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Jose Ignacio Irusta
Jueves, 12 de abril 2007, 03:54
En relación con el artículo de Alfredo Tamayo publicado en su diario, tengo a bien hacer las precisiones siguientes:
1. Jamás, en dos mil años de historia, la Iglesia Católica se ha separado de su doctrina tradicional, asentada por lo demás en el dogma de la infalibilidad del Papa en cuanto a sus actos de afirmación, explicación y clarificación de la misma. Los casos que apunta sobre Galileo, las vacunas, la iluminación nocturna y la anestesia en los partos no dejan de ser cuestiones anecdóticas alejadas del meollo de la doctrina.
2. Sólo en el Concilio Vaticano II se produce una ruptura fundamental respecto de la doctrina tradicional de la Iglesia, en cuanto a cuatro puntos básicos: a) Negación del reinado social de Cristo y afirmación de la separación Iglesia-Estado. b) Ecumenismo: reconocimiento de poder salvífico a otras religiones diferentes a la católica. c) Reconocimiento de la libertad religiosa en la vida civil a dichas religiones. d) Instauración por vía de excepción de una liturgia para la Santa Misa que la priva de efecto sacramental, acercándola a la liturgia protestante.
3. Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II han sido los artífices de estos cambios heréticos, propiciados por elementos de la masonería infiltrados en la Iglesia, que han rendido a su jerarquía a los pies del liberalismo, condenado por los papas anteriores -junto con el socialismo, el marxismo y el nazismo-.
Consecuencia de este giro de timón es la apostasía generalizada en Europa. Nuestras iglesias sólo cuentan con feligreses educados antes del Concilio. Si el Papa es, por dogma, infalible, hay que pensar que quizá alguno de los papas citados no haya sido papa, sino antipapa y hereje. Que Dios me perdone y guarde a su Santa Iglesia «de la abominación de la desolación» (Mat.24)
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