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Hay humanos para rato. ¿Cuánto? «Millones de generaciones», afirma Jesús Zamora Bonilla (Madrid, 1963). «Los seres humanos seguiremos existiendo durante un tiempo tan, tan extenso que el periodo que llamamos 'historia' (o sea, desde el inicio de las civilizaciones hasta hoy, unos cinco mil años) será en comparación nada más que un suspiro», escribe el filósofo en 'Contra apocalípticos' (Shackleton, 2021), libro en el que desmonta los más negros augurios de ecologistas, animalistas y posthumanistas.
Vivimos en el mejor de los tiempos, dice el catedrático de Lógica y Filosofía de la Ciencia en la UNED. A su juicio, es «totalmente innegable» en todos los aspectos, desde la esperanza de vida hasta el avance de la democracia en el mundo. Consecuencia indeseada del progreso han sido, sin embargo, el deterioro medioambiental y el calentamiento global. Zamora Bonilla reniega, no obstante, del 'ecologismo cascarrabias' y sostiene que la actual crisis climática no supondrá el fin de la civilización tal como la conocemos. Ni siquiera del capitalismo. Eso sí, el de 2121 será un mundo tan diferente del actual como este lo es del de 1921, apunta.
El autor minimiza con números –es doctor en Economía– el impacto del calentamiento global en el crecimiento mundial. Según sus cálculos, la riqueza –medida en capacidad de compra– del españolito medio de dentro de cien años multiplicará varias veces la del actual, incluso con la merma por la adaptación al peor escenario climático posible. Este último es un futuro que está convencido de que no llegará porque tomaremos medidas antes. Y, frente a quienes abogan por una vuelta al primitivismo, apuesta por la ciencia y la tecnología –por la energía nuclear y la geoingeniería, por ejemplo– no solo para frenar el calentamiento global, sino también para extender el modo de vida capitalista «a la población de los países que todavía no lo disfrutan lo suficiente», sin que haya que pagar por ello un precio medioambiental imposible.
Zamora Bonilla calcula, respecto al veganismo, que «la cantidad real de animales que mueren de forma inevitable por no poderse alimentar 'ellos' con todo lo que comerá un ser humano a lo largo de su vida, más los que sucumben como consecuencia del necesario cultivo de tierras, no debe ser menor de diez mil por persona», a los que habría que añadir las crías de depredadores que podrían haberse alimentado de esos animales. Por supuesto, si no somos veganos, nuestra alimentación costará todavía más vidas animales, reconoce. A partir de esos cálculos, al autor de 'Contra apocalípticos' le resulta difícil concluir que cobrarse diez mil vidas animales «sea algo 'justo', pero matar cinco veces esa cifra sea 'un crimen'».
El filósofo madrileño indica, además, que a los animalistas, que acusan a la mayoría de 'especismo', podría acusárseles de 'reinismo'. «El argumento de que los especistas no respetamos a los animales porque no los reconocemos como 'sujetos', ¿no podría aplicarse del mismo modo a quienes hacen lo mismo con las plantas, los hongos, las bacterias, etc.?», pregunta irónicamente. Y llama la atencion sobre nuestra distinta reacción, sin excepciones, ante la muerte de un animal y ante la de un ser humano, reconocimiento implícito de que el valor de una vida animal perdida «es muchísimo más pequeño» que el de un proyecto vital frustrado.
Zamora Bonilla está convencido de que seguiremos siendo omnívoros, al tiempo que continuarán extendiéndose las normativas sobre bienestar animal. Lo que no cree es que algún día instalemos nuestras mentes en dispositivos informáticos, como proponen los transhumanistas; que vaya a surgir una inteligencia artificial todopoderosa que, como la Skynet de 'Terminator', amenace nuestra supervivencia; ni que vayamos a ser algún día una especie interestelar. Estamos confinados en este rincón de la galaxia que denominamos Sistema Solar. «Siento quitaros la ilusión, pero me temo que la idea de algo así como una 'civilización galáctica' estará siempre más allá de las posibilidades de los seres humanos y de cualquier otro organismo», sentencia el autor, que también escribe ciencia ficción.
Lo que el filósofo madrileño llama la Edad del Progreso –en la que vivimos– se prolongará «como mucho unos pocos milenios», hasta que no haya nada que descubrir. O, por lo menos, nada que «cambie radicalmente las capacidades tecnológicas, sociales y económicas de la Humanidad». Cuando el progreso llegue a su fin, en una sociedad con un alto nivel de bienestar y nada rupturista que perseguir, ¿qué llevará a nuestros descendientes a levantarse por las mañanas? Esa pregunta es la más inquietante y angustiosa de un ensayo optimista escrito en lo más duro de la pandemia.
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