
Ver fotos
Secciones
Servicios
Destacamos
Ver fotos
Es autor de los edificios del parque tecnológico de Miramón o de las viviendas 'amarillas' de Intxaurrondo, ha proyectado en Donostia los parques de Zubimusu, Harria o Basoerdi, diseñó el nuevo restaurante Panier Fleuri (hoy Tsi Tao) y rehabilitó la Plaza de la Verdura de Tolosa. Pero la obra de Joaquín Montero Basqueseaux (San Sebastián, 1947) estará siempre marcada por su vinculación con Eduardo Chillida. Con él realizó once proyectos, con Chillida-Leku como protagonista singular. «Trabajar con Eduardo fue un placer y un aprendizaje continuo», dice este arquitecto de 71 años, maneras tranquilas y mirada curiosa. «Chillida decía que mi virtud era 'saber mirar alrededor', y no se me ocurre mejor forma de definir mi trabajo», apunta.
Una gran retrospectiva repasa a partir de hoy la trayectoria profesional de Joaquín Montero. En la Escuela de Arquitectura, en el campus de Ibaeta, se recogen cuarenta proyectos del largo centenar de trabajos que ha realizado en casi 50 años de oficio. Y en el Museum Cemento Rezola de Añorga se reproducen algunas de las fachadas que diseñó para sus edificios, como ejemplo de su manera de tratar los materiales. Hoy al mediodía se inaugura la muestra en la Escuela con un acto en el que el propio arquitecto repasará su trabajo. En la exposición, además de los grandes proyectos, incluye piezas de joyería que crea para regalar a su familia o amigos, o curiosidades como el prototipo de una silla que diseñó en 1973.
«Preparar esta exposición ha supuesto un trabajo agotador, pero a la vez me ha servido para refrescar la mirada sobre mi propia obra», explica Montero. «Creo que la constante en todos mis trabajos ha sido la adecuación al entorno. A veces porque el entorno es único, como en el caso de Chillida Leku, y tienes que someterte a él. Otras veces porque el entorno no importa, como es el caso del parque tecnológico de Miramón, y casi tienes que inventarlo».
Montero, que estudió en los años 60 en la recién inaugurada Escuela de Arquitectura de la Universidad de Navarra, recuerda sus inicios en la profesión, «haciendo los trabajos que me llegaban a través del Colegio de Arquitectura», y sobre todo el primero que reconoce como tal: el centro de estudios sociales SIIS, en la calle Reina Regente de San Sebastián.
«Ahí fue también donde conocí a Eduardo Chillida a través del sacerdote Josetxo Egia, que tantas obras sociales impulsó. Chillida vio cómo entendía la profesión y empezamos a colaborar. Rehabilité su casa familiar de Igeldo y abrimos así un largo trabajo de once proyectos, aunque no todos se llevaron a la práctica. Por ejemplo me da mucha pena que el que íbamos a hacer en Friburgo, en Alemania, quedó truncado por la crisis económica de los 90».
La aventura de Zabalaga es sin duda el buque insignia de esa relación. «Eduardo contó que para la rehabilitación del caserío central dejábamos 'hablar' al edificio y él nos dirigía. Es una forma poética de decirlo, pero era verdad. Antes de acometer el trabajo, a lo largo de tres años, pasamos largos ratos conversando junto al caserío. Veíamos su estructura, sus escombros, sus muros. Al cabo del tiempo supimos bien qué había que hacer».
El resultado está a la vista. Pero no solo se trabajó el caserío. «Toda la superficie verde de alrededor también fue pensada e ideada para acoger las esculturas y los visitantes. Y yo también doy mucho valor a los pequeños edificios negros de la entrada, que acogen la tienda, oficina y servicios. El reto era hacer algo con carácter propio que no compitiera con la fuerza del caserío ni con el paisaje».
Montero quiere hacer un libro dedicado a su colaboración con Chillida y con su esposa, Pilar Belzunce. «Creo que todo lo que aprendí con ellos, así como el proceso de elaboración de las obras, merece ser contado, porque es un valioso testimonio sobre dos personalidades especiales», afirma. El arquitecto desconoce los trabajos que se proyectan ahora para la reapertura del museo bajo la dirección de la galería suiza Hauser & Wirth. Según avanzó la familia Chillida hace unos días, la reapertura será antes del próximo verano.
Joaquín Montero se entusiasma al hablar de su trabajo. Recuerda cómo afrontó las viviendas del barrio de Altamira de Lezo que proyectó en 1978, las llamadas 'casas amarillas' de Intxaurrondo en 1989 o los parques de Harria en Altza, Basoerdi entre Amara Viejo y Aiete o Zubimusu en Ondarreta. «Resulta evidente que no es lo mismo proyectar viviendas sociales que parques públicos, que la necesaria contención en las viviendas sería frustrante para un parque: el análisis del entorno físico e histórico de cada emplazamiento ha sido siempre para mí una exigencia personal».
En 1992 empezaría un reto singular: el parque tecnológico de Miramón, del que recuerda con satisfacción el edificio central, la sede de Adegi o Eureka, el museo de la ciencia, entre otros inmuebles. Más reciente es el edificio de Tekniker, en Eibar.
Hay trabajos de menos envergadura física pero valor sentimental. Como la nueva sede de SIIS, «25 años después de realizar la primera», y como el vecino local del restaurante Panier Fleuri, en el Paseo de Salamanca, hoy Tsi Tao. «Mi familia y la familia Fombellida, propietaria del mítico Panier de Errenteria, se conocían desde siempre. Para mí aquel restaurante con embarcadero, en el corazón de la localidad, construido a finales del siglo XIX, tenía mucha identidad. En los años duros de la Transición la familia decidió trasladar el restaurante a San Sebastián y aposté por un diseño sobrio, elegante, con cierto sabor histórico. Por fortuna se mantiene su estructura aunque ahora sea un restaurante asiático».
Otro proyecto especial para Montero es la rehabilitación de la Plaza de la Verdura y la calle Correo de Tolosa, «un trabajo delicado en un entorno que había sido diseñado a finales del siglo XX. Quitamos los coches y dimos prioridad al peatón, y el conjunto ha sido asumido con cariño por los ciudadanos. Marca un principio para la rehabilitación de toda la parte vieja». Más reciente es su intervención en la iglesia de San Lucas de Toledo, uno de sus últimos trabajos.
A Montero le gusta combinar lo macro y lo micro. «En muchas ocasiones me ha interesado diseñar elementos habitualmente estandarizados, como farolas o bancos. Estos diseños están también motivados por mi afición al diseño a pequeña escala, que me ha llevado a diseñar muebles de producción artesanal y joyas con destino familiar».
Como dice el director de la Escuela de Arquitectura, Juanjo Arrizabalaga, «desde los apasionantes años 70 Montero ha estado en el centro del debate arquitectónico de nuestro entorno, siendo testigo y protagonista en la cadena de tendencias. Sus puntos de vista han evolucionado con soluciones ingeniosas y sensatas que ha ido incorporando en sus proyectos con una naturalidad y una coherencia extremas, cada vez más caras en el panorama arquitectónico».
Chillida lo dijo de otro modo: «Tú sabes mirar alrededor, Joaquín». La prueba se expone desde hoy en el campus de Ibaeta y el Cementum Rezola de Añorga.
Publicidad
Publicidad
Te puede interesar
Publicidad
Publicidad
Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.
Reporta un error en esta noticia
Comentar es una ventaja exclusiva para suscriptores
¿Ya eres suscriptor?
Inicia sesiónNecesitas ser suscriptor para poder votar.