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Pedir perdón

ANTONIO RIVERA

Viernes, 27 de abril 2007, 04:17

En el verano de 1938, en menos de cuarenta días, fueron ejecutadas 178 personas en la localidad pacense de Don Benito, por aplicación del bando de guerra de los alzados. En Málaga capital, durante los veintitrés primeros días de marzo de 1937, se fusiló en las tapias del cementerio de San Rafael a más de setecientas personas. 2.789 fueron los asesinados en una provincia, como Navarra, que no puede presentar ninguna acción bélica en su suelo durante aquellos meses. Y así muchos sitios y muchos ciudadanos más.

Estos días recordamos los bombardeos sobre Durango y Gernika, que provocaron centenares de muertos. ¿Debería pedir perdón el presidente Rodríguez Zapatero, como máximo representante del Estado español, por aquellos hechos acaecidos en Don Benito, en Málaga o en las localidades vizcaínas y navarras? ¿Qué sería lo primero que se nos vendría a la cabeza si Rodríguez Ibarra, Manuel Chaves o Miguel Sanz demandaran del presidente español -como lo ha hecho esta semana el Gobierno Ibarretxe- unas disculpas por lo acontecido hace setenta años en docenas de localidades de sus respectivas comunidades autónomas?

Cuando los aviones alemanes de la Luftwaffe, en abril de 1937, lanzaban sus bombas sobre Gernika, el Gobierno español legítimo lo presidía el socialista Largo Caballero e incluía entre sus ministros a cuatro anarquistas, a dos comunistas vascos -Uribe y Hernández, uno de Sestao y el otro criado desde niño en Bilbao- y a un nacionalista vasco, Manuel de Irujo, quien siguió siéndolo después de que en mayo Juan Negrín sustituyera a aquél.

Cuando el actual Gobierno Vasco solicita un gesto de perdón al Gobierno español, ¿considera a éste heredero político de aquél del que formaban parte Irujo y Largo Caballero o del de Franco en Salamanca? Porque la equiparación con el caso alemán no es posible a partir de ese hecho significativo. La Alemania actual, la Alemania democrática que ha hecho gestos al respecto del crimen de Gernika, tampoco es heredera política del régimen de Hitler, pero no había en 1937 otro Gobierno alemán que ése. No es el caso de España, donde el Gobierno republicano se mantuvo hasta el último día de la guerra y continuó en el exilio tratando de sostener la legitimidad que le asistía. Exactamente igual que en el caso de los gobiernos autonómicos vasco, con Aguirre y luego Leizaola, y catalán, con Companys, Irla y Tarradellas.

La demanda que ha expresado esta semana Miren Azkarate en nombre del Gobierno Vasco es de nuevo innecesaria, insultante, humillante, ausente de razón e ilógica. Como ciudadano vasco y español no entiendo que cualquiera de mis dos gobiernos democráticos tenga que solicitar ningún perdón por lo que hicieron unos rebeldes sublevados y fascistas, a quienes el Congreso de los Diputados y el Parlamento Vasco han descalificado solemnemente en más de una ocasión, y a quienes una futura ley, con apoyo de los nacionalistas vascos, va a deslegitimar de nuevo en todas sus actuaciones que llevaron a la muerte, a la cárcel o al exilio a centenares de miles de conciudadanos.

La más leve insinuación de que mis gobiernos democráticos de hoy, el vasco y el español, tengan responsabilidades en lo que hizo un gobierno dictatorial durante cuarenta años me parece eso, insultante, humillante, ausente de razón e ilógica.

Pero, una vez más, se trata de estar en misa y repicando. Se responde que, efectivamente, el Gobierno español actual nada tiene que ver con el de Franco, pero de paso se hace la demanda. Calumnia, que algo queda.

Se apoyará con sus votos en el Congreso la futura ley de ampliación de derechos a las víctimas de la guerra civil pero, al mismo tiempo, se le suelta una coz a un Gobierno que bastante tiene con aguantar también en ese asunto el embate de una derecha, ésta sí, contumaz a la hora de reconocer la naturaleza de aquel alzamiento, de aquella guerra, de aquella represión y de aquel régimen político que nos sometió a todos los españoles -y entre ellos a los vascos- durante cuarenta largos años. Porque, una vez más, nuestro preclaro Gobierno nacionalista vasco no deja pasar la ocasión para, en lugar de concitar el máximo entendimiento y coincidencia en torno a una conmemoración tan inequívoca para todos los vascos y para todas las personas de bien, como es ésta de Gernika, tratar de representar la farsa y la falsedad de una supuesta guerra entre vascos y españoles.

Y, si algo no fue la civil española, fue eso. En pocos lugares como en las cuatro provincias vasconavarras hubo tanta y tan nítida fractura social. En pocos lugares el alzamiento militar estuvo tan sostenido por los voluntarios civiles (mayoritariamente carlistas): Navarra a la cabeza, luego La Rioja y detrás Álava; y en Vizcaya y Gipuzkoa porque la primera respuesta a la rebelión lo imposibilitó.

En pocos lugares hubo menos víctimas y represión posterior que aquí, aunque una sola ya sería más que suficiente. La Guerra del 36-39 fue una guerra entre españoles, y dentro de ellos entre vascos y entre catalanes y entre alcarreños y entre onubenses. No fue una guerra donde todos enloquecieron y todos perdieron la razón. No. Unos tenían la legalidad y la legitimidad y otros la usurparon, y lo hicieron con violencias como la de Gernika. La historia y la memoria sobre esa guerra deben partir de ese presupuesto.

En todo caso, bastante difícil está siendo llegar a un acuerdo político y social sobre esa memoria y sobre el necesario reconocimiento de aquellas víctimas para que nuestro Gobierno Vasco venga con su habitual palada de hiel. Pedir perdón es algo muy serio. Pedir perdón en nombre de una sociedad o de un país lo es aún más. Si se hace en exceso, si lo hace quien no tiene responsabilidad en la culpa o si se hace para quitarse de encima el muerto, el gesto pierde todo su valor.

Si alguien pide perdón también en mi nombre -y en tanto que todos culpables-, y yo me siento y cuento solidario entre las víctimas, algo se rompe en mi cabeza. Eso es lo que no entiende Miren Azkarate. Una última idea: el primer y máximo representante legal del Estado español en Euskadi es el lehendakari. Puede aplicarse el cuento, pero yo le pido que, en este caso, no lo haga.

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