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JUAN AGUIRRE
Miércoles, 20 de agosto 2008, 04:42
Los libros de estilo, mixtura de código de la circulación y de libro rojo para periodistas, nos advierten edición tras edición contra el uso de palabras o expresiones que puedan ofender a los diversos grupos sociales. Ciertamente, la corrección en el lenguaje es un deber para quienes lo tenemos como herramienta de trabajo, pero toda la ciudadanía debe medir lo que dice en su vida diaria. Se impone una limpieza léxica entre la población más lenguaraz.
Empecemos borrando de nuestro vocabulario los adjetivos crudos: anciano, negro, gordo, enano, calvo... Si nos piden describir a alguien que reúna todos esos atributos diremos: «Es un hombre mayor, de color (o subsahariano, aunque sea de Otxandiano), generoso por su volumen y discreto por su estatura, con cabeza exenta de masa capilar».
En la vida moderna todo quisqui es 'presunto' hasta que un juez dicta sentencia y el Tribunal Supremo lo confirma. Por tanto, si al llegar a casa se encuentra usted a un tipo llevándose su ordenador y el plasma de 50 pulgadas, mantenga la calma y la corrección verbal: no se le ocurra llamarle ratero, mangante, chorizo... sin poner por delante el 'presunto', o se arriesga a que le meta un paquete por ofensa al honor. Y cuando acuda a tribunales, confíe en la presunta justicia.
Gracias a las asociaciones protectoras hemos tomado conciencia de que determinados tópicos del habla ordinaria denigran a los animales: perrito faldero, me salió rana, mosquita muerta, sangrar como un cerdo, ser un burro... Desterremos también la comparación «íbamos como sardinas en lata», por deferencia a las sardinas y también a los conserveros, quienes puntualizan de que a las sardinas en la actualidad se las enlata con toda clase de comodidades y en el mejor aceite. Idéntica razón asiste a los productores lácteos cuando se quejan del abuso de la expresión «mala leche», ya que los controles de calidad hacen imposible que salga al mercado tanto líquido en condiciones insalubres.
Y llegamos al punto más doloroso. Por muy expresivas que resulten, jamás debemos usar fórmulas como «Bitxori es una tiñosa», «el partido de Nadal fue de infarto», «Periko tiene el monedero estreñido», «el proyecto del lehendakari cojea», «te sale más caro que un hijo tonto»... Porque Bitxori, Nadal, Periko y el lehendakari no dirán ni pío, pero tiñosos, infartados, estreñidos y cojos protestarán sintiéndose heridos en su sensibilidad. Respecto a los papás de niños tontos, se quejarán del uso peyorativo argumentando que la tontura es una opción vital como cualquier otra, una opción con muchas variantes: tonto del higo, tonto de capirote, tonto del bote, tontolaba...
En una palabra, usemos un lenguaje más sostenible.
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