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«Juan Chillida Ameztoy (1956) se nos ha ido silente, como fue su vida, la de un hombre afable y pleno de sensibilidad». El amigo y compañero del pintor y escultor donostiarra Iñaki Ruiz de Eguino despide así al artista fallecido este lunes a los 68 años. «De familia de artistas», hijo del genial pintor Gonzalo Chillida y sobrino del laureado escultor, Juan Chillida ha estado toda su vida en contacto con el arte, formándose a la vera de su padre.
Comenzó su trayectoria en los años 70. «Su formación autodidacta concuerda en parte con las tendencias pedagógicas de libertad expresiva que se dio en el País Vasco» esa década, evoca su amigo, quien asegura que «la pintura fue antes que su interés por lo tridimensional. El entorno de lo próximo, del paisaje y la contemplación de este modularán sus cuadros» en esa primera etapa.
En los ochenta se desplazó a Madrid para ampliar su formación, y «de un modo natural» fue pasando de la pintura a «cultivar la escultura» y a exponer de manera habitual. «En 1981 presentó una sugestiva muestra en la donostiarra galería Alga, después de hacerlo en otras salas de Euskadi, Madrid, Barcelona y otras ciudades». Y durante todos estos años sus obras, tanto en muestras individuales y colectivas, se han expuesto en ferias internacionales y en varias ocasiones, en la galería Ekain de Donostia. Una de las últimas exposiciones fue junto a la pintora irundarra Oaia Peruarena, con cuyas obras, de estilos muy distintos, estableció «un diálogo muy interesante».
Decía entonces Juan Chillida, en 2021, que su trabajo era fruto de los apuntes que va cogiendo a lápiz en un papel durante sus largos paseos, en los que encuentra una imagen, un paisaje o una sensación que luego le sirven de poso para sus creaciones. Hasta ese momento se había centrado en finas estructuras de alambre que reflejaban ligeras constelaciones, 'Estructuras estelares' las llamaba, reflejo de su mirada al cielo porque «aunque no soy astrónomo es un tema que me encanta, todo está ahí: el sol, las estrellas, los cometas y meteoritos que lo atraviesan». Y tras la pandemia llevó esas figuras tridimensionales al plano, para jugar con las perspectivas «pero manteniendo la profundidad», al tiempo que recuperó el color.
«Su obra mantiene el interés primordial por la aplicación experimental de diversos materiales y especialmente significativo es su contacto con la naturaleza», destaca Ruiz de Eguino. «La fragilidad y el reto de lo gravitatorio se hace realidad en volúmenes escultóricos de gran tamaño, desarrollados a base de alambre. En alguna ocasión ha comentado que 'se trata de estructuras relacionadas con culturas perdidas, de donde extraigo formas primordiales, trato de descifrar lo elemental'», añade. «Sus obras –define el amigo y artista– son una escritura que hace reconocible el objeto en el espacio, donde figura y fondo alternan ideas, invitando a una recreación visual».
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