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ARANTZA FURUNDARENA
Sábado, 27 de diciembre 2014, 00:45
Cari Lapique está en 'modo abuela'. A sus hiperactivos 62 años ha descubierto que ese es «el mejor estado posible». Su cuarto nieto, el segundo hijo de Carla Goyanes, nació hace un mes y Cari ha estado contando los días para volver a Miami a reencontrarse con él. Habitual de las páginas del cuché, imprescindible en los actos sociales de Madrid y asidua de los saraos más selectos de Ibiza y Marbella, Cari sabe más de muchos famosos que los archivos de ¡Hola! Ella misma, hija de los condes de Villamiranda, es una celebridad, pero una celebridad «muy curranta». Su padre le contestó con un «bromitas, las justas» cuando la niña le planteó que quería poner una tienda. Para que supiera lo que es vérselas con el público la colocó, con 19 años, de dependienta en El Corte Inglés. «A mí lo que más me gusta es vender», proclama Lapique, que hoy combina su trabajo en el negocio inmobiliario familiar con su labor en el departamento de marketing de las joyerías Suárez.
En Suárez lleva esta mujer «muy poco supersticiosa» trece años. Y aspira a estar otros trece, «porque no pienso jubilarme nunca». Su mano izquierda y sus contactos la predisponen a ser una perfecta relaciones públicas, pero a ella no le gusta esa etiqueta. «Hago un poco de todo», precisa. Cari voló anteayer, 25 de diciembre, con su marido, su hija Caritina, el marido de esta y toda su prole, rumbo a Miami. «El almuerzo de Navidad lo haremos en Iberia, qué depresión», bromeaba días antes, inmersa en la vorágine de la campaña navideña. La empresa joyera para la que trabaja se encuentra en pleno proceso de renovación y Cari no ha parado. «Queremos ser accesibles a todo el mundo. Hemos abierto nuevos puntos de venta en Coruña, Oviedo, Palma... La idea es crear unas tiendas en las que entre muchísima más luz. Y, por supuesto, más gente. Y lo estamos consiguiendo. En Marbella hemos triplicado las ventas». Aún así, Lapique todavía recuerda con nostalgia los tiempos gloriosos de la abundancia. «Llegué a venderle un sortijón con un zafiro maravilloso a un cliente según entró por la puerta».
A su amiga Isabel Preysler también le vendía ropa en sus tiempos de dependienta... «Creo que sigue bastante caída, echando mucho de menos a Miguel Boyer. Y es normal. Pero el tiempo lo cura todo y ella acabará rehaciendo su vida». No con Florentino Pérez, según Cari. «Para nada. No se pueden ir menos el uno al otro. Eso que han dicho es algo imposible, una de las mentiras más grandes que he oído».
Ejercer de abuela es el tercer trabajo de la pluriempleada Lapique. Tiene cuatro nietos: Pedro y Cari, de su hija Caritina, y Carlos y Santiago, de su hija Carla. «En cuanto me los ofrecen, para mí es el mayor premio. Y los cuido yo sola. Bueno, con ayuda de Carlos, mi marido, que todavía es más consentidor que yo». Casi todos los sábados por la noche los hijos de Caritina duermen con sus abuelos. «Yo ya no muevo la cuna de mi cuarto. Dormimos con la niña en la cuna y el niño en medio. ¡Supernanny que diga lo que quiera!». El nombre de Caritina procede de una santa griega y en la familia materna de Cari se remonta a seis generaciones. La menor es su nieta de año y medio y, para distinguirla, la llaman 'Minicari'. Pero el fenómeno de la saga es Pedrito. «Tiene una cabecita privilegiada -asegura su abuela-. Creíamos que estábamos gagás porque era el primer nieto, pero han venido tres después y nada que ver. Es listísimo. Es como estar como un amigo y tiene solo cuatro años. Empezó a hablar con diez meses».
Lapique podría estar hablando de sus nietos hasta el infinito y más allá. Pero el mayor prodigio en su vida tal vez sea su estabilidad conyugal con Carlos Goyanes, que en su día fue marido de Marisol y tuvo fama de mujeriego... «Lo era. Pero qué iba a hacer yo si era el que a mí me gustaba», admite Cari. Casi 40 años después, Lapique asegura que ha merecido la pena. «Me siento una mujer privilegiada y eso que no todo ha sido color de rosa sino más bien complicado. Pero el balance es positivo». A Carlos le ha dado ahora por cocinar, y Cari, que no es de arrimarse a los fogones («¡qué pereza!») está encantada. «Se lo jaleo muchísimo -reconoce-. Que siga, que siga...»
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