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PELLO SALABURU
Jueves, 15 de octubre 2009, 04:05
Plutarco dice que no basta que la mujer del César sea honesta; también debe parecerlo. El Gobierno español está impulsando el Programa Campus de Excelencia Internacional como uno de los principales ejes para la modernización del sistema universitario. Con este motivo, se animó a las universidades a que presentaran, de forma voluntaria, un proyecto estratégico para crear «un entorno académico, científico, emprendedor e innovador, dirigido a obtener una alta visibilidad internacional». El proceso de selección tiene dos fases: en primer lugar, una comisión técnica del Gobierno hace una primera selección (se han seleccionado ya 15 del total de proyectos presentados, más otras 2 cuyos proyectos vienen condicionados con recomendación de agrupación) y, a continuación, en una segunda fase, una comisión internacional decide los diez mejores de entre los seleccionados. Son los que se llevan el premio. También, en esta primera fase, hay otras 13, además de las 15, que se han llevado una mención de Calidad, una especie de premio de consolación. La UPV-EHU se encuentra en esta segunda lista (tomen nota: el primer punto débil señalado por la comisión es el riesgo derivado por su carácter innovador).
Los 15 proyectos seleccionados corresponden a 4 universidades catalanas, 4 de Madrid y 3 de Andalucía, a las que hay que sumar Cantabria, Oviedo, Santiago y Valencia. En principio, poco que objetar: con la excepción de la Universidad de Zaragoza, las universidades españolas incluidas entre las 500 mejores del mundo en el ranking de Shangai figuran en la lista premiada. Sin embargo.
Hay un pequeño «sin embargo». ¿Quiénes forman parte de la comisión técnica? Sin contar la figura del propio ministro, que ha sido rector de la Autónoma de Madrid y estoy convencido hasta la médula de que no tiene interés personal en estas nimiedades viendo la que le cae por otros lados, 14 de los 21 miembros, además del secretario, son de Madrid. 7 son expertos en distintos ámbitos de la excelencia, 7 propuestos por la Conferencia General de Política Universitaria, y 7 son representantes de distintos ministerios. Son todos ellos, probablemente, entendidos en la materia, y estoy seguro, además, de que el hecho de ser de un lugar u otro no presupone absolutamente nada, porque hace tiempo que se superaron esas tonterías tan humanas. Tres vocales son de Cataluña, entre ellos el director general de Universidades. Tampoco tengo por qué presuponer absolutamente nada, faltaría más.
El conjunto es un equipo variopinto. Veamos: me encuentro, por ejemplo, con un director de Relaciones Internacionales del Ministerio de Educación, junto con la jefa del Gabinete del Ministerio de Cultura, al lado de la coordinadora del Área del Gabinete del secretario de Estado de Cambio Climático. También aparece la subdirectora general de Estudios y Cooperación del Instituto de la Mujer junto a la subdirectora general de Política de Suelo. No podía faltar una directora de un instituto (madrileño, claro) de Estudios Avanzados en Alimentación, ni alguien de la Cámara de Comercio (de Madrid, naturalmente, que así no gastamos en trenes), junto al presidente del Colegio de Arquitectos (¿adivinan dónde vive?). Una concejala del Ayuntamiento de Barcelona, junto a la directora de Operaciones de Interes Invest in Spain (suplente) aportan un poco más de variedad al equipo. Hay también varios académicos: un par de investigadores del CSIC y 6 catedráticos de universidad, dos de ellos (ambas mujeres) de la Autónoma de Madrid, así como una vicerrectora de la Complutense. Se ve que es difícil encontrar vocales y fuera.
El resultado, como pasa siempre, ha alegrado a los escogidos y cabreado a los no escogidos. Claro: en este caso no se trata de adivinar el tiempo que puede tardar en caer a tierra un lanzado desde el último piso de la torre de Iberdrola, sino de premiar proyectos en los que la subjetividad juega un papel primordial. Por distintas razones, he sido testigo de procesos en los que se otorgan premios de cierta importancia. Y, a falta de aparatos de precisión en la medida, conozco lo que son las presiones sobre las ánimas de quienes van a decidir. Llegados a un punto, lo difícil es llegar a ese punto, la balanza se inclina a un lado o a otro por razones que tienen mucho más que ver con ese corazoncito que nunca podemos dejar en la nevera que con la mayestática ausencia de lo terrenal que a todo jurado se presupone.
Se trataba de seleccionar proyectos, no universidades. Una universidad de primera puede presentar un proyecto de segunda, y al revés, aunque lo normal es que una buena universidad presente un buen proyecto. No tengo por qué dudar: estoy seguro de que los miembros de la comisión han hecho lo que en buena medida les ha dictado su humana conciencia. Pero sé que aquí tampoco han sido ajenas las presiones. Desconozco, a propósito, si nuestras autoridades educativas han intentado hacer algo, o han pensado más bien que en este proceso, a diferencia de otros, la angelical virtud de la objetividad, y el conocimiento por parte de todos los vocales de la comisión de lo que es una «universidad con alta visibilidad internacional» ha presidido las sesiones antes de tomar la sabia decisión final. Llama la atención que para buscar la excelencia internacional se haya recurrido a una comisión tan nacional y de meritaje un poco disoluto en cargos extraños para lo que se lidiaba en la mesa, aun en esta primera fase. Llegado a este punto, debería ahondar un poco más en la argumentación, pero me remito al dato: había en la comisión vocales de las universidades de Córdoba, Autónoma de Madrid, Complutense, Zaragoza, Politécnica de Valencia y Politécnica de Madrid. Con la excepción de Zaragoza, todas ellas han resultado premiadas. Con toda justicia, eso seguro.
Pero Plutarco ya decía hace dos mil años que no basta con que la mujer del César sea honesta, también debe parecerlo.
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