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En muchos lugares de nuestra tierra cuando una persona fallecía, antes de dar aviso al médico o al sacerdote, lo primero era acudir a las colmenas y comunicárselo a las abejas con el objetivo de que se esmerasen en producir todavía más miel, pues la persona fallecida la iba a necesitar». Fernando Hualde ha querido rescatar y dar a conocer esta curiosa relación entre el mundo de las abejas y su producción de miel y cera y los difuntos, con el fin de preservar tradiciones y una parte del patrimonio cultural guipuzcoano que se va difuminando con el tiempo.
En un libro de edición limitada, que se presenta pasado mañana, jueves, a las 19.00 horas, en Amezketa, el único lugar donde permanece viva la huella de este rito, el investigador y etnógrafo navarro especialista en cultura popular y el fotógrafo tolosarra Joseba Urretavizcaya, se sumergen de lleno en uno de los «pilares ancestrales» de la cultura vasca, como es el mundo de la cera y su relación con los ritos funerarios y otras tradiciones, y por extensión con el oficio ya casi extinguido de cerero. A lo largo de más de cien páginas, en los cuidados ejemplares de 'Cera - Argizari', los autores se adentran en la cultura vasca a través de la cera, cuyos múltiples usos permitieron su utilización en muchos ritos que se han mantenido hasta hace poco tiempo, como los funerarios con las argizaiolas, en las que se centra esta publicación.
«Joaquín Donezar es el último cerero, y desde Pamplona abastece a muchos kilómetros a la redonda», explica Hualde, quien acerca los usos de este material natural para la iluminación, la limpieza o esa tradición de llevar la luz a los difuntos «para que no les falte en su tránsito hacia la otra vida». La última expresión de esa tradición son las argizaiolas, que se encuentran todavía en la iglesia de Amezketa. «Allí hemos fotografiado todas las argizaiolas que se conservan, y con la ayuda y la paciencia de Agurtzane Garmendia hemos podido identificar a qué caserío pertenece cada una de ellas», añade Urretavizcaya, que 'ilumina' con sus retratos en color y blanco y negro esta publicación pensada para personas interesadas en conocer y conservar este patrimonio cultural y social. «La imagen de estas piezas no solo quedará para siempre en estas páginas, sino que también hemos editado un póster con la imagen de las 115 argizaiolas que se conservan en Amezketa», apunta.
Autores Fernando Hualde y Joseba Urretavizcaya
Editorial Xibarit
Páginas 124
Edición Limitada
La elección de Amezketa, donde realizarán la primera presentación del libro, se debe a que «esta iglesia es el último reducto de esta costumbre secular de llevar con las argizaiolas el fuego del hogar a la sepultura de la iglesia» para acompañar a los difuntos, indica Hualde, quien con este trabajo pretende dejar constancia de este ritual para que dentro de unos años, las nuevas generaciones puedan saber «de las costumbres que sus antepasados mantuvieron y que hoy forman parte de nuestra identidad como etnia y como cultura».
El autor incide en la «importancia» de trabajos como este, porque «entendemos que no tenemos derecho a dejar que nuestras raíces se sequen, a que nuestra cultura se pierda, a que nuestra memoria caiga en el olvido».
Además de este uso, la cera ha tenido «una importancia que ahora, desde nuestra mentalidad, no llegamos a entender», recalca Fernando Hualde, y se ha utilizado para múltiples finalidades, como iluminación, limpieza... Asegura, por ejemplo, que aplastada como «una torta, se usó como moneda para pagar en las iglesias la luminaria». Y ahora, gracias a la información conservada en el Museo de la Apicultura y de la Cera situado en la localidad navarra de Eltso, en el valle de Ultzama, y en el Museo del Txokolate y la Cera que tiene en Tolosa el maestro Rafa Gorrotxategi, «descendiente de una saga cerera» –apuntan los autores del libro– se pueden conocer todas esas aplicaciones de esta preciada materia prima.
Hualde y Urretavizcaya presentan este libro coincidiendo con el Día de los Difuntos, que se conmemora el 2 de noviembre, tras el de Todos los Santos, y lo harán en esa pequeña localidad a los pies del Txindoki donde la tradición sigue aún viva. Allí, «las argizaiolas no son pasado sino que siguen siendo luz cada domingo en su iglesia parroquial», indican. Y así lo visualizan en las fotografías que unen el pasado de las argizaiolas y el presente aún de oficios artesanales como el de cerero con el futuro que debe conservar esta memoria.
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Patricia Rodríguez e Izania Ollo | San Sebastián
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