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ARTÍCULOS DE OPINIÓN

Un laberinto, el de las identidades

JOSÉ MANUEL BUJANDA ARIZMENDI

Sábado, 11 de febrero 2012, 05:25

El debate sobre la identidad ha sido siempre, aquí y allá, constante y obsesivo. Mientras en Euskadi, España o en muchos lugares de la UE el ser, o no ser, es capaz de levantar espectros de sus tumbas, en los EEUU la interrogante posee una sana concreción vital. Mientras en Europa distinguimos entre europeos e inmigrantes, en EE UU todos son a la vez americanos e inmigrantes, nadie cuestiona la existencia misma de América, existe como un Dios, inmanente, omnipresente, incuestionable, América se concibe como la utopía en carne viva, el espacio cercado por la providencia, sin confusión alguna o duda. Y a pesar de muchas cuestiones al aire sin poder ser acotadas debidamente, y a pesar también de muchas preguntas hartamente complejas, y alguna que otra duda en las respuestas.porque ¿quiénes son los 'verdaderos' americanos, los blancos, anglosajones y protestantes y no los negros, los mejicanos o los inmigrantes en general de la última oleada?, ¿son americanos verdaderos los coreanos que venden fruta desde hace treinta años, pero no los taxistas colombianos o las manicuras polacas de hace escasamente una generación?, ¿cuánto de americanismo sanguíneo debe de darse en la analítica patriótica para poder ser asumido en las venas rojas de la patria? etc.América es una y nítida, nadie duda de su existencia.

Mientras en Europa la cuestión, cruda ella, continúa en guiso reposado y continuado, EE UU se encuentra en plena fase de cocción. Frente a la decantación, EE UU es todavía destilación. Es más, los americanos no visitan mucho el extranjero -en vísperas de fin del siglo pasado, sólo el 2% de los norteamericanos visitaron alguna vez Europa- quizás porque el extranjero exótico y de interés lo tienen almacenado ya en su propia casa a través de la heterogeneidad de religiones, etnias y culturas que lo habitan. El 'extranjero' es segundo ejemplar del material americano, un producto que se debe a veces soportar en su extraña diferencia y otras tolerarse en virtud de su inexorable proceso de conversión, pues al fin, pasado el tiempo, se acabará reciclando en material americano. América es así la perfecta condensación de modernidad y futuro, pues en el pasado se pudo ser rumano, mejicano, vietnamita o lo que sea, pero una vez allí, se es de América. Así, en ninguna parte del mundo se ve tanto el constante ondear de banderas: gasolineras, comercios, restaurantes, porches, cines, farolas, hoteles, bares, garajes, calzoncillos, pasteles, microondas, condones, cualquier cosa con los colores de los EE UU. Pero curioso, un 20% de los norteamericanos ignora cuántas estrellas componen su bandera, y en cambio el 60% de los hogares cuenta con su bandera presta para ondearla en sus fachadas y así a lo largo de todo el país existen comercios donde se venden emblemas, pósters, postales, chapas, banderolas, fotografías de la historia de los EEUU, de sus próceres y efemérides. Ciertamente, los americanos que los visitan son turistas en su propia, y a la vez extraña, tierra.

La revista Time en 1994 componía mediante ordenador la futura cara de EE UU: mientras en 1990 la población era un 76% blanca, 12% negra, 9% latina y un 3% asiática, el año 2050 los blancos habrán descendido al 52%, los latinos crecido hasta el 22%, los negros serán el 16% y un 10% los asiáticos. Hoy, 56 millones tienen antepasados alemanes, 33 ingleses, 24 africanos, 15 italianos, 12 mexicanos, 10 franceses y otros 25 tienen raíces en Polonia, Holanda o en los 'indios' norteamericanos. Y más de 100 lenguas se hablan en familias que profesan creencias y que recorren toda clase de religiones. Mientras, en Europa, un masivo trasiego de inmigrantes provenientes del Magreb, del resto de África y de los antiguos países del este se lanza a una aventura tan desesperada como incierta y por cada un 'sin papeles' detenido tres lo consiguen y difícil de saber los miles de personas que para vergüenza de la civilización occidental han muerto en las pateras cruzando el estrecho. Estamos abocados a ser sociedad mestiza, multiétnica y pluricultural, y a replanteamientos de previos.

Gurutz Jáuregi en 'Los nacionalismos minoritarios y la Unión Europea, ¿Utopía o ucronia?' Ariel 1997, Barcelona, decía: «La reconstrucción de una identidad cultural implica la necesidad de combinar la memoria y el proyecto, la herencia cultural y la racionalidad. Ello conlleva una doble exigencia, la de la conservación de un patrimonio, y la de la apertura, todo ello a través de un proceso de desestructuración y reestructuración simultáneas. Es decir, compaginar lo tradicional con lo moderno. Porque el concepto de identidad, como la cultura de un Pueblo, no es ni puede ser estática, sino que se halla sometido a un cambio continuo. Por lo tanto, la identidad de un colectivo pasa por ser capaces de representar la singularidad de todos sus componentes». También aquí, en Euskadi.

No pues a posiciones de autorrepliegue y rechazo al de fuera, no a fatuas arrogancias culturales y de xenofobia reflejo de escasa fe en lo de uno e incapacidad de asunción de otros valores e identidades. El propio euskara, su enigmática supervivencia, evolución, aportaciones y asimilaciones, sus relaciones con otras lenguas, su capacidad de mestizaje, acoplamiento y adecuación, sin perder su ser e identidad más profunda, es el cercano ejemplo de un mestizaje inteligente y enriquecedor en este laberinto de identidades.

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