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Las diez noticias de la jornada
POLÍTICA

Honradez y coherencia

Nadie podrá elaborar un relato más exacto de lo que ha sucedido en este país que quien mejor entendió lo que en él sucedía mientras sucedía

JOSÉ LUIS ZUBIZARRETA

Domingo, 12 de febrero 2012, 03:02

Más que la de rellenar un par escaso de folios, la tarea más ardua que cada semana tiene que abordar quien esto escribe es la de elegir, de entre los muchos posibles, el tema concreto a tratar. Esta vez no es el caso. Por muchos y graves que sean los asuntos que merecerían comentario, desde la reforma laboral hasta el caso Garzón, pasando por la inaudita insolencia de quien llama «ignorante» al lehendakari en pleno Parlamento, uno sobresale y se impone de entre todos los demás: el de la despedida de Gesto por la Paz del ámbito público en que más se ha dado a conocer.

Casi todo se ha dicho estos días sobre lo que Gesto por la Paz ha significado en nuestro país a lo largo de estos veinticinco años de historia. Hoy, todo el mundo lo reconoce. Prueba de ello es la acogida tan favorable que su convocatoria de ayer ha encontrado en la casi totalidad de los partidos e instituciones democráticas. Hasta sus más acérrimos adversarios le han despedido con un respetuoso silencio. Parece que, al final de su carrera, Gesto por la Paz ha concitado el apoyo casi unánime que no siempre se le ha otorgado en sus años de actividad.

Porque quien recuerde aquellas minúsculas concentraciones silenciosas de la segunda mitad de los ochenta del siglo pasado, no podrá no reconocer, si no quiere incurrir en una falsificación retrospectiva de la historia, que le produjeron, más que asentimiento entusiasta, perplejidad y desconcierto. ¡A qué venía y, sobre todo, qué aportaba, en aquel ambiente atemorizado en que nadie osaba alzar la voz frente al terrorismo, aquel atrevimiento juvenil que, al tiempo que denunciaba cualquier muerte violenta que se producía en el contexto del llamado 'contencioso vasco', no hacía otra cosa que sacarnos a los demás los colores por nuestra indiferencia y cobardía!

No eran aquellos, en efecto, tiempos en que los de Gesto suscitaran especiales adhesiones. «Quiénes son éstos» y «qué consignas obedecen» eran las preguntas que los partidos, y con ellos sus respectivos adeptos, se formulaban, mirándose unos a otros de reojo y culpándose entre sí de la paternidad del fenómeno. Sólo quienes, desde el ámbito político, tuvimos la suerte de tener que acercarnos a sus promotores pudimos percatarnos del 'batiburrillo' ideológico que reinaba entre sus miembros y de la autenticidad de la pluralidad política que declaraban. Eran realmente lo que decían ser y no ocultaban nada en la trastienda.

Hubo que esperar hasta la década de los noventa del pasado siglo para que la sociedad comenzara a reconocer lo obvio. Dos cosas contribuyeron a ello. El nuevo clima de entendimiento que se creó entre los partidos y en la ciudadanía a raíz del Acuerdo de Ajuria Enea y el acoso abierto que los miembros de Gesto comenzaron a sufrir en sus concentraciones por parte de la izquierda abertzale. Todo el mundo cayó entonces en la cuenta de que aquel Acuerdo y este Gesto representaban lo mismo: la reacción, política en un caso y social en otro, frente a un fenómeno, el del terrorismo, que trasciende las diferencias político-partidarias y se inserta en el terreno donde la democracia se enfrenta al totalitarismo. Julio Iglesias, José María Aldaya, Cosme Delclaux, José Antonio Ortega Lara y Miguel Ángel Blanco fueron los nombres que abrieron los ojos de la ciudadanía a esta dramática realidad.

Poco duraría, sin embargo, esta etapa de lucidez. Las desavenencias políticas, iniciadas con el proceso de Lizarra y exacerbadas después con la confrontación entre nacionalismo y constitucionalismo, situaron a Gesto en un terreno aún más incómodo que el de sus inicios. En aquella fase de enajenación mental que sufrió nuestra sociedad casi en pleno, por fortuna sólo transitoria, los jóvenes de Gesto -siempre han sido jóvenes los de Gesto- se vieron zarandeados de un lado al otro del espectro político y social, tachados de ingenuos voluntariosos por unos y rechazados por otros como tibios equidistantes. En aquel mundo de trincheras, Gesto estaba condenado a la irrelevancia.

Hoy, llegada la violencia de ETA a su punto final por una renuncia unilateral, aunque forzada, de sus autores y promotores, Gesto vuelve a recibir el reconocimiento que nunca debió habérsele negado. Todas las sofisticadas tácticas y estrategias que los demás habíamos cavilado han fracasado. Sólo los principios de aquellos jóvenes han prevalecido. Tan simples como que matar es malo y que no hay causa política que justifique un asesinato. Por fin, todos lo hemos aceptado: «Matar a un hombre por una idea no es defender una idea, sino sólo matar a un ser humano».

Gesto por la Paz no volverá a convocarnos a la calle. Pero, en paralelismo, quizá, con quien ha sido su antítesis, ni se disuelve ni se desarma. Mejor que así sea, pues aún le queda una importante tarea por hacer. Nadie podrá, en efecto, elaborar un relato más acertado de lo que en este país ha sucedido que quien mejor entendió lo que en él estaba sucediendo mientras sucedía.

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