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La amona de Irun y de Gipuzkoa
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La amona de Irun y de Gipuzkoa

Josefa Calvo Miguel cumplió 108 años rodeada de sus familiares y amigos. El alcalde acudió a felicitarla y el coro Nagusilan le cantó el 'Zorionak zuri' en la Residencia Ama Xantalen, donde vive

MARÍA JOSÉ ATIENZA ,

Viernes, 11 de abril 2014, 06:12

Josefa Calvo Miguel cumplió el pasado miércoles 108 años, una edad con la que se ha ganado los títulos de amona de Irun y de Gipuzkoa. Muy coqueta y arreglada, luciendo sus perlas y recién peinada de peluquería, Josefa celebró su cumpleaños rodeada por su familia y amigos y por el personal de la Residencia Municipal Ama Xantalen, donde vive. Además de una espléndida tarta de hojaldre, coronada por un 108 de chocolate y tres velas de cumpleaños, la homenajeada recibió varios obsequios, entre ellos el 'Zorionak zuri', cantado por el coro Nagusilan, así como la felicitación del alcalde, José Antonio Santano, que acudió a saludarla en nombre de los iruneses.

Aunque ya no está para muchos trotes, Josefa Calvo mantiene su carácter alegre, reforzado estos días por la visita de su hijo y de su nieta, que viven en Francia. Varios sobrinos vecinos de Irun y también su hermana Flora, que cumplirá 100 años el próximo 27 de noviembre, compartieron con Josefa la fiesta de cumpleaños. «Ya no puede andar, ni hablar, pero sigue siendo alegre», comentaba su sobrino Patricio. «Hasta hace poco, se pasaba el día cantando. Cantaba canciones que aprendió de chica, las cantaba todos los días y las enfermeras que la atienden recogieron las letras por escrito».

Irun, años 50

La que todavía canta y hasta baila es Flora Calvo Miguel, pura fibra de 99 años. Ella ejerció como portavoz de su hermana y contaba que, aunque han llegado a vivir un siglo «porque en mi familia tenemos la costumbre de morirnos muy viejos», su vida no ha sido un camino de rosas. «Nacimos en Martiago, un pueblo pequeño de Salamanca, hijas de Patricio y de Ana», decía, «y llevamos en Irun muchos años, muchos, no recuerdo cuántos».

«Desde los años 50», apuntaban los sobrinos.

«Primero vino mi hermana y después yo», proseguía Flora. «En la calle Santa Elena hemos vivido muchos años y luego, en la calle Contracalle. Hemos pasado la frontera muchas veces para ir a trabajar, pero antes ya habíamos estado en Francia. De niñas nos fuimos con los padres a Saint Etienne d'Horte, cerca de Dax, a la 'cotonera'». («La algodonera», aclaran los sobrinos).

«Vivimos allí unos cuantos años. Y luego volvimos en el tren, a trabajar en los telares de Béjar. Al poco, estalló la guerra».

Entre recuerdo y recuerdo, Flora se detenía, levantaba los brazos, se contoneaba y cantaba: «¡Que si yo te lo pido, me lo tienes que dar, me lo tienes que dar, me lo tienes que dar!» y volvía al relato.

«De cuando éramos pequeñas, en Martiago, no recuerdo muchas cosas. Mi padre tenía bar. Íbamos a la sierra de Francia, a por vino, en el carro, a 20 kilómetros. El carro tenía el toldo roto. Cuando volvíamos, me subía en la mesa del bar y bailaba. En mi familia hemos sido todos muy bailadores y yo muy movida. Todavía hago las tareas de la casa, menos subirme a una escalera. Eso no, porque mi marido no me deja. Tiene miedo de verme caer».

Oliva Porras, una martiaguesa de 98 años amiga de la infancia, que vive en Madrid, había enviado un poema titulado 'Nuestra tierra', dedicado a Josefa Calvo por su cumpleaños. Cualquier ecologista podría haberlo firmado en parte. Hablaba del cuidado del planeta, pero también de la tierra sentimental. Una sobrina leyó los versos y todos se emocionaron.

«¡Venga Josefa, vamos a brindar por los 108!», dijeron los sobrinos y bajaron todos al vestíbulo, donde el coro Nagusilan esperaba para cantar el 'Zorionak zuri' a la mujer más longeva de Gipuzkoa.

Por el pasillo, Flora iba levantando los brazos, contoneándose y cantando: «¡Que si yo te lo pido, me lo tienes que dar, me lo tienes que dar, me lo tienes que dar!»

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