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XABIER KINTANA
Sábado, 28 de julio 2007, 03:09
La Paleontología nos acaba de dar una buena noticia. Los investigadores han encontrado en el yacimiento de Atapuerca el diente de un antepasado humano que, al parecer, vivió hace unos 1.200.000 años. Vayan a todos ellos nuestras felicitaciones, y en particular a su codirector, nuestro paisano Juan Luis Arsuaga. Sin embargo, me temo que este importantísimo hallazgo, por el nuevo impulso que supone para el evolucionismo, no les habrá hecho mucha gracia a los creacionistas norteamericanos, ni tampoco al actual Papa de Roma, a la luz de lo que últimamente anda predicando por las galerías vaticanas. Pero de cualquier manera, ahí están los datos científicos, al margen de prejuicios religiosos e ideológicos.
Al principio alguien se apresuró a decir que el fósil de Atapuerca correspondía al ser humano europeo más antiguo conocido hasta la fecha, pero pronto sus propios presentadores matizaron prudentemente esa afirmación, añadiendo «al menos en Europa occidental». Y es que no se podía olvidar que en la zona oriental de nuestro continente, en la localidad georgiana de Dmanisi, hace ya siete años se encontró el cráneo de un antepasado humano de hace 1.700.000 años. Sus principales descubridores e investigadores fueron los eminentes paleontólogos Leo Gabunia -padre de la etnógrafa georgiana Salome Gabunia, miembro correspondiente de Euskaltzaindia- y David Lordkipanidze, quien, tras el fallecimiento del anterior, continúa las investigaciones. Pero no es mi intención profundizar aquí sobre la relevancia del descubrimiento de Atapuerca, sino hacer algunas consideraciones sobre el nombre del municipio donde se encuentra el yacimiento.
Cuando en algún sitio se descubre algo importante, resulta normal que los vecinos se sientan orgullosos por ello, por lo que no debe sorprendernos que las gentesde Atapuerca quieran presentar esos restos como los del habitante más antiguo del pueblo, dando por sentada una continuidad temporal ininterrumpida desde entonces hasta hoy. Eso mismo hemos hecho muchas veces los vascos con los restos fósiles extraídos de nuestras cuevas, pretendiendo demostrar la existencia de una relación entre aquellos y nosotros, no sólo genética, sino también idiomática. Para ello se suelen aducir los nombres de algunos instrumentos como haitzurra (azada), aizkora (hacha), aiztoa (cuchillo), supuestamente formados a partir de la palabra haitz (peña, roca), como si fuesen pruebas vivientes e incontestables de la gran antigüedad de la lengua vasca, que se remontaría hasta la Edad de Piedra. Pero como muy sensatamente comentaba el profesor y académico Joseba Lakarra, con los métodos lingüísticos actuales resulta absolutamente imposible encontrar, tanto en el euskara como en el resto de los idiomas del mundo, vestigios probados de palabras que se remonten hasta el paleolítico. Sin olvidar, además, que el material para elaborar aquellos instrumentos líticos, que sepamos, era la piedra (harri), y no la peña o la roca (haitz).
Por lo dicho, aparte de la necesaria ubicación geográfica y del comprensible orgullo local, parece que no tiene mucho sentido, como tampoco ningún valor histórico ni político, repetir reiteradamente que el yacimiento de Atapuerca se encuentra en la actual provincia de Burgos. En realidad, no se puede afirmar que quienes vivieron allí en esa remota época fuesen exclusivamente antepasados de los actuales burgaleses o castellanos, ya que también lo fueron del resto de los pobladores de la antigua Europa. Por tanto, si hemos de compararlos con alguien, no cabe hacerlo con los humanos de nuestro tiempo, sino con otros miembros de su época, cercanos y lejanos, con el Homo Antecessor y el Homo Ergaster, a fin de averiguar cómo se expandió por nuestro planeta, partiendo de África, nuestro linaje.
He querido explicar todo esto para evitar que, tras la etimología que daré sobre la palabra Atapuerca, alguien caiga en la tentación de sospechar que con ella trato de arrimar el ascua a mi sardina, ya que resulta del todo absurdo que una determinada comunidad actual trate de adjudicarse de forma exclusiva la procedencia de ancestros tan remotos.
Volviendo al tema inicial, el nombre de Atapuerca aparece escrito así desde los primeros documentos en que dicho lugar aparece citado. Parece que se trata de una palabra medieval relativamente reciente, que contiene un elemento latino evidente. Sin embargo, por su forma, salta a la vista que, desde una perspectiva castellana, resulta ser una palabra un tanto extraña, ya que en esa lengua lo normal hubiera sido encontrarnos con una -d- intervocálica, en lugar de esa extraña -t-; es decir, que de acuerdo a las leyes de evolución fonética castellana, lo lógico hubiera sido algo como Adapuerca.
De cualquier modo, según los eruditos españoles, el origen de la palabra no está nada claro. Tal vez les hubiera podido ayudar en su trabajo conocer un poco el euskara, idioma vecino y, al menos constitucionalmente, también español, al igual que el catalán y el gallego, aunque todos ellos se encuentren por desgracia relegados en los programas escolares de las comunidades monolingües castellanas.
La propuesta de una etimología vasca para ese término la escuché por vez primera de boca de Jose Maria Satrustegi, miembro de Euskaltzaindia, Real Academia de la Lengua Vasca. Este académico navarro, recientemente fallecido, nunca escribió nada sobre el tema, pero, con notable intuición, sugería que nos encontrábamos ante la palabra vasca ate (puerta) junto a una forma alterada del castellano puerta. Ciertamente, la variante ata- (así como su forma disimilada eta-) es frecuente en toponimia y en palabras compuestas. Así, los pueblos de Atauri (villa del puerto -de montaña-), en Álava; Etaio (Portillo) en Navarra; Mendata (Puerto de montaña) en Bizkaia; Etxegarate, puerto en el límite de Gipuzkoa con Navarra, así como las voces ataurre, atari (portal), atarte, etarte (atrio)... Tendríamos aquí lo que en la jerga lingüística se denomina un geminado semántico. Según esto, el término originario sería Atapuerta, esto es, ate-puerta, el cual, para evitar la repetición en un mismo vocablo de fonema idéntico, disimilaría su segunda /t/ en otra oclusiva sorda /k/, pasando de aTa-puerTa a Atapuerca. Este paso se vería facilitado por el hecho de existir en castellano el vocablo puerco/a, que, al perderse el euskara en aquella comarca, originó a su vez en el pueblo una falsa etimología.
Existen numerosos ejemplos de este tipo de geminados. En los Pirineos es bien conocido el caso del Vall d'Aran o Valle de Arán, esto es valle de valle pues esto es lo que significa en vasco haran(a), voz tan frecuente en apellidos como Arana, Aranburu, Aranzabal, Haraneder... Lo mismo ocurre en Álava con el nombre del Río Bayas (del vasco ibaia, río), palabra que aparece en el hidrónimo Ibaizabal, nombre genuino del río que desemboca en la ría de Bilbao, utilizado así por el propio Unamuno, aunque a partir de comienzos del siglo XIX se viene tratando de substituir por el falso cultismo Nervión. Quien viaje por Andalucía, más de una vez verá curiosos topónimos castellano-árabes, como la malagueña Fuente de la Aina, ya que la palabra ain(a) significa precisamente fuente, manantial en este último idioma. Al parecer, existe en Gales el topónimo Mount-Pen-Hill, que une tres palabras de idéntico significado (colina), una de origen latino, otra celta y anglo-sajona la última.
En el léxico habitual, la conocida palabra española perro dogo muestra a las claras, en su segundo elemento, la forma castellanizada del dog inglés. Otra palabra híbrida de este tipo es la vasca salmenta (del vasco saldu -vender- y menta, del castellano venta). En su traducción al vasco del Nuevo Testamento de 1571, el pastor protestante Joanes de Leizarraga empleaba la palabra uso-columba (Mat. 3, 26), formada por la reduplicación del nombre de la paloma en euskara y en latín, algo similar a lo que sucede en las frases vascas actuales egia verdaderoa o antzeko-parecido, de tipo jocoso.
Y volviendo a Atapuerca, basta dar una ojeada a la orografía del lugar para comprobar que responde perfectamente a la idea de puerta de entrada o portillo entre montes, ya que se trata del paso natural entre La Rioja y Burgos, aprovechado en su día para establecer el trazado de una vía férrea. Recordemos, además, que durante mucho tiempo toda la zona perteneció al Reino de Navarra, siendo habitada por gentes de habla vasca, como nos lo recuerdan aún nombres de lugares como Villaváscones o Valdevascones. El propio poema anónimo compuesto hacia 1250 en honor del primer conde castellano del s. IX, Fernán González, reconoce los primitivos límites del condado: «Estonzes era Castiella un pequeño rincón/era de castellanos Montes dOca mojón»... Además, Menéndez Pidal, nada sospechoso de veleidades vasquistas, y el riojano Merino Urrutia probaron claramente que en aquella época la lengua vasca llegaba casi a las puertas de la capital burgalesa, y aún saltan a la vista, en zonas limítrofes a Atapuerca, nombres como Galarde, Ezquerra, Urquíza, Zalduendo, etc. de neta fisonomía euskerica.
Espero que nadie se sienta molesto a causa de esta interpretación etimológica, ya que, por conservar nuestra lengua milenaria, hay quien nos considera a los vascos nada menos que «los más españoles de todos». Vamos, mismamente como el Athletic.
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