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LIDE AGUIRRE
Domingo, 22 de noviembre 2009, 05:13
DV. 326 niños y adolescentes de Gipuzkoa, acogidos en este momento en residencias de la Diputación a causa de la desprotección que padecen en el seno de sus familias biológicas, necesitan un hogar y una familia que los cuide, los atienda y les dé el afecto y apoyo que como niños necesitan «para normalizar sus vidas y poder desarrollarse».
Los servicios forales quieren que estos chavales sigan el camino de otros 220 menores que ya han encontrado cobijo en 183 familias solidarias que ayer se dieron cita en el Hotel Arantzazu de San Sebastián durante el X Encuentro de Familias Acogedoras de Gipuzkoa que organiza la asociación Beroa. Acompañados por técnicos en acogimiento familiar y especialistas como Barbara Torres, psicóloga que impartió una charla sobre las investigaciones realizadas en el acogimiento de menores, las familias compartieron sus experiencias y conocieron que el número de menores en situación de desprotección sigue creciendo, según detalló Patxi Agiriano, jefe del Servicio de Infancia, adolescencia y juventud de la Diputación.
Ante esta situación, el objetivo es que haya más niños acogidos en familias guipuzcoanas que en recursos residenciales, «puesto que el acogimiento familiar les ofrece una atención en exclusividad», subrayó Agiriano.
El jefe del Servicio de Infancia recordó que cada año se detectan más casos de menores en situación de desprotección gracias a la mayor sensibilización de los profesionales de la salud, la educación y las fuerzas de seguridad, «que están más preparados para detectar los indicios que revelan el desamparo».
«Llevamos subidas francamente fuertes en los últimos dos y tres años», alertó. De hecho, los datos de años anteriores, en concreto de 2007 y 2008, arrojan un incrementó de menores y adolescentes desprotegidos que ronda el 50%.
Por suerte, el corazón de los guipuzcoanos es solidario. Las familias que ayer se reunieron en Donostia, desde las que cuidan de los niños de un familiar que no los puede atender, hasta los que se han animado a acoger a un niño desconocido, compartían algo en común: un fuerte «sentimiento solidario» que ha tornado a «amor filial» al abrir la puerta de sus vidas al menor.
Entre los que habían experimentado ese cambio estaba María José Sorazu, irundarra que vive en Hendaya, y que hablaba con verdadera devoción de su hija de acogida, de 14 años, que entró en su familia con tan sólo 11. La histora de esta adolescente no es fácil. Fue acogida con un año por una familia, que la volvió a dejar en manos de la Diputación a los nueve años. Desde entonces, vivió en residencias de acogida.
Una experiencia positiva
María José relata que su experiencia es absolutamente positiva. «Tanto para mí como para mis hijos, de 20 y 22 años, que la acogieron muy bien. Ha sido la mejor decisión que hemos tomado». Destaca, además, la alegría al ver los cambios que vivió la niña. «Cuando entró en la familia cambió incluso físicamente, además de mejorar en los estudios. Vimos cómo mejoraba en todo rapidísimo, es una experiencia impresionante», enfatiza. Tanto que ahora se prepara para acoger, además, a otro niño. Su relación con la familia de origen de la niña, explica, es simplemente «cortés».
Maria José Liceaga y su marido acaban de acoger a dos hermanos, una niña de cinco años y un niño de 4 en su casa de Astigarraga. «Te preocupas mucho porque tienen necesidades emocionales y educativas especiales. La niña es aún un poco reticente y el chiquitín va más a su aire, aún se va con cualquiera». Pero la experiencia, recalca, es «muy positiva». «Lloras, te ríes, te desesperas, es un trabajo muy intenso pero que merece la pena». Maria José explica que la decisión de acoger a los niños nació como una necesidad de ayudar, que se convirtió luego «en amor de padres».
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