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JUAN JOSÉ SOLOZABAL
Sábado, 21 de enero 2012, 03:42
Conviene que vayamos pensando en dedicar alguna reflexión al caso de Escocia. Los nacionalistas escoceses tenían en su programa la convocatoria de un referendum sobre la independencia. Seguramente creían que no obtendrían mayoría suficiente para sacar adelante la propuesta del referéndum: se equivocaron. De los 129 miembros del actual Parlamento escocés los nacionalistas tienen 69, mientras que los laboristas, la oposición oficial, cuentan con 37. Han pasado tres años desde la constitución del Parlamento, han estudiado la situación, según dicen las muchas dificultades técnicas de la empresa, y han decidido que el año 2014, setecientos años después de la batalla de Bannockburn que ganaron a los ingleses y cuando se celebran los juegos olímpicos de la Commonwealth, es un buen momento para la celebración de la consulta. Algo han oído sobre la necesidad de que las preguntas al electorado no se hagan de forma confusa y también saben que según las encuestas sólo un tercio de la población parece estar por un corte total con Inglaterra. Posiblemente lo que buscan, además del capital de la 'gestión de la independencia', que como problema en candelero siempre les dará el centro del escenario y los consiguientes réditos electorales, es una mejora de las competencias, negociar un arreglo con Inglaterra (la famosa devo-max que les dé más poder, de hecho todas las competencias salvo las de exteriores y defensa). Si ganaran la independencia, además, no se saldrían de la Commonweath, ni abandonarían la libra: sólo se librarían de los arsenales nucleares de sus costas, y dejarían la OTAN. Pero incluso sus relaciones con el pueblo inglés, sostienen, serían más cordiales y amistosas.
Cameron, el premier británico conservador, impenitente jugador al órdago, ha dicho que si no quieren estar en el Reino Unido son muy libres de ello, pero que deben decidirlo ya, que no hay soluciones intermedias entre estar y no estar, y que el referéndum, precisamente para garantizar su seriedad y sobre todo su claridad, y como cuestión que afecta a todos debe ser organizado y convocado por el gobierno de todos, o sea por él.
La situación es pues en extremo interesante. Resalta en primer lugar la percepción del problema de la autodeterminación escocesa como una cuestión democrática, resolvible sin dramatismos agónicos, aunque no se ignoran las graves repercusiones para el Estado británico: se pondría en cuestión, o incluso podría liquidarse una Unión que lleva tres siglos de existencia. Llama también la atención lo alcanzable del abismo, si la ruptura del Estado común se llevara a cabo por simple decisión legal. Es cierto que la inexistencia de una Constitución permite una mayor flexibilidad en el funcionamiento del sistema político británico, basado en el principio de soberanía parlamentaria. Pero al mismo tiempo hace posible que decisiones de enorme trascendencia, difícilmente reversibles desde un punto de vista objetivo como sería la independencia de una parte del territorio, se lleven a cabo sin las garantías, que no son de mero procedimiento, que suponen en otros países los límites constitucionales.
En segundo lugar, lo que muestra el caso escocés es la dificultad de tratar institucionalmente las tensiones nacionalistas en un Estado sometido a tales fuerzas centrífugas. Sólo sabemos que son los Estados centralistas los que estallan más fácilmente, pero la descentralización tanto puede aplacar como estimular los impulsos secesionistas. Parece que en el caso de la devolution, la descentralización ha servido en Gales, pero es más difícil de acordar que haya aplacado al nacionalismo en el caso escocés. Cuando la pulsión nacionalista se generaliza el camino es imparable.
Una reciente biografía del líder escocés y presidente del gobierno Alex Salmond (Salmond, against the odds) revela el secreto último, la fuente de la energía indomable, del personaje, que tan familiar resulta al observador español. ¿Qué impulsa a este hombre, se pregunta David Torrance, el autor del libro? Una sola idea, la independencia.
La apuesta de Cameron tampoco puede entenderse sin el éxito del tratamiento de la autodeterminación en el caso de Canadá, que reposa, como es sabido, en los instrumentos del referéndum y la negociación de la independencia. En Canadá, en efecto, se planteó la pregunta en el referéndum con (relativa) claridad y se establecieron, después, mediante una ley federal, los términos en que se habría de discutir la independencia. El resultado no ha podido ser más exitoso, pues los partidarios de la independencia perdieron el referéndum en Quebec y las perspectivas de secesión en Canadá son hoy menores que nunca en la reciente historia de este país.
La cuestión es que quizás en Escocia no se plantean las cosas con la suficiente gravedad para pensar que es la hora, como en Quebec, de un referéndum que opte entre el 'in' o 'out', cuando nadie quiere de verdad salirse de la Unión. ¿Por qué se está dispuesto a asumir el peligro de la ruptura, y, en cambio, no se quiere ofrecer al pueblo escocés otra opción, como prefieren los nacionalistas, una tercera vía, entre el statu quo y la independencia? Algo que se parecería mucho por cierto a la autonomía española. Si no se teme al referéndum grande, ¿qué objeción se puede presentar desde el punto de vista democrático al referéndum pequeño?
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