido en esta región el sistema métrico decimal.

Pero los rodeos merecen la pena. Porque el castro de Santa María ofrece un ejemplo asombroso de que en estas tierras dos mil años no son nada: el castro es un conjunto de viviendas pegadas unas a otras, cuyos muros circulares de piedra son idénticos a los de la palloza de Jaime. Aquí las casas se han construido de la misma manera desde tiempos de Julio César.

A partir de San Román me apaño bastante bien para encontrar la autovía que va a Lugo. La aguja del combustible está en la zona roja desde hace tiempo, así que me acerco a una gasolinera y bendigo al hombre que me advirtió en Vega de Espinareda. Ahora me maravilla la autovía: calzada de diez metros, asfalto firme, largas rectas, despliegue exuberante de carteles y señales. Se puede conducir sin pensar. Pero si hablamos de emociones, la autovía es una cinta transportadora. Y las carreteritas de Los Ancares, una montaña rusa. Eso sí: quien entre a Los Ancares lucenses sin un mapa muy detallado, deberá conducir con paciencia. Con paciencia y, por si acaso, con un bidón de combustible, provisiones y unas buenas bengalas para pedir socorro.

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