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Agónico rescate en una cueva de Zestoa.
El «espantoso» rescate del espeleólogo de Zestoa obligó a volar con explosivos la estrecha galería

El «espantoso» rescate del espeleólogo de Zestoa obligó a volar con explosivos la estrecha galería

El médico especialista Diego Dulanto, que se encargó de la asistencia al lesionado en el interior de la cavidad, relata el complicado salvamento, en el que para recorrer apenas 300 metros necesitó 14 horas de trabajo extenuante

ÓSCAR B. DE OTÁLORA

Domingo, 9 de octubre 2016, 13:11

«Fue un rescate complicado porque requirió volar con explosivos las estrecheces del acceso a la cueva para poder sacar al herido en la camilla. Pero a él ya le teníamos estabilizado e incluso había comido». Quien así habla es el médico vasco y espeleólogo Diego Dulanto, el mayor experto en rescate en interior de cavidades de España y quien ha dirigido la recuperación del deportista de Zestoa quien, tras sufrir una fractura de la pierna en el interior de la cueva guipuzcoana de Hamabi Iturri, ha sido conducido al exterior de la gruta en una compleja operación en la que intervinieron alrededor de 70 personas, entre espeleólogos y ertzainas. El lesionado, de 43 años, se encuentra ahora en el Hospital Donostia.

El accidente se produjo durante la tarde del sábado en el interior de esta cueva de Zestoa, donde un grupo de espeleólogos de la zona había entrado para realizar una pequeña ruta. En un momento dado, uno de los montañeros intentaba escalar una de las paredes cuando un bloque de roca de gran tamaño se desplazó y le alcanzó en su caída. El golpe le causó una fractura de la pierna. Lo que no sabía el espeleólogo es que, dentro de su desgracia, estaba teniendo bastante suerte.

En el mismo momento en el que se producía el accidente, alrededor de un centenar de espeleólogos se disponía a entrar en la sima de Ormazarreta, en la sierra de Aralar, para practicar un simulacro de rescate. Esta actividad formaba parte de los entrenamientos periódicos que los grupos vascos de espeleología llevan a cabo para poder realizar rescates de compañeros heridos. «Yo acababa de salir de la cueva donde practicábamos el simulacro cuando me avisaron de que había un herido en Zestoa. Inmediatamente cogimos todo el equipo y nos dispusimos a acudir al rescate del lesionado», explica Dulanto. En unos minutos habían cambiado al herido ficticio al que debían salvar en el ensayo por uno real, a apenas 80 kilómetros de distancia.

Para explicar la complejidad de una operación de salvamento en una cueva, Dulanto -anestesista en el hospital de Basurto- compara el rescate con el que podría suponer salvar a una persona herida en un 8.000 en el Himalaya. «Es muy difícil, puesto que las posibilidades de prestar ayuda desde el exterior son muy complejas y la logística es tremendamente complicada», explica.

Lodo espeso «como el chicle»

En la cueva de Hamabiturri, el herido se encontraba a apenas 300 metros de la entrada, pero esa pequeña distancia era un infierno de lodo y gateras de menos de un metro de anchura. Un camino laberíntico porque el que sacar a una persona en una camilla es técnicamente imposible. «No era un túnel», explica Dulanto. «Todo eran estrecheces y un lodo espeso, casi como si fuera chicle. Un sitio espantoso para un rescate». La prioridad en ese momento, no obstante, era estabilizar al herido y comenzar a tratar sus lesiones. El propio médico se adentró hasta la zona donde se instaló el denominado 'punto caliente', el lugar donde al herido se le protege con ropa y calefactores de la humedad y las temperaturas heladas, un área imprescindible para salvar a un herido de la hipotermia. «Allí hemos comenzado a tratar su pierna y a suministrarle analgésicos y antibióticos para prevenir cualquier infección. Ha podido dormir e incluso comer», rememora Dulanto.

Mientras tanto, los expertos de la Ertzaintza habían comenzado a preparar el camino por el que debía pasar la camilla con el herido. Para ello fue necesario realizar voladuras controladas en el interior de la cueva, de tal forma que las minúsculas galerías puedan ensancharse hasta permitir el paso del equipo de rescate con el lesionado en angarillas. «Ha sido un trabajo largo, ya que cada explosión provoca una acumulación de gases tóxicos en el interior de la cavidad y hay que esperar a que el humo desaparezca para poder continuar». Alrededor de las siete de la mañana la cueva ya disponía de la suficiente amplitud como para permitir el paso del lesionado, para entonces ya inmovilizado. Toda una instalación de cuerdas y poleas, además de espeleológos trabajando como porteadores, consiguieron conducir el cuerpo del herido al exterior. A las ocho de la mañana, el herido ya se encontraba en el exterior y era trasladado al hospital Donostia. «La espeleología es una actividad en la que el riesgo cero no existe. Ha sido un rescate complicado pero todo ha salido bien», se congratulaba más tarde Diego Dulanto.

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