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GONTZAL LARGO
Jueves, 12 de julio 2007, 12:09
Todo -o casi todo- el mundo sabe que los restos de Napoleón reposan bajo la cúpula de los Inválidos, en París. Todo -o casi todo- su cuerpo se encuentra ahí. Decimos ello porque hay una parte del emperador francés que, seguro, no ha hallado el descanso eterno. Nos referimos, con perdón, a su pene. Al igual que el perro de San Roque, el cuerpo de Napoleón carece de ese apéndice tan masculino y no porque Ramón Rodríguez se lo cortara sino porque lo hizo el cura que le administró la extremaunción.
La historia aconteció en la isla de Santa Elena, lugar al que fue desterrado el militar y donde quemó los últimos cartuchos de su vida. Al fallecer éste, el mismo religioso que le había procurado los Santos Óleos se tomó la libertad de amputarle el miembro viril, no se sabe si por venganza o fanatismo. Apartir de entonces, el falo inerte pasó de mano en mano: primero lo heredaron los familiares de Vignale -que así se llamaba el clérigo-, luego se subastó entre diversos coleccionistas hasta que cayó en poder de un librero de Philadelphia, un tal Rosenbach, que falleció en 1999 dejando el pene sin beneficiario. Fue entonces cuando un urólogo y profesor de la Universidad de Columbia, John K. Latimer lo adquirió en una subasta por el nada desdeñable precio de 4.000 dólares. El aparato pasó a formar parte de la extensa y excelsa colección de fetiches de este norteamericano, en la que destacaban la camisa ensangrentada de Lincoln y varias pinturas con la firma de Adolf Hitler.
Latimer murió en mayo de este año, por lo que el presunto falo de Napoleón volvió a quedar huérfano. Quien lo ha visto, afirma que, menos un aparato reproductor masculino, parece de todo: un zapatito viejo, una anguila retorcida, la naricita de un bebé En otras palabras: Napoleón no estaba tan bien dotado como lo exigiría la altura de su leyenda. De hecho, el propio Latimer estudió la reliquia sexual e hizo públicos unos resultados ciertamente perturbadores: el pene de Napoleón midió -en vida, claro- apenas 4,1 centímetros. Si tenemos en cuenta que la verga de Rasputín, que se conserva en formol en un museo erótico de San Petersburgo, alcanza la veintena de centímetros, concluímos que el tamaño, en cuestiones de Estado, poco importa.
El monje loco, consejero del zar Nicolás II también pasó a mejor vida sin el valioso apéndice. Se desconocen las circunstancias de la pérdida pero, visto el panorama, mejor que sea así. El dueño del miembro rasputiniano -y director del citado museo picante-, Igor Kniazkin jura y perjura que adquirió la pieza bañada en formol de un anticuario parisino, le costó 8.000 dólares y venía acompañada de varias cartas escritas por el propio Rasputín. Imaginamos que Napoleón, o lo que queda de él, estará revolviéndose en su tumba.
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