Borrar
Las diez noticias de la jornada
GENTE

ISLAS VESTMANN EN LA BOCA DEL INFIERNO

Al sur de Islandia, 46 moles de roca negra emergen del mar con violencia: es el archipiélago de Vestmannaeyjar, modelado por las erupciones y los terremotos. Caminamos por Heimaey, la única isla habitada, y subimos al volcán que brotó en 1973 y sepultó media ciudad

ANDER IZAGIRRE

Domingo, 31 de agosto 2008, 11:44

El 22 de enero de 1973, el marino Siggi debía zarpar del puerto de Reikiavik (capital de Islandia) para navegar con su pesquero hasta la isla de Heimaey, su tierra natal. Siggi, que entonces tenía 38 años y ahora 73, dice que tuvo un presentimiento. Y retrasó el viaje.

Unas horas más tarde, en la madrugada del 23 de enero, la tierra crujió en el este de Heimaey. De pronto se abrió una grieta de kilómetro y medio y desde las entrañas de la tierra brotó una muralla de fuego de docenas de metros de altura. La erupción estalló a cuatro pasos del pueblo de Heimaey, el único del archipiélago. El viento este, el más habitual, habría sepultado la localidad con lava y cenizas en unas pocas horas, pero aquella noche soplaba un viento sur salvador. Los 5.000 habitantes tuvieron tiempo para abandonar la isla antes del amanecer: salieron corriendo de sus casas y subieron a los barcos que iban y venían sin parar hasta la cercana costa de Islandia.

Siggi recibió la noticia en el puerto de Reikiavik, en la mañana del 23 de enero. Zarpó con su barco pesquero hacia Heimaey, donde ya no quedaban vecinos, y colaboró en el rescate de coches, muebles y toneladas de pescado, que fueron transportados por mar y aire hasta Islandia antes de que la lava los devorara.

Así empezó una batalla infernal. La grieta vomitó fuego y rocas fundidas durante cuatro meses; los grupos de bomberos y operarios pelearon todo ese tiempo para salvar Heimaey. El tercer día, cuando empezó a soplar el viento del este, se abatió sobre el pueblo una lluvia de bombas de lava y de cenizas abrasadoras. La lava fluyó por las calles en grandes ríos incandescentes y durante las siguientes semanas devoró 380 casas. Millones de toneladas de ceniza sepultaron Heimaey bajo una capa de cuatro metros, cuyo peso derrumbó docenas de viviendas y mandó a pique muchos de los barcos amarrados en el puerto. Los trabajadores corrían de aquí para allá esquivando incendios, gases tóxicos y lluvias de rocas, apuntalando casas, retirando la ceniza de los tejados y tratando de frenar las lenguas de lava.

La principal obsesión era evitar que las erupciones taponaran la bocana del puerto. El puerto de Heimaey constituía una de las mayores bases pesqueras del Atlántico Norte, la razón por la que miles de personas habitaban esta isla tan amenazante pero tan próspera. Los bomberos instalaron docenas de mangueras a presión, con las que lanzaban agua marina a las coladas ardientes para enfriarlas y tratar de frenarlas. Parecía tan inútil como escupir a un monstruo: la lava siguió avanzando, alcanzó la orilla, se derramó sobre el mar y produjo gigantescas columnas de vapor; se petrificó, formó un puente sobre el que avanzaban las nuevas riadas y se acercó palmo a palmo hacia la montaña que cerraba la bocana en la orilla contraria. Y entonces, de un modo casi milagroso, se frenó 175 metros antes de cegar el puerto. Desde entonces, el puerto de Heimaey cuenta con una bocana más estrecha y un refugio más seguro.

Al margen de este beneficio inesperado, cuando se apagaron los últimos fuegos el recuento fue desolador: casi medio pueblo estaba enterrado bajo la lava, muchos barcos yacían en el fondo del mar, las aguas polucionadas quedaron sin peces, un manto de cenizas cubría los pastos de la isla. A pesar de todo, los vecinos apostaron por reconstruir el pueblo en su nuevo paisaje: en la falda del recién nacido volcán. Porque en el este, donde antes solo había una estrecha franja costera entre las casas y el mar, se alzaba una montaña cónica de 205 metros, a la que llamaron Eldfell (montaña de fuego), y se extendía un campo de lava de dos kilómetros cuadrados.

La nueva Heimaey

Zarpamos desde Thorlakshöfn, en la costa islandesa, y tardamos casi tres horas en llegar a Vestmannaeyjar. El archipiélago hace una aparición teatral: se alza la neblina y en medio del Atlántico brotan 46 muelas negras, barridas por los vendavales, azotadas por el oleaje, rebozadas en espuma y salitre. Desde más cerca descubrimos que muchos de los islotes están cubiertos por un manto de hierba. Y en algunos se ven granjas inverosímiles colgadas sobre el abismo. Para construirlas, los nativos trepan por los acantilados, alcanzan la parte alta y allí montan una polea con la que suben los materiales desde los barcos. Después, un pastor navega con su rebaño hasta el islote y las ovejas equilibristas trepan por el acantilado hasta la pradera de la cima.

El barco enfila hacia Heimaey, la única isla habitada, y parece que va a chocar contra un montañón volcánico de doscientos metros. El acantilado es el territorio de la vida vertical, al que se han adaptado todos los isleños, ya sean animales o humanos. Las ovejas mordisquean hierba en los resquicios más escalofriantes del precipicio; los frailecillos y las gaviotas anidan en nichos minúsculos y motean de guano las paredes negras; y de vez en cuando aparece algún vecino de Heimaey colgado de una liana, balanceándose de una repisa a otra, volando cien metros sobre el mar, recolectando los huevos de las aves mientras cuatro o cinco compañeros le sostienen desde arriba.

La embarcación va rodeando la montaña hasta que encuentra una abertura estrecha, flanqueada por un campo de lava: es la bocana que estuvo a punto de cegarse en la erupción de 1973. Nos colamos por ella y pronto desembarcamos en el puerto de Heimaey, refugio de un centenar de naves que salen al bacalao, al lenguado, al arenque, a la langosta.

La nueva Heimaey, trazada con escuadra y cartabón, es una cuadrícula de calles amplias en las que se disponen hileras de casas bajas. Un gran barrio residencial, ordenado y tranquilo, un pueblo que parecería el más sosegado del mundo si no fuera por una peculiaridad: está rodeado por volcanes y asentado sobre una llanura que en cualquier momento puede abrirse y devorarlo. Heimaey es pura testarudez islandesa, puro empeño de dignidad. En 1973 los vecinos retiraron toneladas de cenizas a golpe de pala y reconstruyeron una ciudad modélica sobre las ruinas devoradas por una lava aún caliente. Incluso aprovecharon esos ardores del volcán recién nacido para calentar agua y lograr calefacción gratis en las nuevas casas. Heimaey es la persistencia del orden, de la disciplina, del trabajo, de la alegría, en medio de la naturaleza más hostil. «Los años de la reconstrucción fueron muy emocionantes», recuerda el marino Siggi. «Todo el pueblo trabajó codo con codo, incluso vinieron voluntarios de 19 países para echar una mano. También organizamos fiestas y conciertos en los que participaba la gente del pueblo, para descansar y divertirnos». En el verano de aquel trágico 1973, entre ruinas y escombros, los vecinos montaron en el teatro del pueblo un musical titulado . Una historia de colonos, como ellos.

De colonos optimistas pero no ilusos: en algunas esquinas de Heimaey se levantan pequeños montones de bombas piroclásticas, es decir, piedras volcánicas del tamaño de melones que bombardearon el pueblo durante la erupción. Son escultura. y recordatorio.

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Publicidad

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios

diariovasco ISLAS VESTMANN EN LA BOCA DEL INFIERNO