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Kirmen Uribe: «Mi madre siempre decía que Karmele Urresti tenía una buena historia detrás»

Kirmen Uribe: «Mi madre siempre decía que Karmele Urresti tenía una buena historia detrás»

Una enfermera de Ondarroa y su marido trompetista son los dos pilares de la nueva novela de Uribe, que habla hoy en el Aula DV

FELIX IBARGUTXI

Lunes, 19 de diciembre 2016, 07:23

Kirmen Uribe (Ondarroa, 1970) hablará hoy en el Aula DV de su nueva novela, 'La hora de despertarnos juntos' (Seix Barral), en formato de entrevista con el periodista Eduardo Yáñez. Será a las 19.30 en el Aquarium. Hemos hablado con el escritor por teléfono -estaba en Logroño-, en medio de la vorágine de presentaciones. Ha estado en las capitales de Euskadi, en Madrid, en Barcelona, en Logroño, y tiene que ir a Zaragoza, a Galicia, Valencia, Huelva...

-Es una promoción más ardua que cuando la anterior novela.

-Sí, hay un salto. La acogida de este libro no tiene nada que ver con 'Lo que mueve el mundo' y con 'Mussche'. Es más ambicioso, literariamente hablando, con más personajes. Han sido cuatro años de trabajo. Sin quitar mérito a 'Mussche', pero aquello fue una 'nouvelle' y además ten en cuenta que fui padre dos veces y no tenía tanto tiempo para escribir. Ahora son 440 páginas de novela, es otra cosa.

-El editor de la versión del euskera dijo que posiblemente es el libro vasco con más nombres propios en su interior.

-La novela cuenta la historia de un matrimonio: Karmele Urresti y Txomin Letamendi. Karmele era una enfermera de Ondarroa y Txomin Letamendi un trompetista profesional de Bilbao. Pierden la guerra, se enamoran en París, luego hay un segundo exilio a Venezuela, ocurre que Txomin decide sumarse a los servicios secretos vascos. Cuento casi setenta años de la vida de estas personas. Esta novela es la historia de unas personas reales. Cuando empecé a documentarme sobre Txomin Letamendi vi que tenía grandes conexiones con grandes personajes históricos, como José Antonio Agirre, con Manu Sota, con Roosewelt, con Wallace, con Hemingway. Ni siquiera lo sospechaba cuando comencé con la documentación de la novela. En ella aparecen muchos nombres, pero incluso el lector de fuera de Euskadi lee las páginas sin que los nombres le supongan una traba.

-Creo que conoció a Karmele Urresti en su pueblo, en Ondarroa.

-No tuve mucho trato, pero sabía quien era, por sus tres hijos y porque mi madre siempre decía que Karmele tenía una buena historia detrás. Pero nunca me atreví a estar con ella y entrevistarla de manera seria, por desconocimiento y también por la arrogancia de la gente joven. La historia de Txomin Letamendi la conocía menos. Sabía que había sido de los servicios secretos vascos, que había estado en Nueva York, y ahora he descubierto su magnitud.

-Ha contado en otra ocasión que en Barcelona encontró unos materiales amplios y muy interesantes sobre Letamendi.

-Aquí lo importante es que el escritor va por detrás de los personajes. No es omnisciente, no conoce toda la historia. Los propios personajes dirigen al escritor. El proceso de documentación ha sido increíble. Por ejemplo, encontré una entrevista en la que el historiador y político Josep Benet citaba a Letamendi; me fui a Barcelona, al Archivo Nacional de Cataluña, y me encontré con casi doscientas páginas relativas a las actividades contra el régimen de los vascos y catalanes, y sobre el propio Letamendi. Encontré una carta suya al coronel Donovan, hombre de confianza de Roosevelt.

-Así pues, ha hecho literatura en base a hechos reales.

-Pues sí. Hace poco estuve en el Hay Festival, en Arequipa, y David Foenkinos, que escribió 'La delicadeza', me dijo que eso es lo que se hace hoy en día en Francia: novelar historias verdaderas, pero sin saber del todo lo que hay detrás de la historia, por lo que acaba siendo un proceso de búsqueda. Es un cambio de paradigma muy hermoso.

-Casi ha trabajado como el periodista que elabora un reportaje de investigación.

-Pero este libro no es como los de Truman Capote, que se inventaba la mitad de las cosas, y tampoco está escrito de manera demasiado periodística, sin valor literario.

-Y para que tenga valor literario una de las tareas consiste en eliminar un montón de datos.

-Claro. Y ha habido personajes que se han quedado fuera del libro. Lo importante era narrar la vida de Karmele, su relación con sus padres, con su marido, con sus hijos. En la presentación de Donostia, Harkaitz Cano incidió en la concreción que muestro en la novela. Dijo que no busco el lucimiento en la escritura, y eso se agradece.

-El libro refleja una época que es bastante desconocida, la de la posguerra.

-Sí, los años 40 y 50. De esa época se ha hablado muy poquito. Hubo una represión muy dura, el euskera desaparece de la vida pública. Y también se ha hablado poco de la gente que trabajaba para debilitar el régimen. Siempre pensamos que el movimiento antifranquista empezó en los 60, y no es verdad. Hubo una resistencia en los 40 y en los 50, y además en la novela aparece un Franco muy débil. La resistencia tenía fuerza, y vinculaciones con Inglaterra y los Estados Unidos. El lector puede llegar a creer que Franco va a caer en un par de años. En el año 1942-43 no se veía la división del mundo entre dos bloques, pero sin embargo en 1945, con el presidente Truman, es ya un hecho. Los americanos deciden que no conviene cambiar a Franco y hay que centrarse en la lucha contra el comunismo.

-Ahí se murió el sueño del lehendakari Agirre.

-Era un personaje muy interesante. Democratacristiano, pero con un lado social muy trabajado. Pactó con la izquierda y tenía un gobierno transversal. Manu Sota también fue muy interesante.

-¿Está suficientemente estudiada la figura de Sota?

-No creas. Hay artículos, pero cortos. Quisiera que se recuperase su archivo y se estudiara. Lo tienen sus familiares. Montó la selección vasca de fútbol, montó la embajada cultural Eresoinka, la primera delegación del Gobierno Vasco en Nueva York... En los 50 sufre una decepción y se refugia en el euskera. Después de vivir una vida frenética decide retirarse en su casa de Biarritz, cerca del faro, y empieza a estudiar los clásicos del euskera. Me parece un gesto increíble. Ve que, al final, lo más importante, más que la política, es la lengua. Es un gesto que aprecio mucho.

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