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EMECÉ
Martes, 12 de diciembre 2006, 03:38
Este es el fruto de la inspiración divina, se dice que exclamó George Frideric Haendel cuando puso la última grafía en el papel pautado sobre el que escribió su oratorio El Mesías, compuesto en tal sólo tres semanas durante el verano de 1741, cuando su ánimo estaba a punto de caer en la amargura por causa de mala salud y peores recurso económicos.
Esta obra, que constituye, en unánime criterio de musicólogos, la esencia sublime del barroco, con texto del libreto -seguidor de la tradición anglicana del salmo- firmado por Charles Jannens, habitual colaborador de Haendel, está dividida en tres partes. La primera, versa sobre la anunciación de la llegada del Mesías, el nacimiento y vida de Jesús; la segunda, trata de la función salvadora de la Pasión y la victoria final de Cristo; y la tercera, es todo un cántico de acción de gracias.
Está escrita, casi en su totalidad, para cuerda y continuo, con pequeñas intervenciones (reservadas para momentos de exaltación emotiva) de trompetas fagotes y oboes. Su grandeza viene de la mano de la soberbia mezcla del estilo concertante italiano con el virtuosismo de la escuela contrapuntística alemana.
La Abadía de Westminster guarda la tumba de Haendel, en la que el músico sostiene en sus manos la partitura de El Mesías, abierta en el aria Sé que mi Redentor vive.
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