

Secciones
Servicios
Destacamos
C. FOMINAYA
Lunes, 27 de diciembre 2010, 02:53
No era la primera vez que se fugaba de casa. Desde principios de 2009, habían sido continuas las escapadas de la muchacha de 14 años que esta semana se ha convertido a su pesar en noticia tras descubrirse que fue forzada a prostituirse en un pueblo de Badajoz. Todo comenzó a torcerse hace casi dos años tras una grave discusión con sus padres. «Pasaba las noches en casa de alguna amiga y a veces se subía a dormir a la azotea de su edificio», relata un compañero de su colegio de aquella época, un centro privado del barrio madrileño de Prosperidad. Empezó a no acudir a clase. Cuando se lo comunicaron a sus padres, estos decidieron acompañarla hasta la puerta para asegurarse de que entraba en el centro. «Pero aquello duró poco -añade- porque la cambiaron de colegio a mitad de curso». Aunque en el expediente escolar no consta que hubiera una expulsión, la propia menor iba diciendo a sus amigos que la habían echado.
No mejoraron demasiado las cosas en el instituto público, también del barrio de Prosperidad, en el que estuvo matriculada durante los últimos meses del curso 2008-09 y 2009-10. La chavala había comenzado meses atrás a salir, según relata su entorno, con «gente muy perjudicial para ella». Muchos compañeros de clase, incluidos los más cercanos, aseguran que no sabían de esas «malas compañías» ni de sus problemas en casa. De hecho, ahora que han conocido por la prensa el terrible infierno que ha vivido en los últimos meses, lo más comentado en su clase es: «¿Cómo le ha podido pasar eso a ella?»
Ninguno sabía nada de su compañera de clase desde que comenzó el curso. Muchos debieron de pensar que la habían vuelto a cambiar de colegio. Nada extraño. Una de sus mejores amigas de clase dice que la última noticia que tenía de ella era de «hace cuatro meses». En junio asistió, como una más, a la puesta de largo de una compañera en un lujoso hotel madrileño. En julio, se hizo una foto con el móvil, la colgó en Tuenti y puso la siguiente dedicatoria: «Para ti nada más, mi amor». Probablemente, el mensaje ya fuera dirigido al joven rumano con el que se iba a fugar apenas semanas después. A principios de septiembre, dejó los últimos mensajes a sus amigos. Y entonces se perdió todo rastro sobre ella.
Sus padres denunciaron el 3 de octubre la desaparición de la niña en la comisaría de Chamartín. Tampoco extrañó a los agentes. No era la primera denuncia. Una escapada más, debieron de pensar. Pero el resto de las veces, la muchacha aparecía a los pocos días. En esta ocasión, la aventura iba a ser larga -más de tres meses- y absolutamente infernal. Semanas antes, se había enamorado de un joven rumano ocho años mayor que ella, «de complexión atlética y guapete», aseguran quienes le han visto. La relación fue a más y finalmente él le propuso fugarse juntos a un pueblo de Badajoz, de unos 4.000 habitantes, llamado Arroyo de San Serván.
«Una rumana más»
El destino que le esperaba es lo más alejado de un escenario idílico. Una treintena de rumanos se hacinaban en el viejo caserón que fue su vivienda durante más de tres meses. Y pronto comenzó lo peor de la tortura: siete rumanos, entre ellos su novio, están acusados de obligarla a prostituirse cada noche en un cobertizo cercano a un vertedero. Los clientes eran en su mayoría vecinos de la zona que pagaban entre 10 y 60 euros por mantener relaciones sexuales con la menor. Cinco de ellos fueron detenidos. Uno era un ex concejal de Izquierda Unida, que se terminó suicidando con una escopeta de caza el pasado miércoles tras ser puesto en libertad con cargos. Otro de ellos se ha sabido que era el juez de paz del pueblo.
La pregunta del millón desde que trascendió el caso a la opinión pública es cómo es posible que en un municipio tan pequeño nadie hubiera denunciado durante tres meses -desde el 3 de octubre que los padres pusieron la denuncia en Madrid hasta que la niña fue rescatada el pasado 4 de diciembre por un policía local de Arroyo de San Serván- que una menor estaba siendo obligada a prostituirse. Algunos vecinos justifican este silencio colectivo asegurando que parecía «una rumana más», pero al mismo tiempo afirman que, dada su delgadez y su pequeña estatura, aparentaba aún una edad menor que los 14 años que en realidad tenía.
En cuanto fue liberada, la familia acudió a la capital pacense para hacerse cargo de la adolescente. Horas después emprendían viaje de regreso al barrio madrileño de Prosperidad. Ahora le queda a la familia y a los servicios sociales la dura tarea de restañar las heridas producidas por una tortura de tal magnitud. «Después de un hecho tan traumático, la menor necesita recibir apoyo y atención psicológica por parte de profesionales, pero también atención por parte de su núcleo más cercano, ya sean los padres, sus tios o sus hermanos», explica Paloma Martín, directora del Instituto Madrileño del Menor y la Familia de la Comunidad de Madrid. «Solo así -continúa- puede llegar a asumir de la forma más beneficiosa posible lo que ha ocurrido. Entre todos hay que apoyarla porque desgraciadamente cada vez hay más jóvenes conflictivos que se embarcan en una aventura que no saben a dónde les va a llevar».
Para Marina Martín Artajo, psicóloga, este suceso nos recuerda que la adolescencia es un momento crítico en la vida. «En este periodo los jóvenes pasan por un momento evolutivo de reafirmación en el que lo normal sea que busque experimentar cosas nuevas con el objeto de encontrar su camino. Pero en este caso concreto, da la impresión de que el proceso se ha reducido a un día en el que se ha pasado 'del cero al infinito».
«Parece que se trata de un acto impulsivo, que en psicología recibe el nombre de 'acting' adolescente, en el que no ha mediado una reflexión madurada y una valoración de los riesgos y todas sus consecuencias», explica esta terapeuta, a la vez que apunta también a la mala suerte. «Es normal que los chicos prueben, pero a esta adolescente le engañó su novio. Y ella ha dado un salto evolutivo, como independizarse de sus padres, demasiado arriesgado para el que no estaba preparada». Ahora su recuperación dependerá de sus fortalezas, de su familia, de su entorno más próximo en general. «Tendrá que digerir esta experiencia. Es muy probable que desarrolle miedos y fobias... lo que queda de una experiencia traumática es la gestión que se haga de lo ocurrido».
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
La chica a la que despidieron cuatro veces en el primer mes de contrato
El Norte de Castilla
Los libros vuelven a la Biblioteca Municipal de Santander
El Diario Montañés
Publicidad
Publicidad
Recomendaciones para ti
Favoritos de los suscriptores
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.