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MIKEL SORO
Miércoles, 9 de mayo 2007, 10:11
SAN SEBASTIÁN. DV. Aquí no se tira nada. Reciclar no es un fenómeno nuevo porque, desde hace décadas y siglos, ha existido gente dedicada a las reparaciones. Frente a la filosofía impuesta por las grandes multinacionales de abaratar costos de sus productos hasta hacerlos casi perecederos con fecha fija para que se desechen y se tiren a la basura, perduran personas que disfrutan con su trabajo de recuperación de todo aquello que se desea que siga siendo útil. Lo mismo una prenda de vestir, que un electrodoméstico convencional, o unos zapatos algo desgastados, un buen paraguas, unas desafiladas tijeras, o un mueble... Útiles a los que se les termina cogiendo cariño y se intenta prolongar su vida útil pese al transcurrir de los años.
Tres guipuzcoanos que realizan distintas labores de recuperación de útiles usados representan a todos los que se dedican a este noble oficio de no tirar a la basura lo que aún es válido. Son los testimonios de uno que está a punto de jubilarse tras cinco décadas como tintorero; otro más joven tira adelante gracias a que ha tenido que rebajar las tarifas de las reparaciones de pequeños electrodomésticos y un tercero ve negro el futuro como afilador y reparador de paraguas, oficio heredado de tres generaciones anteriores.
JOSÉ LUIS GÓMEZ
Tintorero (Beasain)
«Siempre se puede quitar una mancha»
José Luis Gómez es tintorero en Beasain. Su comercio, Urbasa, en honor a la sierra cercana, es un compendio de sabiduría artesanal. 'Motril', como le conocen sus amigos y clientes, por el pueblo granadino donde nació, se va a jubilar a principios del año que viene. «Ya tengo ganas porque llevo trabajando en la tintorería desde los 14 años», explica una vez que ha cerrado la tienda. Se ve que disfruta de su trabajo de quitar manchas a la ropa. «La gente no sé por qué desconfía de las tintorerías al principio. Mis clientes no, desde luego. Siempre preguntan a ser si puedes quitar una mancha. Pues claro. A menos que la etiqueta no sea fiable y ponga lo que no es».
Habla de lo relativo que es «lo de calidad. Para alguien que no puede pagar por un traje más que una pequeña cantidad, si lo lleva a la tintorería es porque lo considera bueno. Aunque haya otros trajes más caros. Y hay que limpiárselo y cuidarlo como lo que es: su mejor traje».
A José Luis las prendas que más le llevan son los trajes. «Es el rey de la tintorería, junto con los pantalones. Es llamativo que ahora a una boda todos los chicos llevan traje. La mujer cambia más de vestido. Sobre todo si es en el mismo pueblo». La clientela más asidua «son las madres, las novias o las esposas con los trajes de ellos».
Cuenta Gómez que «ya no se tiñe. El único teñidor que había lo ha dejado porque últimamente sólo teñía en negro y únicamente en algodón. Las muestras de los tintes luego no eran iguales que los de las prendas». Y, desde luego, «ha desaparecido la costumbre que había hace décadas de darles la vuelta a los abrigos. Porque cambian las modas y la gente dispone de más dinero». Se ha dado cuenta que «la gente mayor es a quien menos le importa la moda. Aquí vienen jubilados con chaquetas o abrigos de solapas de hace veinte años, pero van limpios, que es lo principal».
Su labor es artesanal. «Completamente. Mancha que veo mancha que tengo que quitar. Hay veces que pienso que voy a estropear la prenda de tanto frotar la suciedad». Lo peor para quitar es la tinta del rotulador, y el vino o la leche si la prenda es de seda. «Es que el producto para limpiar lleva agua y no se puede utilizar en la seda. Yo lo aviso y a veces lo consigo». Lo mejor para trabajar como tintorero es tener una mancha en una prenda de lana o algodón. «Ahí se va siempre».
Nos cuenta un secreto: «Vosotros los periodistas siempre lleváis un bolígrafo en el bolsillo de la camisa. Cuando se os manche, hacer un churrito con la parte manchada. Hervir leche en un cazo y meter esa tela entintada en el hervor. Cuando toda la leche esté coloreada, cambiar la leche y hacer lo mismo tres o cuatro veces. Al final la camisa quedará limpia, sin señal de tinta». Recalca que «todos los tintoreros tenemos trucos, pero éste lo conocemos todos».
MIGUEL GARCÍA
Pequeño electrodoméstico (San Sebastián)
«Bajamos precios para no cerrar»
Otro taller al que nunca le falta trabajo es el de arreglo del pequeño aparato eléctrico (PAE, siglas con las que los profesionales denominan a los electrodomésticos de uso habitual). Groston, un pequeño comercio donostiarra con cuatro décadas de existencia, donde arreglan desde batidoras hasta televisores, es como una gruta de las reparaciones. Miguel García es uno de los tres socios y atiende a la clientela. Otro, ingeniero industrial es el técnico y el tercero recoge y reparte material reparado y para reparar.
«Todo tiene reparación, excepto una aspiradora que viene con la carcasa cerrada y para arreglar el circuito hay que romperla. Me imagino por qué la fabrican así: es más barato para ellos fabricarlas y que el cliente compra otra cuando se estropea». Miguel critica esta filosofía. «Los clientes nos creen a ciegas cuando les decimos que sus electrodomésticos tienen arreglo o no». Lo que más les llevan son planchas y aspiradoras. Pero también radios -«nos han dejado una de despertador que tiene treinta años»- batidoras y todo lo que cabe en una cocina o armario de limpieza. Más antigua es un batidora que funcionaba con un voltaje de 125, tensión que ha desaparecido hace medio siglo.
Miguel explica que «hay algunos que prefieren vender repuestos que explicar a su cliente que ese tubo o codo de aspirador tiene arreglo, que la exprimidora se puede reparar y no hace falta comprar otra... Los clientes de buena fe se fían de lo que le dicen y adquieren otro electrodoméstico sin necesidad». Cuenta una anécdota, a propósito. «El otro día me trajeron un secador de pelo diciéndome que le diera otro igual porque estaba roto, según le habían dicho en un taller. Lo probé, como siempre, y funcionaba. Simplemente se había parado porque saltó el detector de calor. Eso se lo deberían haber dicho».
Las reparaciones no son complicadas ni costosas. «Casi todos los aparatos tienen el mismo sistema de funcionamiento. Es el dos más dos. Y el arreglo cuesta poco. Cobramos 8 euros cuando la tarifa es de 16. ¿Por qué? Porque ese mismo PAE nuevo cuesta 18 euros. Si queremos trabajar tenemos que abaratar precios. Es más, si el aparato cuesta poco, cobramos sólo cuatro euros».
Quizá por eso las paredes están repletas de repuestos de todo tipo: bolsas y tubos de aspirador, juntas, asas y electrodomésticos pequeños de tamaño y precio.
IÑAKI RODRÍGUEZ
Paragüero y afilador (Eibar)
«Los paraguas son prendas de vestir»
En Eibar, la familia Rodríguez es popular dese hace tres generaciones porque han afilado todos los cuchillos de las carnicerías y restaurantes de la villa armera y casi todas las tijeras de las etxekoandres. Iñaki sigue la tradición, pero le gusta sobre todo arreglar paraguas. Por eso despotrica diplomáticamente «del daño que nos han hecho los paraguas del todo a cien. No comprendo que la gente no considere el paraguas como una prenda de vestir más. Ves a una mujer bien vestida con un paraguas de propaganda. Antes se compraba un abrigo y llevaba un paraguas con mango de concha, de java... No uno barato».
Además, considera que «cada año llueve menos. Pero sigo funcionando, aunque a peor. Antes los paraguas eran una prenda de vestir más, a veces caro, que la gente cuidada y reparaba. Eso desapareció, aunque aún viene alguien a reparar el varillaje. Sobre todo los más mayores». Recuerda a sus 47 años que en Eibar había además de su padre otros tres paragüeros. «Ahora llueve y se compran uno barato en un bazar».
Si lo llega a saber hace una década «hubiera dejado de reparar paraguas y me dedicaría a otra cosa. Me reconvertiré porque viena la plaza del mercado donde trabajo un centro comercial. Meteré artículos nuevos y echaré para adelante». Además de reparar y afilar, vende paraguas, «los buenos cuestan sesenta euros, por navidades», cuchillos, navajas, tijeras, como dice la canción. Siempre le piden presupuesto. «¿Qué me vas a cobrar? ¿Merece la pena? ¿Cuánto vale uno nuevo?»
Afila todo lo que le llevan y lamenta que «la proliferación de centros comerciales está acabando con artesanos y oficios tradicionales. No podemos competir con las grandes superficies, pero ellos no son capaces de ofrecer un servicio como el nuestro. Aunque al final nos harán desaparecer». Explica por qué. «Hace veinte años había tres mil carnicerías en Euskadi, pero ahora hay mil».
Considera que la gente «se está acomodando excesivamente. A la gente guipuzcoana le gustaba un buen calzado, una buena gabardina y un buen paraguas. Ahora prefiere gastar en ocio y viajes. Hemos perdido ese sentido esencial de la elegancia en días señalados como los domingos y festivos y parece preferir comprar cosas baratas».
Arreglar un paraguas le lleva diez minutos y cuesta 3 euros. Un cuchillo cinco minutos y vale entre 1,5 y 2 euros. «Hay que afilar muchos para llegar a fin de mes. Por eso trabajo solo. Hace 20 años uno se podía ganar bien la vida». La perspectiva de futuro «es nula. Detrás mío no viene nadie. Seguro. Se va perdiendo el oficio. En los pueblos de alrededor no queda ni uno. Por eso vienen clientes de los alrededores. Así me mantengo».
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