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JUAN AGUIRRE
Domingo, 26 de febrero 2012, 05:27
Ahora que el nombre de Charles Dickens ocupa expositores en librerías y suplementos literarios con motivo del bicentenario de su nacimiento, apetece recordar que en nuestro pasado tampoco falta sustancia narrativa para urdir relatos de género social más o menos próximos a los del gran realista victoriano. Por ejemplo, una historia apasionante de hombre rico, hombre pobre en tiempos de la industrialización vasca la encontramos en las vidas cruzadas de dos figuras sobre quienes se viene hablando estos días: Echevarrieta y Prieto.
Pasa en los cines 'El último magnate', documental de excelente factura de la productora guipuzcoana Sincro en torno a Horacio Echevarrieta, capitalista republicano, armador de barcos y embarcador de armas, artífice de la Gran Vía madrileña, de la compañía aérea Iberia y de Saltos del Duero, eléctrica predecesora de la actual Iberdrola. La suya es la biografía de un aventurero empresarial en décadas de prosperidad y de guerras, de fortunas y de infamias.
A Echevarrieta nunca lo admitieron como 'uno de los nuestros' dentro del círculo oligárquico vizcaíno por republicano y anticlerical, con el agravante de que sacaba de paseo al propio rey Alfonso XIII en sus yates por aguas del Cantábrico. Así que nadie podía llamarle 'pirata' sino, a lo sumo, corsario: y, como es sabido, a estos los condecoran por la misma causa que a aquellos se les ahorca.
Coleccionista de arte y de amistades en chilaba como Abd-el-Krim o con cruz de hierro como el espía Canaris, Echevarrieta representa un capitalismo de corte independiente, laico, socializante y comprometidamente foralista, como correspondía a un hombre escrupuloso a su modo y a su manera muy suyo.
El segundo personaje que estos días anda en bocas es Indalecio Prieto por conmemorarse el cincuenta aniversario de su fallecimiento. Otra personalidad no menos singular. Empezó de mocoso en las calles de Bilbao vendiendo periódicos que Echevarrieta compraba... los compraba con redacción, linotipia y todo. Siempre con el apoyo de aquel potentado, Prieto se dedicó al periodismo y a la política heredando el escaño republicano de Horacio que le hizo el primer diputado de izquierdas del País Vasco.
Hubo un momento en que algunos quisieron ver en él al Mussolini español, otro 'duce' entrado en carnes y en autoritarismo para un socialismo nacional. Pero entre pecho y espalda 'don Inda' cobijaba el «corazón de oro» de un liberal unamuniano, «un beato de los Derechos del Hombre» tal como le acusó el fascista Giménez Caballero. En plenos furores ideológicos, Prieto antepuso siempre la libertad, libertad política y económica, un valor que era despreciado por sus contemporáneos de la diestra como de la siniestra.
La República española a cuya epifanía contribuyeron tanto el último magnate como el primer socialdemócrata vasco se proclamó en abril de 1931. Al antiguo voceador de prensa lo elevó a los ministerios y a la Historia; al rico de Neguri lo arruinó, le llevó a la cárcel y, finalmente, al olvido. De hombre rico a pobre hombre.
Por un sarcástico golpe del destino la antigua amistad de Indalecio y Horacio se rompió a cuenta de un enredo de Juan March, el contrabandista multimillonario que financiaría el golpe mortal contra la República en julio de 1936.
Queda en evidencia, por si alguien aún dudara, que en la memoria del país hay materia prima para construir buenos relatos. El documental 'El último magnate' ofrece una prueba brillante.
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