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:: BEGOÑA DEL TESO
Sábado, 4 de febrero 2012, 02:54
Bajar ahora a las comarcas de Alfoz y Páramos que comprende los ayuntamientos de Merindad de Río Ubierna, Los Altos, Valle del Sedano y Tubilla del Agua es adentrarse en un territorio que recuerda las grandes extensiones hermosamente muertas, solitarias, agrestes, ariscas, gélidas, inhóspitas, apasionadamente románticas y tenebrosas en las que suceden historias más grandes que la vida y la muerte tal que 'Cumbres borrascosas' o 'Jane Eyre'. Pero no estamos ni en las ralas y levantiscas superficies de Yorkshire ni en las de Devonshire y tampoco vagamos por la estepa rusa aunque la 'centellada' (ese vapor que con la frialdad de la noche se condensa en gotas menudas y cae sobre vivos y muertos) ha cubierto de blanco las ramas del brezo rubio o de unas cuantas encinas que lo han resistido todo a pesar de que casi no tienen suelo donde arraigar porque lo que hubo se erosionó ya en el Cretácico.
Estamos realmente cerca de casa. De hecho, podríamos haber llegado desde las Encartaciones vizcainas, saltando entre las comunidades autónomas de Euskadi y Cantabria. Estamos tan cerca de casa que los saleros que veremos dentro de nada, en cuanto nos acerquemos a Poza de la Sal fueron ya en tiempos de los romanos y junto a los alaveses de Añana los más importantes y cruciales del Norte de la Península Ibérica. Ni Yorkshire ni Siberia ni las extensiones heladas de Finlandia: a unos cientos de kilómetros en moto, coche o autobús de cualquiera de nuestros hogares, no demasiado lejos del mítico pasaje de Pancorbo. De hecho e incluso, antes de penetrar en la comarca de Bureba, regada por decenas de arroyos que acaban en el Ebro, podríamos detenernos en La Puebla de Arganzón y tomarnos un buen bocadillo en el Otsaran de la calle Santiago.
Estamos cerca de cualquier paraje conocido pero al subir hacia el Castillo de los Rojas, situado al Oeste de Poza de la Sal, dejando atrás los saleros, sabiendo que después de él solo existen los páramos, el viajero, el aventurero, siente que se adentra en mundos que no están en este. Porque seguro que desde lo alto de la fortaleza (tambíén rocosa, cruel, cortante) ya ha visto cómo cayó la niebla sobre el páramo y ya ni siquiera distingue el buitre de acero y hierro que corona, magnificiente, el monumento a Félix Rodríguez de la Fuente, nacido en Poza y muerto en Alaska.
Hacia el diápiro, esa espectacular y extrañísima roca cilíndrica que a lo largo de millones de años se abrió paso, barrenándolas entre las capas de la tierra, vio Félix por primera vez a los lobos, de niño. Los vio entre la niebla y entendió su belleza y las leyendas que les rodean. Y vio a las avutardas revolotear sobre el castillo, construido para defender las salinas, tomado por los franceses en 1808, atacado por todos sus flancos por los burgales. De Félix se habla mucho todavía en las callejas de Poza y más allá de la ermita de Nuestra Señora de Pedrajas, en las cofradías y las hermandades del pueblo. En su hotel rural Casa Martín, que está en la Calzada. Se habla de Félix y de las iglesias de lugares que quedan al otro lado del páramo. Iglesias cuya torre rompe, de nuevo la niebla y su reloj se paró hace mucho tiempo, nadie sabe cuándo ni por qué, a las 11. Tampoco sabe nadie si eran las de la mañana o las de la noche.
Pero no todo es yermo, ralo y tétricamente bello en ese lugar donde se unen las Depresiones del Duero y del Ebro y el Atlántico empieza a convertirse, lentamente, en Mediterráneo. Hay cerca templos que muestran la pujanza del románico burebano y monasterios que recuerdan a señoras que dominaban páramo, valle y saleros como Doña Sancha de Rojas. En primavera, entrando en la Comarca de Bureba uno descubre que Atapuerca no es lejano y el Camino francés de Santiago cruza estos lugares. En la carretera, junto a tanto arroyo, en ruta, quién sabe acaso hacia Santander,acaso a Balmaseda siempre hay un bar donde sirven jamón que no es de pata negra pero sí ha sido secado en los neveros del páramo. Cuando pasen las festividades en honor a San Blas y renazca el tomillo será el momento de emprender esa ruta de senderismo llamada 'Raíces de Castilla', 46 kilómetros por las tierras y los misterios de Poza, Oña y Frías.
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