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SANTIAGO AIZARNA
Martes, 7 de marzo 2006, 01:00
Ni Ronaldo en el palco rumiando desamores de fans, ni los dos gendarmes en paños menores atados a un árbol en Cahors excrementándose en los progenitores A y B de los que les trataron con tan poco miramiento. Ni los pepeistas ciando un poco y creyendo mejorar su rumbo, ni esos ciutadans catalanes no nacionalistas que cuanto más se les ningunea más se hacen ver. Ni los Oscars con su lontananza tan cercana y con su ya sabido cargamento de vacuos florones, ni esa octogenaria dama llena de lauros que, con la nostalgia de sus cantos, y desde el escenario del Kursaal chiquito, nos coloca ante el panorama cultural-sentimental de hace ya medio siglo. Nada de todo eso me sirve, en la medida en que sí la Duquesa, para desarrollar mi circunloquio sobre ese extraño don que se dice que despunta, como planta silvestre, en los aledaños de la mística falseada y que se llama bilocación.
La monja de Carrión. Decíase -y hasta lo apuntillaba, bien que como patraña místico-heterodoxa, la firma, notarial para asuntos de esta laya, de Don Marcelino Menéndez y Pelayo- que aquella sor, Luisa de la Ascensión, más conocida como La monja de Carrión (1565-1648), y cuyas opiniones tenían gran predicamento en el entorno de Felipe III y su corte, gozó de un don más que apreciable llamado de la bilocación, y que consiste en poder estar en dos distintos lugares al mismo tiempo, tan útil para ser usado en actos sociales. Es decir, de estrujar y retorcer de tal manera espacio y tiempo que las normas de la Física saltan desgonzadas. Se trata de un preclaro don que permitía a la sor, por un ejemplo, asistir a contiendas entre luteranos y católicos en Alemania mientras su vera efigie permanecía visible en Castilla, cosa milagrosa en tiempos aún no televisivos, aunque quizá no tanto si se advierte que, según sentir de aquel entonces, había sido favorecida aún más, hasta en sus momentos de gestación, que fue cuando Cristo se le apareció estando en el vientre de su madre, con promesa de virginidad y la explicación de lo que viene a ser el más insondable misterio de la doctrina cristiana como es el de la Trinidad y que la sor debió llevarlo a su tumba reintegrando otra vez el gran misterio al archivo de los insuperables desconocimientos humanos. E inserto aquí la historia de la monja de Carrión, porque una vez más y, en las pasadas carnestolendas me acordé de ella al ver cómo las mesnadas disfrazadas, sin saber o sabiendo ellas mismas, caían en el prurito de la bilocación sustancial más allá aún que de la meramente espacio-temporal, es decir, en ser distintas de lo que ellas creen, que acaso, es al contrario si se piensa que con todo disfraz lo que más bien hacemos es ir buscándonos a nosotros mismos, aproximándonos a nuestra verdadera personalidad, sumiéndonos en ese contraespejo de nuestra imagen de la que abominamos y que para descartarla, nos sirve la caricatura, que, acaso también es, esta razón de ser inmunes a la caricatura, lo que nos distancia o nos distingue de esas gentes a las que sus creencias les niegan la posibilidad de aceptar ese bosquejo humorado.
La Duquesa. Acaso porque nacieron en ese país en donde todos son príncipes con título adosado a sus apellidos cotidianos, dos celebrados autores de la Italia más o menos actual, Giovanni Papini y Oriana Fallaci, no pudieron mostrarse insensibles a las rutilancias de la Duquesa, así denominable por antonomasia. Mientras la una la insertaba en su catálogo de «antipáticos», con una profusa marea de reales contemporáneos famosos rodeándola como corte o cohorte de la banal espuma famosil, el florentino de pluma como daga, en su Gog, iba caminando más presto y agalgado por los vericuetos de la fantasía, y, para empezar a esbozar su figura, la cambiaba de sexo y era ya un fantasma que se llamaba duque Hermosilla de Salvatierra, contándonos de su magnificencia heredada, de sus palacios distintamente coloreados y peculiares en todas las ciudades de España, del servicio insuperable de alta escuela en dichas mansiones, y, sobre todo, la inmersión en el Palacio Desnudo de Burgos, una cripta funeraria en donde se hacía sentir, sin ambages, el curso pesado de la historia ante el cadáver de un imperio, cinco siglos de vida putrescente, lúgubres fantoches a los que el polvo y la polilla les había mordido con inclemencia, una necrópolis doméstica escribe el florentino para los dueños de la Tierra durante esos cinco siglos, que faltaba aire en su interior pues que los fantasmas de la nobleza de los viejos tiempos abominan del oxígeno, ese elemento más bien de aire o sesgo plebeyo.
Adelfos. Lo malo de la bilocación es que no se sabe ni cómo ni dónde nos colocamos, con Medallas o sin ellas, y parece como si la Duquesa hubiese entablado con el poeta Machado, don Manuel, un problema ontológico sobre la herencia y la ganancia a raíz de habérsela concedido esa Medalla con la que se la nombra Hija Predilecta de la Andalucía (no sé si folclórica solamente, o aristocrática solamente, o de ambas cosas o de muchas más, la Andalucía de los toreos y de los cortijos, de los terratenientes y de los capataces y de los jornaleros, la de las sierras y las marismas, una gran extensión potente en sus expresiones y afectos y suspiros y canciones y versos y poetas, de la Andalucía total seguramente) que dice la Duquesa que es Medalla que se la ha ganado y no la ha heredado, que parece como si, de una sola tacada, quisiera establecer la prioridad del sudor sobre la sangre, en contra, como se sabe, del autor del mítico poema Adelfos, ese tal Machado, don Manuel, que elaboraba en versos alejandrinos -y diamantinos, por supuesto, como casi todos los suyos- el tan debatible problema de cómo «no se ganan, se heredan, elegancia y blasón», que, dígame usted ahora, en qué quedamos.
La Medalla. O, es que, acaso, lo que ha ocurrido es que la Duquesa se ha encontrado con el problema de la bilocación, de más difícil solución de lo que parece, y ha podido hacer chocar esa imagen de heredera de amplios pluses y correspondientes tierras, hierbas, árboles, pájaros y reses, con esta otra imagen de ese puño que se alza erecto no se sabe bien si por los retortijos mentales de la justicia social o por la maldita conjunción del azar por haberle hecho nacer en muñeca de pobre, sin elegancias ni blasones por supuesto, y es que, acaso una simple Medalla a fin de cuentas, descubre el efecto de bilocación de no saber uno a qué lado quedarse, se bambolea en el pecho el distintivo y dos fuertes imanes jalan de la Medalla y de las personas que las llevan, que todos los males, en definitiva, no vienen de otra cosa que de creer en algo, en la mitología de las Medallas, por ejemplo...
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