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M.L.
Viernes, 15 de mayo 2009, 10:41
DV. El Instituto Bidebieta alberga una exposición que invita a realizar un viaje en el tiempo que se remonta al 2205 antes de Cristo, cuando comenzaron a utilizarse las conchas de unos caracoles marinos, denominados cauris, como monedas. Su relevo lo tomaron otras piezas más simbólicas y no menos exóticas que han ido sucediéndose en el tiempo hasta la nuestros días
Bajo el título , la muestra reúne un total de 503 piezas, en su mayoría originales, acompañadas de paneles informativos redactados en castellano, euskera y chino. De su traducción se han encargado dos alumnas de este centro de enseñanza, Lulu Hu y Yu Zhou.
Su llegada al instituto llevó a Miguel Ibáñez, profesor de Biología y experto numismático, a plantearles la posibilidad de embarcarse en este proyecto con la idea de investigar el pasado de su lugar de origen. Ambas aceptaron el reto y al equipo de trabajo también se unieron sus compañeros de clase Carlos Zamora y Yadira Arciniega, así como otra docente, Lierni Lasa. Todos han logrado recrear en pocos metros la transformación que ha sufrido el dinero a través de siglos y más siglos.
Tras un estudio previo de cada una de las épocas más destacadas, se lanzaron a la búsqueda de las piezas que habrían de conformar la exposición. Aunque muchas proceden de colecciones privadas, algunas han sido adquiridas para la ocasión o cedidas por el propio Ibáñez, como las que tiempo atrás compró a un comerciante de Nueva York y estuvieron un tiempo perdidas, a consecuencia del fatídico 11-S.
No son las únicas curiosidades de las que pueden presumir los responsables de esta iniciativa. Los visitantes podrán admirar, asimismo, el primer dinero ideado en metal. «Hacia el año 1000 a.C. se comenzaron a fabricar imitaciones de cauris con bronce fundido. Se trata de las primeras monedas metálicas conocidas, varios siglos antes de que en Asia Menor los griegos la moneda», señala Miguel Ibáñez.
Otras fueron concebidas en porcelana, en bambú e incluso, en té prensado en forma de placas divididas en pastillas, como si de una tableta de chocolate te tratara. Según explican los alumnos de Bidebieta, «estas placas eran transportadas en caravanas de camellos hasta las apartadas regiones del Tíbet, Siberia y Mongolia...»
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