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El sabor de Santo Tomás

El sabor de Santo Tomás

Centro, Parte Vieja y demás barrios de la ciudad se transformaron en una feria menos multitudinaria que otros años en la que reinó la cerda 'Potxola'

JORGE F. MENDIOLA

Jueves, 22 de diciembre 2016, 08:36

Santo Tomás volvió a obrar el milagro y como cada 21 de diciembre transformó Donostia en un gran mercado popular. Con el espíritu de los baserritarras que bajaban a la capital para el pago de las rentas, miles de personas tomaron las calles del Centro y Parte Vieja para comer txistorra, beber sidra y deleitarse con las maravillas del caserío repartidas en 216 puestos (17 menos que en 2015).

Aunque la fiesta se vivió también en Gros, Amara, Antiguo y otros barrios gracias a la labor de colegios y asociaciones vecinales, la multitud se concentró entre la plaza de Gipuzkoa y la de Zuloaga. Nueve escenarios con una estrella indiscutible: 'Potxola'.

Con un peso final de 403 kilos, la cerda llegada desde Leitza concitó la atención y piropos de quienes desde primera hora de la mañana desfilaron por la plaza de la Constitución para contemplarla. En un cercado que agigantaba su tamaño, a 'Potxola' no parecían importarle ni el público ni los flashes alrededor y devoró todo el pienso que le sirvieron.

«¡Qué gorda está!», le gritaba un niño a su madre señalando al animal. Y eso que las previsiones el día de su presentación en sociedad en el caserío Arro apuntaban a que alcanzaría los 410 kilos.

El cielo amenazaba lluvia y después del mediodía cayeron unas pocas gotas, pero la feria ya estaba lanzada y casi se agradecieron tras varias semanas de sequía.

En la plaza de Gipuzkoa, el olor de la txistorra se mezclaba con el del queso, el pan, los embutidos y las rosquillas de elaboración artesana. En las esquinas, grupos de mujeres -y algún hombre- de Ataun, Lazkao y otros puntos del Goierri preparaban talos al modo tradicional, golpeando la masa con las manos. Es el inconfundible sonido de los 'tambores de Santo Tomás'.

De Okendo a La Concha

Como ocurre desde 2010, la plaza de Okendo fue de nuevo el reino de los niños. La exposición de animales estabulados se convirtió en la excusa perfecta para que familias enteras eligieran este espacio como base de operaciones. Padres e hijos acamparon bajo la mirada del almirante entre gallinas, conejos, cabras y vacas. «Es de peluche. ¡Yo quiero una!», se escuchaba en el recinto de las ovejas Dorper.

No fue ninguna de estas la especie que mayor admiración causó. En paralelo al paseo de la República Argentina descansaban los ponis, los burros y la principal atracción de la muestra, dos ejemplares de búfalo, un adulto y una cría -del tamaño de un caballo enano-, a los que impactaba ver en pleno núcleo urbano con el tráfico de fondo.

Para los más pequeños de la casa se reservó una de las tres novedades de la feria: los talleres enogastronómicos de la plaza de Zuloaga. Allí, bajo la supervisión de los monitores de la red de Museos Enogastronómicos, tuvieron la ocasión de aprender los secretos del cultivo de maíz o la elaboración del queso de Idiazabal, entre otros productos autóctonos. No faltaron los talleres de txalaparta y argizaiolas y los juegos infantiles educativos. Y para los mayores, degustación de txakoli y sidra de Astigarraga.

Las mujeres fueron protagonistas de las otras dos novedades del programa. Los torneos de pelota a mano y aizkolaris celebrados en la plaza de la Trinidad hicieron vibrar a los aficionados.

A primera hora de la tarde -cuando se incorpora el grueso del pelotón festivo- ya se podía intuir que sería más fácil moverse por la feria que en pasadas ediciones. El hecho de que la cita cayera en miércoles rebajó quizás el carácter masivo de Santo Tomás, si bien el plano general desde el inicio de cualquier calle mostraba cabezas y más cabezas.

Al frío no se puede culpar de esta menor afluencia de público, pues la temperatura no era insoportable para un solsticio de invierno. Y las nubes, después de varios amagos de descarga, optaron por aguantarse las ganas.

Será que los más jóvenes se esparcen ahora por el monte Urgull, La Concha y el Muelle, lugares donde el botellón desafía el monopolio de la sidra. Ver la playa llena de gente, como si fueran a lanzarse los fuegos de Semana Grande, causó sorpresa entre los viandantes. A pesar de la intensidad con que se vivió la fiesta, la DYA únicamente registró una docena asistencias, la mayoría por intoxicación etílica y el resto por traumatismos diversos, ninguno de ellos grave. También se registró al menos una pelea, en la zona del voladizo.

Cifras menores para una feria que mantiene el tirón de lo tradicional sin perder de vista los avances de la modernidad. Y no es tarea sencilla, pues si bastan una txapela, una casaca y unas abarcas para transportarse a la Donostia rural de siglos pasados, es suficiente con toparse con el cartel de 'Gluten free' que cuelga de un puesto de la Bretxa para volver de sopetón a 2016.

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