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BEGOÑA DEL TESO
Sábado, 5 de junio 2010, 04:46
El sábado, el doctor Dámaso Sánchez Marco, esposo desde hace más de 60 años de Pepita Iturri y padre del urólogo Dámaso Sánchez Iturri, cumplió 90 años en el mirador de su mansión de la calle Miracruz, entre los balcones donde están colgadas tres banderas del Centenario de la Real, no lejos del salón enriquecido por marfiles, máscaras, armas y tambores africanos y asiáticos. Hasta los 70 años, el doctor Dámaso jugó a pelota con sus compañeros del Eguzki. Y ganó un puñado de campeonatos.
- ¿Vamos a subir, doctor?
- ¡Claro! Somos el equipo que en un Atocha nevado y embarrado le endosó 14 goles al Valladolid. Fue en la segunda semana de enero del 62, creo. Había nevado tanto que el domingo se suspendió el partido y se tuvo que jugar el martes.
- ¡14-2! Sería inenarrable
- Si supieras con qué facilidad entraban los balones en la portería contraria. Recuerdo que a los días tuve que viajar a Valladolid y resultó que nadie se atrevía a decir ni a publicar el tanteo verdadero. Incluso en los bares aparecía como si sólo hubiésemos metido cuatro. En una cafetería cuando les corregí el resultado me dijeron que si eso era cierto tenía el café pagado toda la semana. Se lo demostré, claro.
- Usted fue directivo de La Real.
- Sí. Cuando bajamos a Segunda el siglo pasado. Me llamó Vega de Seoane y me dijo que como para bregar en Segunda se necesitaban hombres valientes, me necesitaba.
- Y para valiente y corajudo, usted, que había estado en el Congo cuando se independizó de Bélgica, en plena época de la guerrilla de los Mau-Mau.
- Aquello fue una aventura tremenda y una experiencia vital y médica increíble. Me acuerdo que íbamos a aterrizar en Leopoldville y tuvimos que hacerlo en Brazzaville porque acababan de bombardear el aeropuerto. Recuerdo también que un día estábamos cenando con unos amigos y de pronto cayó sobre nosotros una mano humana.
- ¿Las sobras de un festín caníbal, acaso?
- Exacto. Habían secuestrado en un bar a once pilotos italianos y a un médico que regresaban a Europa. Los mataron. Y se los comieron.
- Mientras tanto, usted inventaba operaciones en su hospital de campaña en plena selva.
- No teníamos nada de nada. Ni material quirúrgico, nada. Me tuve que inventar, sí, una operación para solucionar casos de estenosis uretral, estrechamiento anormal del conducto que lleva la orina desde la vejiga al exterior del cuerpo. Hay que ensanchar la uretra, naturalmente, así que me tuve que fabricar el tubo que insertaba para dilatarla...
- ¿Y aquellas cesáreas a la luz de los quinqués?
- Así las hacíamos. De noche. A la luz de los candiles, con los murciélagos revoloteándonos por encima. Si te digo la verdad, yo disfrutaba haciendo lo que hacía. Disfrutaba ayudando a aquella gente, que era y es sumamente agradecida, y disfrutaba operando. Te seré sincero: lo que más me joroba de estos 90 años es, por ejemplo, no poder ir a Lourdes acompañando a los peregrinos.
- En Lourdes fue donde aquella muchacha le preguntó si se acordaba usted de su muslo.
- Y cuando la oyeron todos se imaginaron que yo era un depravado... o un suertudo. En realidad, me debía acordar de su muslo porque nos la habían traído casi muerta a la Clínica San Juan de Tolosa. Un cerdo le había mordido y hecho un agujero del tamaño de una naranja en su muslo. La salvamos.
- No es extraño que cuando a aquel soldado se le clavó una verja en Loyola le llamaran a usted.
- La verja se le había caído encima y uno de los hierros se le incrustó en el costado. Sus compañeros mantenían a pulso la estructura para que no se le clavara más pero no se le podía tumbar, ni casi moverle. Lo que hice fue ir cortando carne alrededor del pincho hasta que quedó espacio para poder sacárselo.
- El Batallón de Cazadores de Montaña, agradecido, le condecoró.
- Tengo varias medallas, sí. También de la Cruz Roja. Y copas que he ganado en campeonatos de pelota. Lástima de esta hernia de disco que me provoca compresión cervical. Oye: no estoy gagá, que conste. Hablo raro porque se me ha roto un puente de la boca.
- Nadie pensaría que esté gagá.
- Gracias, pero me da mucha rabia que con la edad esas manos de plata que dicen que tenemos los cirujanos se me hayan convertido en manos de... plomo.
- Tranquilo, su misión ya está casi cumplida. Mientras esperamos el partido contra el Cádiz, ¿me habla de Terranova?
- Esquilmamos aquellas aguas. Arrasamos su riqueza pesquera. Nadie nos controlaba. Era curioso, en aquellos barcos la gente se peleaba mucho cuando no había pesca. Se ponían muy nerviosos porque veían peligrar su cuota de ganancias. Cuando se pescaba, a pesar de lo dura que era la faena estaban relajados y contentos.
- ¿En qué suele pensar desde su mirador de la calle Miracruz?
- En África y en esos misioneros seglares y religiosos que dan su vida por ella. En la resistencia del pueblo africano. Nosotros, y más hoy, somos muy flojos. Todo nos asusta.
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