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ENRIQUE ECHAVARREN
Sábado, 27 de mayo 2017, 09:01
Arama vuelve a ser, un año después, el epicentro de la pelota. Su hijo predilecto, Iker Irribarria, se juega contra Oinatz Bengoetxea la txapela del Manomanista mañana en el frontón Bizkaia de Bilbao. Y los aramarras quieren volver a repetir las mismas alegrías que vivieron hace 365 días. Se han acostumbrado a lo bueno, al jamón de pata negra y al champán francés.
Isidro Nazabal es el párroco de Legorreta y de Arama, donde nació hace 78 años. Ha pasado la mitad de su vida como misionero. «Primero estuve dos años en Colombia y luego otros 38 en Puerto Rico», recuerda. Sigue dando misa a pesar de estar jubilado. «No conozco mucho a Iker, pero sí a su abuela Sabina y a su tía María José, que me sirve de gran ayuda en la parroquia. ¿Si viene a misa? Yo, por lo menos, no le he visto. Iker estudia en Ordizia y hace allí prácticamente toda su vida. Arama es un pueblo dormitorio».
No le falta razón. Salvo a la hora de almorzar, en la que la plaza del Aramako Ostatua se convierte en un hervidero de trabajadores y directivos de la empresa Orkli -cooperativa con sede en Ordizia y que cuenta con una sección en Arama-, el resto del día cuesta un mundo encontrar un alma por la calle. Más aún estos días de calor sofocante en los que la sombra es un bien muy preciado. Sorprende ver a ejecutivos encorbatados junto a personas en mangas de camisa, o sin ella.
Quien más sabe de eso es Ane Otegi, natural de Itsasondo y que desde hace nueve años regenta, con gran éxito -su servicio de comida para llevar goza de gran aceptación-, el único establecimiento hostelero de Arama. «Viví en Ordizia hasta los 18 años y luego he pasado temporadas en Italia, Granada y Valencia. Desde hace casi una década estoy aquí. Además, muy contenta», proclama.
Iker Irribarria es cliente habitual. «Come todos los días aquí, en el piso de arriba, en casa de su abuela Sabina. Le gusta la comida casera. Luego, viene a menudo a tomar café. Es un chaval de veinte años y hablamos de todo menos de pelota. No me gusta este deporte, pero en el pueblo la gente la da muchísimo la tabarra. 'Que si tenías que haber hecho esto, que si lo otro'. Iker agradece que mantengas con él una conversación distinta».
De la taberna al frontón, donde acababa de aterrizar una excursión de alumnos de Haztegi Ikastola de Legazpi. Casi un centenar de diablillos de tres y cuatro años dispuestos a disfrutar de una jornada inolvidable. La excursión de fin de curso. «Algunos ya sabían que íbamos a venir a Arama, el pueblo de Irribarria, y nos han preguntado por él», comenta Arantxi Odriozola, una de las cuatro andereños que velaban por la seguridad del grupo. «Somos compañeras de trabajo de Marijo, la madre de Iker. Ella también trabaja en la misma ikastola, pero con alumnos más mayores», desvela Amaia Murua. «Para nosotras es como de casa, de la familia», apostilla. Enara Goikoetxea y Ketxus Juanena completan el grupo. Armadas de paciencia para lo que se les venía encima, eran conscientes de dónde estaban. «Iker ganará la txapela, sin duda alguna. Con la pegada que tiene volverá a ser campeón», aventura Ketxus, quien no duda un ápice a la hora de emitir un pronóstico para la final de mañana.
De regreso al Aramako Ostatua, Arama recobra la normalidad. Ane desvela que está estudiando un curso de especialización de técnicas culinarias en el Basque Culinary Center. Su profesor es Andrés Conde, chef de gran prestigio que había trabajado con Ferrán Adriá en el Bully de Girona y con su hermano Albert en el Tickets de Barcelona. «Es navarro -de Pamplona- y le gusta mucho la pelota. Lo tengo frito. Siempre estamos vacilando. Le digo que va a ganar Irribarria y él quiere que gane Oinatz».
Ane también está convencida de que su ilustre vecino volverá a casa con la txapela. «Sé que Iker volverá a proclamarse campeón. Es muy fuerte mentalmente y tiene una gran preparación. Los Irribarria son gente con los pies en el suelo. Él y toda su familia. Pero si no gana la txapela, le trataré igual o mejor que antes».
Seguidores chinos a Bilbao
No es partidaria de las apuestas. «Me niego. Las mujeres tenemos cabeza. No como los hombres...». Y antes de despedirse revela una anécdota curiosa. «Entre los trabajadores que vienen a comer a nuestra casa hay muchos chinos. Vienen a conocer la empresa, su funcionamiento. Y nos han metido en un buen lío. Hemos tenido que comprarles muchas entradas porque querían ir a la final para animar a Irribarria».
Las horas pasan en Arama bajo un sol abrasador. El mercurio marca 37 grados y por sus calles no circulan ni las lagartijas. Algún coche suelto de vez en cuando. Calma absoluta. Hasta que Isidro Nazabal aparece para cubrir sus obligaciones como párroco. Abre la puerta de la iglesia y sale de inmediato. «Veré la final por televisión, junto a toda la familia. Me hubiese gustado ir a Bilbao, pero... Iker tiene un partido difícil ante Oinatz, pero ha madurado mucho de un año a otro. Se le nota incluso a la hora de hablar. Ahora conoce por dónde cojean los contrarios. Si gana otra vez, bajaré y tocaré las campanas», avisa.
A la conversación se unen dos personas íntimamente relacionadas con el pelotari. Habían salido de paseo. Son los abuelos maternos de Iker, Manuel Olazabal y Sabina Aldasoro. En principio se muestran reacios a posar ante la cámara. Manuel porta dos troncos de considerables dimensiones, pero es el sacerdote quien acaba convenciéndoles. «Espero que gane Iker, pero en la vida no hay nada fácil», declara Manuel con la sabiduría propia de su edad. Sabina comparte su opinión y no se fía de Oinatz Bengoetxea. «Me gustaría que volviese con la txapela y con otro récord, pero el otro también juega mucho a pelota. Es más veterano y sabe un montón. El domingo iré a misa de las once y rezaré por él», dice. Ambos se despiden y acto seguido lo hace Isidro Nazabal, el párroco.
Arama sigue disfrutando de su tranquilidad, que solo será rota mañana si su hijo predilecto conquista la txapela de la competición reina de la pelota a mano profesional. Entonces, todo cambiará. Como hace un año.
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