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PABLO M. DÍEZ
Martes, 29 de mayo 2007, 03:58
PEKÍN. DV. China, una nación acostumbrada a titánicas tareas como levantar la Gran Muralla o la presa de las Tres Gargantas, ya se ha marcado un nuevo reto: controlar el tiempo. En un gigantesco país que viene padeciendo la peor sequía desde 1951 y que, al mismo tiempo, sufre grandes inundaciones y riadas que se cobran cientos de vidas al año, dicha misión resulta prioritaria, sobre todo teniendo en cuenta los desastres naturales que se avecinan debido al cambio climático.
Para prevenir sus efectos, el Gobierno chino establecerá antes de 2010 un Centro Nacional para la Modificación del Tiempo que, entre otros cometidos, creará lluvia y nieve artificiales. Por extraño que parezca en el resto del mundo, tales precipitaciones no naturales son bastante habituales en el gigante asiático, donde, desde 1999, se han generado 250.000 millones de toneladas de lluvia artificial que han regado 470.000 kilómetros cuadrados de tierra. Según informan los medios estatales chinos, la previsión para 2010 es llegar a las 50.000 millones de toneladas anuales y cubrir toda la superficie nacional.
Hasta ahora, 30 de las 34 provincias y regiones del país han recibido lluvia no natural, que es provocada disparando contra el cielo bombas de yoduro de plata. Al impactar en las nubes, dicha sustancia catalítica provoca una reacción que acelera la liberación de hidrógeno, el cual entra en contacto con el oxígeno y forma agua para que llueva. Aunque hay otros métodos similares para lograr las precipitaciones, como emplear proyectiles cargados con sal o nitrógeno líquido, éste es el más extendido en el «dragón rojo» por resultar más económico y por sus teóricas ventajas.
A tenor de las cifras aportadas por la Administración Meteorológica de China, 1.952 de 2.900 condados han participado en estos bombardeos contra las nubes, puesto que cuentan con 32.300 personas involucradas en tales operaciones y con 7.111 baterías antiaéreas y 4.991 lanzaderas especiales de misiles. Numerosas ciudades, con Pekín a la cabeza, recurren a este sistema y confían en sus bondades, pero ya han surgido voces, sobre todo de los ecologistas, alertando de los riesgos que entraña. No en vano, a veces no se consiguen las precipitaciones deseadas y el remedio suele ser peor que la enfermedad, pues se producen desajustes en el ciclo de las nubes que, o bien desencadenan virulentas tormentas o bien ocurren unos efectos secundarios que agudizan la sequía.
Mientras tanto, en las afueras de la por lo general seca capital china, se suelen disparar con frecuencia cañonazos contra las nubes para que la lluvia limpie la polución reinante o detenga las tormentas de arena procedentes del cada vez más cercano desierto del Gobi, a sólo 180 kilómetros de la ciudad.
También en Olimpiadas
Como consecuencia de tales bombardeos, efectuados tanto por aviones como por baterías antiaéreas, las reservas de agua aumentaron en 29 millones de metros cúbicos el año pasado. Un éxito que ha llevado a la Oficina de Manipulación del Tiempo de Pekín a incrementar los puntos desde los que se dispara contra las nubes, de los que salen unos proyectiles cargados con 167 pequeñas barritas del tamaño de un cigarrillo que contienen el yoduro de plata.
A tenor de los partes meteorológicos de los últimos años, hay bastantes probabilidades de que llueva en Pekín el 8 de agosto de 2008, fecha prevista para la inauguración de los Juegos Olímpicos. Como el régimen comunista no quiere que nada desluzca su puesta de largo ante el mundo, ya ha anunciado que bombardeará el cielo con yoduro de plata para causar precipitaciones antes de las ceremonias de apertura y clausura. Así, además, Pekín hará gala durante esos días de unos inusuales cielos azules, y no de la espesa neblina gris que impide ver el sol un día cualquiera.
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