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JORGE SAINZ jordisainz@diariovasco.com
Domingo, 3 de enero 2010, 04:45
La revista francesa Le Nouvel Observateur incluyó hace unos años al filósofo Daniel Innerarity (Bilbao, 1959) en una lista de los 25 grandes pensadores del mundo. El catedrático de Filosofía Social y Política de la Universidad de Zaragoza, que ha pasado los últimos siete años como profesor invitado en la prestigiosa universidad parisina de la Sorbona y que asesora a la comisión de futuro de las Juntas de Gipuzkoa, repasa desde un prisma sociológico la política vasca.
- Los ciudadanos vascos suspenden a políticos e instituciones en el Euskobarómetro. ¿Por qué?
- La política ha dejado de ser un lugar que promete emociones fuertes y desde el que configurar el futuro de las sociedades. Esto es bueno porque limita las pretensiones autoritarias, pero malo porque cuando la política es débil son otras fuerzas las que ocupan su lugar, como los poderes financieros o mediáticos. No comparto en absoluto esa crítica desmesurada hacia los políticos porque surge muchas veces de una pretensión de que el mundo carezca de formato político y sea gobernado desde unas fuerzas que carecen de legitimidad para ello y nadie ha elegido.
- El Gobierno Vasco también suspende. ¿Es porque lo ha hecho mal, porque el nacionalismo vasco es predominante en la sociedad o porque el pacto PSE-PP es visto como frentista?
- Pesa mucho, a mi juicio, el origen estrambótico del pacto de gobierno. Una cosa es la legitimidad y otra la adhesión colectiva. Que la aritmética parlamentaria permita determinadas operaciones no significa que con ello esté asegurada la identificación ciudadana. La insistencia en la idea de normalidad o el valor de la alternancia ya no da más de sí. Y disculparse en que la crisis pasa factura al gobierno es ignorar que también pasa factura a la oposición si no es responsable.
- ¿Las nuevas generaciones han perdido valores y por eso se alejan de la política más que generaciones como la suya?
- Es lógico que la política interese cada vez menos cuando vemos a diario que el debate público está confiscado por los partidos con un discurso lleno de clichés, eslóganes y automatismos. La mayor parte de los discursos o no se entienden o no resultan creíbles o no movilizan. Vivimos en una dictadura de lo insignificante. Nos falta atención hacia los movimientos de fondo de la sociedad, interés por las construcciones que requieren amplios acuerdos.
- ¿Qué pueden hacer los políticos para acercarse a los ciudadanos?
- Una de las mayores fuentes de insatisfacción ciudadana procede del déficit de acuerdos que sufre la política vasca. No niego el valor de la discrepancia política, pero creo que es necesario un esfuerzo colectivo para construir grandes acuerdos en torno a algunas cuestiones que tocan aspectos nucleares de nuestra convivencia: la mejora del autogobierno, la construcción institucional, las grandes infraestructuras, el final del terrorismo.
El final de la violencia
- Ahora está sobre la mesa la posibilidad de un final de la violencia de ETA y, sin embargo, no parece haber despertado una especial ilusión en la sociedad vasca.
- Hay un avance social muy significativo. La violencia nos puede estremecer pero ya no va a poder condicionar la vida política vasca. La metáfora de la 'pista de aterrizaje' ha dejado de ser una preocupación de la ciudadanía y las fuerzas políticas no están en condiciones de ofrecer nada de este estilo a quienes no dan hoy ninguna señal de querer aterrizar. Percibo que la sociedad vasca vuelve a lo fundamental: protección de determinadas líneas rojas, movilización contra lo intolerable y escepticismo frente a las filigranas de la política ficción en materia de diseño del final de la violencia. Nos importan mucho más las víctimas de ETA y el atropello de Egunkaria. Lo demás es secundario, viene a decir la sociedad.
- ¿Qué le pareció la baja participación en las consultas independentistas de Cataluña? ¿La gente prioriza otros problemas?
- Entiendo la decepción de una sociedad que empieza a considerar que no hay cauces para interpretar de una manera abierta la Constitución y menos aún para incorporar al marco jurídico la voluntad popular. Son muy grandes las resistencias para avanzar en el reconocimiento del verdadero pluralismo político. Y es más difícil gestionar la frustración que el entusiasmo.
- ¿Casos como el de Haidar y el Sáhara evidencian el fracaso de la política para solucionar conflictos en zonas subdesarrolladas?
- En este caso o el del 'Alakrana' quisiera fijarme en un aspecto que me parece inquietante: el modo cómo se establece la agenda pública, la atención de los medios y las decisiones políticas sobre el registro de lo urgente y a golpe de los acontecimientos. Hace tiempo que la política no actúa sino que reacciona. ¿O es que el problema del Sáhara y la piratería no existían antes de la huelga de hambre y del secuestro del 'Alakrana', de manera que han dejado de existir con su resolución?
Obama y la Iglesia
- ¿La guerra puede realmente ayudar en ocasiones a la paz como defendió Obama al recoger el Nobel?
- Lo que ha dicho Obama me parece muy sensato y hay que ponerlo en relación con los discursos de su predecesor acerca de este tema. No deberíamos excluir por principio la posibilidad de una defensa en caso de agresión, pero hemos de trabajar con la misma insistencia en los procedimientos pacíficos. La guerra es siempre una mala solución.
- ¿La Iglesia debe poder influir en temas como el aborto, en una sociedad cada vez más laica y un Estado aconfesional, como España?
- El problema no es ése. Creo que los sectores hoy dominantes en la Iglesia española tienen una dificultad para entender el papel de la religión en una sociedad cuya forma ya no es religiosa. No han descubierto la oportunidad que una sociedad secularizada abre para la realización de una forma de espiritualidad más libre y auténtica, menos sujeta a los imperativos sociales o la fuerza de la costumbre.
- ¿El rechazo de parte de la sociedad guipuzcoana al nuevo obispo Munilla, es por cuestiones políticas o doctrinales?
- Presentar este asunto como una cuestión política es banalizar un problema de fondo que enfrenta a dos concepciones de la Iglesia: Una idea que se atiene a los símbolos, a lo jerárquico y oficial; y otra que apuesta por una religión más interior, de conciencia, que aspira a influir en el entorno social con naturalidad y formando parte de la sociedad. En este choque entre formalismos exteriores y autenticidad espiritual, creo que se han tomado las peores decisiones.
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