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De la expansión al declive

La segunda mitad del siglo XX comenzó con un período de pujanza en el sector, pero acabó con una crisis que devastó el tejido industrial vasco y se llevó por delante, entre otras muchas empresas, a Herederos de Ramón Múgica

n. a.

Viernes, 23 de noviembre 2018, 07:10

En los años 50, con los hijos del matrimonio Ohlsson Múgica llevando las riendas, la empresa mantenía muchas de las actividades originales -la fabricación de persianas seguía siendo una de las principales-, y se adentraba en nuevos territorios, como la fabricación de grúas puente, bajo licencia francesa. En esa década, el aumento de la demanda hace que la fábrica de Atotxa empiece a quedarse pequeña, de ahí que en 1953 aprovecharan la oportunidad de adquirir en Irun unos terrenos que habían pertenecido a unos antiguos clientes. Durante la segunda mitad de la década las instalaciones de Irun seguían creciendo, la fábrica de Atotxa seguía funcionando a pleno rendimiento. Uno de los testigos directos de ese gran momento era el ingeniero Gabriel Múgica Celaya, que dejaría definitivamente la empresa familiar en 1956 para dedicarse a la literatura.

Atentos a todas las novedades tecnológicas, y también al progresivo desplazamiento del transporte de mercancías de la vía ferrea a la carretera, en los años 60 se fueron especializando en las construcciones metálicas, añadiendo a las cisternas el carrozado de camniones y semiremolques, se ampliaron las instalaciones de Irun y se cerraron las de San Sebastián. «Había menos trabajo, y más presión inmobiliaria», remarca Olaizola.

Los años 70 marcaron el inicio de una larga crisis, que afectó de manera muy intensa al transporte de mercancías y al sector ferroviario. A algunas empresas las salvó temporalmente la intervención del INI (Instituto Nacional de Industria), otras terminaron en manos de multinacionales, muchas cerraron. Herederos de Ramón Múgica seguía resistiendo y buscando soluciones que los hicieran más competitivis, como un nuevo tipo de vagón polivalente llamado Chaper, cuya patente registró en 1984, que podía pasar de vagón de carga de bordes altos a plataforma en muy poco tiempo. Pero el mercado había cambiado mucho, y no bastaba con ser uno de los mejores. Finalmente, la empresa de Irun, que en aquel momento contaba con 79 empleados, cerró en 1992. Siete años después, CAF dejaba la fabricación de vagones, y la industria vagonera guipuzcoana se convertía en historia.

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