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Domingo, 8 de julio 2007, 02:48
Josetxo Mayor conoce tan bien Ulía que se sabe hasta la biografía de los pedruscos. «Mira, ¿ves esa piedra de ahí, la que está entre las zarzas? Antes estaba aquí, colocada en el camino, pero alguien la ha tirado. ¿Por qué harán esas cosas?». También cuenta la historia de otra piedra hincada en mitad de un sendero: excavó alrededor de ella, para sacarla y despejar el camino, pero no consiguió encontrarle el final. «Esa piedra llega hasta el infierno; tuve que dejarla como está, y no queda mal, parece una especie de monolito». O la de otro pedruscón que trajo rodando por la ladera y que se ha quedado como un improvisado banco para que descansen los caminantes.
También conoce la vida y milagros de cada árbol: «Aquellos olmos estaban muy pochos, hasta que quité todas las zarzas de alrededor y hay que ver cómo crecen. Este abedul -pasa la mano por el tronco como si acariciara a un nieto- era un pirulí y mira qué hermoso se ha puesto». Relata con detalle los avatares de los madroños y las hayas que plantó, de los pinos caídos, del roble maltratado por algún bestia, del sendero que tuvo que ensanchar para que los caminantes no pasaran tan cerca de un castaño y no se agarraran de sus ramas. Josetxo lleva veinte años, casi veintiuno, abriendo, limpiando y cuidando los caminos de Ulía por iniciativa propia.
Todos los días, o casi
Durante los primeros años venía los fines de semana, los festivos y en algunas jornadas de sus vacaciones. Desde que se jubiló en 1997, sube todos los días del año, casque el sol o llueva a mares. Sólo falla si se pone enfermo, si hay tormenta y el primer día de cada mes. «Es que el 1 me toca ir a poner la mano», explica. A cobrar la pensión, se entiende. ¿Y el día de Navidad? ¿Tampoco perdona el día de Navidad? «Bueno, ese día no trabajo pero vengo por lo menos a pasear. Y mientras paseo se me ocurre alguna idea nueva».
Todo empezó con un ataque de pena. La pena de ver cerrados y abandonados casi todos los senderos que Josetxo, nacido en Zemoria, en las faldas del monte, recordaba de toda la vida. «Hace veinte años la gente sólo paseaba por la parte alta de Ulía, por la carretera y por la pista que va a la antena, porque los caminos habían desaparecido. Yo llevaba tiempo sin venir, y cuando vine me dio una pena casi de llorar, me entraron ganas de empezar a quitar la maleza a mandobles».
Josetxo empezó a rumiar una idea. Y en la mañana del 16 de septiembre de 1986, se lanzó: «No se me olvida esa mañana. Fui a la zona del caserío Barracas y me puse a abrir un camino. Pero con los dientes», se ríe. «No llevaba ninguna herramienta, quité cuatro rastrojos a mano, y medio a escondidas por si venía algún dueño de los terrenos a preguntarme qué hacía. En esa primera mañana pensé: 'a ver hasta dónde soy capaz de llegar'».
Veinte años después, ha sido capaz de abrir una red de senderos que comunica todas las zonas de Ulía. Gracias a Josetxo, el camino que viene del Faro de la Plata puede seguir por media ladera hasta la punta de Mompás, sin tener que desviarse a las carreteras de la zona alta de Ulía. Así se completó un precioso itinerario costero entre Pasaia y Donostia, señalizado con las marcas rojas y blancas del GR-121 (Gran Recorrido). Y también se pueden dar paseos breves por los caminitos que serpentean entre los bosques. Para dar un paseo, Josetxo me cita en su oficina y en sus horas de trabajo: «Me encontrarás en el camino que baja hacia la costa desde el campo de tiro al plato; estaré allí entre las siete y las diez de la mañana». Y allí está, a sus 74 años, con guantes de goma, gorro, botas y traje de faena, rastrillando y recogiendo con un garbo eléctrico toda la maleza que ha desbrozado en los días anteriores.
Paseo por Axeri Erreka
Josetxo va a enseñarme uno de sus mayores orgullos. Se le ocurrió enlazar la zona de los antiguos emplazamientos de cañones (unos muretes a mano derecha, según bajamos del campo de tiro hacia la costa) con la fuente de la Kutralla. Le daba pena que la gente no conociera esos parajes intermedios, de modo que se puso a trazar un caminito que baja por la vaguada de Axeri Erreka. Le dedicó cinco años, del 92 al 97. Algunos lo llaman Camino Romántico, pero él lo presenta de una manera más entusiasta: «Ha quedado de puturrú de fua».
Antes de meternos por el camino, Josetxo se acerca a la placa que fijaron en una roca para recordar a José Javier, un chico de 18 años que murió en el litoral. «Cada vez que paso, le doy un saludo», dice, y se santigua tres veces. Un poco más arriba están los restos del emplazamiento de los cañones. «Los pusieron aquí en el año 37, durante la guerra, y para hacer prácticas tiraban al mar». Años más tarde, el propio Josetxo trajo uno de los últimos cañones que disparó en Ulía: «Yo trabajaba con una furgoneta de reparto y un día me mandaron ir a Placencia de las Armas a por un cañón. De Placencia lo llevé hasta Andoain, con bombas y todo, allí montaron las piezas y lo traje hasta Ulía. Y aquí pegaban los cañonazos».
Para encontrar ese camino de Axeri Erreka, debemos bajar desde el campo de tiro al plato por la amplia pista - con restos de asfalto y hormigón- que se dirige hacia la costa. Unos metros antes de llegar al emplazamiento de los cañones (los muretes que quedan a la derecha), a mano izquierda sale cuesta abajo un sendero bien abierto. Josetxo camina por sus dominios explicando la minúscula historia de cada arbusto, cada piedra y cada rincón. Nombra los árboles como si los saludara: álamos temblones, abedules, fresnos, robles, rebollos, pinos. Le gustan mucho los helechos reales, que en las zonas más sombrías flanquean el sendero con sus matas espesas y elegantes, y le maravillan los lirios del Pirineo, especie protegida que de tanto en tanto asoma entre los arbustos unos racimos de flores amarillas. Pronto aparecen los primeros escalones, construidos con grandes piedras que Josetxo trajo volteándolas desde las laderas cercanas, y el sendero caracolea monte abajo. Cuando empezó la obra, la vaguada estaba cubierta de zarzas y de pinos caídos, él se abrió paso con la azada y la pala. Para salvar las hondonadas hizo levantes, amontonando tierra y revistiéndola después con losas; para suavizar las pendientes peligrosas -«esta bajada era un rascaculos»- construyó tramos amplios de escaleras.
El sendero de Axeri Erreka desemboca en los alrededores de la fuente de la Kutralla, una pileta que en tiempos fue abrevadero, después lavadero y siempre manantial de aguas muy apreciadas. Hace tiempo que ya no mana, salvo algún chorrito de agua superficial en días de lluvia, y Josetxo se lamenta: «Yo he conocido los tiempos en que el chorro pegaba contra la pared de enfrente, es una pena cómo está ahora».
'Avenida de Josetxo'
A partir de aquí recorremos uno de los tramos más emocionantes para nuestro guía: la llamada Avenida de Josetxo, un vistoso camino empedrado que baja hacia la costa. Se trata de una vieja calzada que descubrió por casualidad: «Decidí abrir el camino por aquí, me metí con la azada, y de pronto, debajo de la tierra y de una maraña de raíces, me encontré con un montón de losas. Estaban como nuevas, relucientes. Me puse loco de contento, por las noches estaba deseando que llegara la mañana siguiente para seguir desenterrando la calzada. Porque era una calzada, la que construyeron en 1891 para las canteras de Arrese».
A la derecha del camino, bajo un gran pitón de arenisca erosionada, Josetxo señala una zona de rocas comidas por aquella cantera. «Con las piedras que sacaban de aquí se construyó la iglesia de San Ignacio, en Gros. Y las sacaban en carros de bueyes, pero no tenían ruedas, eran una especie de trineos». En la parte superior de este tramo empedrado, donde empieza la calzada, en algunas rocas del borde del camino se pueden apreciar una especie de raíles tallados en la piedra: por ahí se deslizaban los carros.
En la base del pitón de arenisca -hay que fijarse- alguien colocó una placa: 'Avenida de Josetxo'. Josetxo tardó en descubrir quién había sido: un caminante habitual de Ulía. No es el único reconocimiento que ha recibido, porque en 1995 el Ayuntamiento donostiarra le concedió la medalla al mérito ciudadano. Él pidió al alcalde una desbrozadora («es que hasta entonces andaba con una guadaña») y la consiguió. El Club Vasco de Camping también homenajeó a Josetxo, y la Sociedad del Cangrejo celebra una comida anual en su honor. Y queda otro tipo de homenajes, espontáneos y muy frecuentes, como podrá comprobar cualquiera que pasee junto a Josetxo. No pasa media hora sin que a la vuelta de una curva aparezca un caminante que le saluda, le pregunta por los trabajos y le da las gracias. «¿Qué bien tienes los caminos!», le dice un hombre, «me he sorprendido porque hace mucho que no vengo por aquí». «Pues yo hace mucho que no salgo de aquí», contesta Josetxo.
Después de bajar la calzada, el camino sigue con el mar siempre a la vista. Vamos hacia las peñas de la Atalaya, unas grandes rocas de arenisca que se asoman al acantilado y en las que la erosión ha horadado huecos y covachas. Josetxo habrá recorrido este tramo cientos de veces pero camina como si fuera la primera, en alerta constante, vigilando cada rincón, agachándose aquí y allá para recoger piedrecitas del camino y echarlas a un lado.
No hay diez metros sin el recuerdo de un esfuerzo. «¿Ves esta roca grande? Llegaba hasta la mitad del camino, no dejaba sitio. Pues cogí el puntero y la maza y venga, tres mañanas seguidas masticando la piedra, hasta que le comí la mitad. Mira, mira las marcas del puntero en la roca. Y aquellas escaleras en zigzag las construí porque un día me dijeron que se habían caído dos personas. Tardé tres meses. El desmonte lo empecé en febrero de 2000, con la pala y la azada todo el día, cuánta agua me cayó y cuánto frío pasé». De pronto, como si cayera en la cuenta de que está poniendo demasiado énfasis en los esfuerzos, explica: «Aquí hay mucha fatiga y muchos sofocones. Pero juramentos, ni uno. Un voluntario no tiene derecho a decir juramentos. Si no quiere trabajar, que lo deje».
Desde las peñas tomamos de nuevo el camino que sube hacia el emplazamiento de los cañones y hacia la antena de Ulía. Termina el paseo. Me atrevo con la pregunta que me ronda desde hace un rato: «Josetxo, dentro de treinta años ¿quién cuidará de todo esto?». Se para, se gira con una sonrisa radiante y dice: «¿Pues yo mismo, hombre!».
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