LUIS ALFONSO GÁMEZ
Viernes, 24 de diciembre 2021, 07:10
Nos demostró con una cartulina y dos palos que la Tierra es redonda; nos enseñó que, a escala cósmica, hasta la vida más larga dura ... menos que un suspiro; participó en las grandes misiones interplanetarias de su tiempo; combatió la pseudociencia mientras la mayoría de la comunidad científica miraba hacia otro lado; criticó la carrera armamentística y la política de bloques; mandó al espacio discos y placas con la esperanza de que los encontraran otros seres inteligentes... y cautivó a millones de personas. Millones que el 20 de diciembre de 1996 se sintieron huérfanas.
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Carl Sagan (1934-1996) murió de neumonía hace veinticinco años, a los 62, como consecuencia de un cáncer y después de tres trasplantes de médula ósea. Astrofísico, profesor universitario, promotor del pensamiento crítico, divulgador científico y novelista, alcanzó la fama mundial con 'Cosmos. Un viaje personal', una serie documental de 1980 que marcó a una generación. «El Cosmos es todo lo que es o lo que fue o lo que será alguna vez», decía en la primera escena al borde de un acantilado californiano en un día luminoso y ventoso. Y añadía: «El Cosmos también está dentro de nosotros. Estamos hechos de materia de estrellas y somos el medio para que el Cosmos se conozca a sí mismo». Así empezaba una aventura rebosante de ciencia y humanismo, producida por la televisión pública estadounidense y que en España emitió TVE en el verano de 1982. 'Cosmos' tuvo su versión impresa, el libro más vendido de Sagan, cuyos primeros pasos en la divulgación se remontan a los 70 con 'La conexión cósmica' (1973), 'Los dragones del Edén' (1977) y 'Murmullos de la Tierra' (1978).
Carl Edward Sagan nació el 9 de noviembre de 1934 en Brooklyn, Nueva York. Su padre, Samuel Sagan, era un obrero textil que había llegado de Ucrania; su madre, Rachel Molly Gruber, una ama de casa neoyorquina. Judíos reformistas, aunque él era agnóstico, ella era activa en la sinagoga. Uno de los momentos claves en la vida de su hijo fue la visita a la Feria Mundial de Nueva York de 1939, una ventana a un futuro perfecto gracias a la ciencia donde asistió al enterramiento de una cápsula del tiempo.
Las lecturas sobre las estrellas en la biblioteca pública y las primeras visitas al Museo de Historia Natural de Nueva York sembraron en el pequeño Carl la curiosidad científica. «Me fascinaron los dioramas: representaciones vívidas de animales y sus hábitats en todo el mundo», cuenta en 'El mundo y sus demonios' (1995). Rachel y Samuel abonaron sus ansias de saber con libros y juegos de química. «Al introducirme simultáneamente en el escepticismo y lo asombroso, me enseñaron los dos modos de pensamiento difícilmente compaginables que son la base del método científico».
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Formado en la Universidad de Chicago, donde se doctoró en astrofísica, su carrera científica discurrió en la orilla del océano cósmico, como él solía decir. Predijo que Venus era un mundo abrasador debido a un efecto invernadero desbocado y que Europa, la luna helada de Júpiter, podría tener un océano subsuperficial apto para la vida. «Venus constituye una demostración práctica de que un incremento en los gases responsables del efecto invernadero puede tener consecuencias desagradables. Es un buen sitio para enseñar a quienes en las tertulias radiofónicas insisten en que el efecto invernadero es un engaño», alertaba en su libro póstumo 'Miles de millones' hace más de 20 años.
Al Carl niño le hechizó el Marte de las novelas de Edgar Rice Burroughs. Décadas después, participó en la planificación de las misiones de las 'Viking', los dos laboratorios que aterrizaron en el planeta rojo en 1976 a la búsqueda de vida. En Marte, en Chryse Planitia, está ahora la Estación Conmemorativa Carl Sagan, nombre que dio la NASA al módulo de aterrizaje del Sojourner, el todoterreno que en 1997 fue el primero de un nuevo tipo de exploradores de otros mundos.
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Años antes de sus aventuras científicas marcianas, Sagan convirtió en 1972 la Pioneer 10, la primera nave que fue más allá del Cinturón de Asteroides y sobrevoló Júpiter, en una botella lanzada al Cosmos. Esa sonda y su gemela, la Pioneer 11, llevan placas de oro anodizado con las figuras de un hombre y una mujer, e información sobre su origen. La probabilidad de que un alienígena tope con ellas es prácticamente nula, como pasa con los discos de oro con imágenes, sonidos y saludos de la Tierra de las dos Voyager, también idea del astrofísico.
Casado tres veces –su tercera esposa, Ann Druyan, es una extraordinaria divulgadora–, Sagan nos hizo partícipes de la inmensidad del tiempo y del espacio y de la fragilidad de la Tierra y de la democracia. En 1981, cuando la Voyager 1 se encontraba a 6.000 millones de kilómetros, propuso a la NASA que la sonda sacara una foto de la Tierra. El 14 de febrero, la Voyager 1 echó una última mirada a casa y fotografió un punto azul pálido en un rayo de sol. Un píxel que hace de esa imagen una de las mejores de la Historia. Porque no es un píxel cualquiera. Es la Tierra.
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Junto con Isaac Asimov, Martin Gardner y James Randi, fundó en 1976 el Comité para la Investigación Escéptica para frenar el avance de la pseudociencia, desde la ufología hasta las mal llamadas medicinas alternativas. Debatió en la radio y la televisión con todo tipo de 'fabricantes de paradojas' –como él los llamaba– y dedicó su última obra publicada en vida, 'El mundo y sus demonios' (1995), a desmontar creencias pseudocientíficas como las abducciones y las posesiones demoniacas, y hacer una defensa de la ciencia, la razón y el humanismo.
Un cuarto de siglo antes de que en una pandemia haya quedado claro el peligro de las noticias falsas, los populismos, los conspiranoicos y los antivacunas, mostró su temor a que la sinrazón se impusiera en el Estados Unidos de sus nietos. «La gente habrá perdido la capacidad de establecer prioridades o de cuestionar con conocimiento a los que ejercen la autoridad; nosotros, aferrados a nuestros cristales y consultando nerviosos los horóscopos, con las facultades críticas en declive, incapaces de discernir entre lo que nos hace sentir bien y lo que es cierto, nos iremos deslizando, casi sin darnos cuenta, en la superstición y la oscuridad», vaticinó en 1996.
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