
Gonzalo Torné, escritor
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Gonzalo Torné, escritor
«Hoy disponemos de más formas posibles de vida que nunca»El escritor Gonzalo Torné (Barcelona, 1976) añade con su novela 'Brujería' (Ed. Anagrama) un nuevo capítulo a la construcción de su propio universo literario, esta ... vez, a través de un protagonista, Diego Duocastella, en torno al cual despliega una constelación de personajes: el matrimonio formado por Julio y Laura Pons, con sus tres hijos, y Berta, la cuñada. A través de los diálogos que mantiene el protagonista con el resto de los personajes, Torné explora esta vez los diferentes tipos de relaciones que permite establecer el siglo XXI. «Me interesa qué significan la promesa, el compromiso, las expectativas que uno puede tener si el otro se puede marchar en cualquier momento», asegura el autor, que desde hace unos años reside en San Sebastián.
– Cuando se plantea cada novela, ¿lo hace como obras absolutamente independientes o está construyendo un gran fresco título a título?
– Cuando empiezo una novela, lo hago de cero. Lo que sí tengo en mente es una familia de tres hermanos, los Montsalvatges. La idea es hacer una novela de cada uno de los hermanos y de sus amigos porque estos últimos me permiten que personajes importantes en una novela estén en segundo o tercer plano en otra, que es un poco como vivimos. Nosotros somos protagonistas de nuestra vida, pero tenemos un papel en otras más lejanas. Cuando empiezo una novela, sé de qué personaje es y luego tengo el tema marco. En 'Brujería', sabía que era la de Diego Duocastella y la de los diablillos seductores. Y recupero a Julio y a Laura, que salían en un cuento de hace muchos años que publiqué en digital.
– O sea, de alguna forma sí están todas conectadas.
– Sé que la novela de Bodel girará en torno a la santidad, que la de Álvaro será sobre autobiografía y autoficción y que la de Amanda será en torno a la gente muy rica y la depredación económica, pero no sé cómo las voy a escribir porque eso sí es en diálogo con lo que está sucediendo. Pero sí es verdad que tengo en mente un mapa y si no lo hago público es porque voy cambiando los títulos, pero sí me gustaría que en la próxima novela se incluya el croquis de todo, que es como una casa circular de muchas puertas en la que se pueda entrar por donde se quiera. Lo que sí se respeta es el vector temporal, de modo que los personajes que tenían treinta años en 2010 tendrán ahora 44.
– Pregunta odiosa, pero obligada: ¿cuáles serían los temas que aborda en 'Brujería'?
– Hay dos: por un lado, una nueva moral que se constituye ahora porque ha cambiado. En las novelas del siglo XIX el matrimonio está blindado y por tanto, la novela habla de la tragedia de la mujer adúltera o que escapa de ahí. En el siglo XX aparecen narrativas de la represión homosexual y de la humillación que supone un adulterio o un divorcio. La novedad de este siglo es que de repente tienes a tu disposición legal y socialmente –sobre todo en ciudades como Barcelona o San Sebastián–, vivir en una pareja abierta y otras variedades. Yo no hago sociología moral, pero me interesa qué significan la promesa, el compromiso, las expectativas que uno puede tener si el otro se puede marchar en cualquier momento y es justo que lo haga... Qué podemos esperar de los demás y de nosotros mismos es uno de los temas de la novela.
– ¿Y el otro?
– La nostalgia en el sentido de que tenemos a nuestra disposición más posibles vidas que nunca. Antes uno se casaba, tenía hijos y familia, y ya había cumplido consigo mismo, pero ahora parece facilísimo ser instagramer, tiktoker, tener tu primer millón o tener una vida u otra. Cuál es nuestra relación nostálgica con lo que incluso no quisiéramos ser, pero tenemos delante. Por otro lado, está la gente que vive en ese pasado en el que se sentía mejor.
– Esta vez ha optado por contar la historia a través de diálogos principalmente.
– Hay varias explicaciones y la más justa es que en cada novela me planteo un desafío técnico, algo que no se haya hecho mucho y, sobre todo, que no haya hecho yo y que me estimule. En 'Divorcio en el aire', era una sola secuencia; en 'Años felices' hay un cambio temporal y una especie de espiral; y en 'El corazón de la fiesta' eran dos monólogos que se superponían con dos receptores distintos. Y en este caso, opto por el diálogo, que es la gran aportación de Cervantes, y que también está muy presente en Musil, Henry James o Iris Murdoch. Me apetece explorar todo lo posible el diálogo en la novela, que está muy jibarizado en la novela contemporánea por toda la tontería esta de que debe servir para caracterizar al personaje y para que avance la trama, aunque en realidad es totalmente inverosímil: nadie habla como en las novelas de Hemingway o en los relatos de Carver. El diálogo funciona con tanteos, con vueltas hacia atrás porque los mantienen personas que se están conociendo, descubriendo y engañando. Quería representar el diálogo como una forma de repulsa, de descubrirse, de ocultarse...
– Sin embargo, son diálogos a la vez imposibles y creíbles...
– Cuando escribí mi primera novela, un crítico dijo: «Mis amigos no hablan así» y yo pensé: «Cambia de amigos». La gente es muy lista cuando lo necesita, te explica muy bien las cosas y habla estupendamente, claro, probablemente no con la precisión con la que lo hace en las novelas. El problema con el diálogo es que le han caído encima las escuelas y talleres de escritura creativa, pero en las novelas nadie hace las cosas tal y como las hacemos en la vida. Nadie habla como Joyce, ni comemos en diez minutos y se va al baño mucho más que en las novelas, que requieren una condensación artística. Si alguien las quiere considerar artificiosas porque tiene otra idea de cómo se debe trasladar la vida a la literatura, está engañando a los alumnos de su taller o a los lectores.
– El personaje de Diego es básicamente el de alguien que escucha, sonsaca y pone en cuestión lo que le dicen.
– Al principio, sí. Me parece fascinante esa gente que siente que tuvo su vida en el pasado, que se sintieron más ellos en el pasado y que aluden al pasado. Los diarios de Marsé están muy volcados en el tiempo, se ríe de todos los tontos de la comunidad literaria, pero cuando le pasa algo bueno, siempre dice: «Si Jaime Gil de Biedma estuviera vivo, se lo contaría». Es decir, piensa en el pasado y Diego es así. De ese pasado no quiere hablar, aunque se va filtrando hasta inundar la novela.
– En torno a este personaje, podría aplicarse lo de que no es necesario contarlo todo porque tiene algunos puntos de fuga.
– Se resiste a contar lo que pasó y a volver con los que fueron sus amigos. Ni siquiera sabe si están vivos o muertos. Habrá lectores que piensen que se los está inventando. Al principio, habla mucho consigo mismo, pero retiene a sus antiguos amigos, entre otras cosas, porque considera que sus actuales relaciones no tienen categoría como para que les hable de ellos. La novela es horrendamente jerárquica.
– Así funciona el mundo. Nos relacionamos en función, no ya del dinero que tenemos, sino del que hemos tenido, ¿no?
– En todas mis novelas, intento que las opiniones y las decisiones vitales de los personajes estén encarnadas en circunstancias de orden material, sean la clase, el dinero, el trabajo, la salud o la suerte.
– Eso se omite con frecuencia en la novela española...
– Claro, pero es importante. Las dos únicas informaciones que debería tener el lector sobre los escritores son su edad y las propiedades suyas y de sus padres. Los personajes de mis novelas que tienen dinero son muy distintos entre sí.
– Hay varias formas de ser rico...
– Este condicionante está en 'Brujería', pero aquí no es tan opresiva como en 'El corazón de la fiesta'. El dinero sí tiene una presencia en la manera en la que nos proyectamos o incluso engañamos en relación a lo que queremos conseguir. Esta novela es transversal porque hay personajes de distintas clases. El dinero sobre todo afecta a Diego, que ha tenido los posibles de la cultura y de las relaciones que le proporcionan una red de la que carece el que está al borde del vaso. En cierto sentido, Julio tiene más dinero, pero no sabe qué hacer con él y teme perderlo. Lo bonito de las grandes fortunas es que cuando caen, no terminan de hacerlo, van como un papelito dando vueltas.
– Frente a la difundida imagen del artista que sufre horrores mientras crea, usted defiende que se lo pasa muy bien.
– A título personal, sí, pero entiendo que alguien sufra. Yo me lo paso muy bien, de lo contrario no escribiría. Lo que sí es un hecho es que eso en los 'biopics' cinematográficos es escandaloso y también lo es que la crítica presente a gente que era feliz como desdichada. El caso más llamativo es el de Virginia Wolf, una escritora que tuvo una crisis antes de casarse y otra final en la que muere, pero que entre una cosa y otra escribe que es la mujer más feliz de Inglaterra, que tiene a su marido y a dos amantes estupendas, que disfruta con su hermana... La convertimos en una sufridora. Hay un abordaje del escritor como si fuera un desgraciado, cuando hay muchos que eran unos disfrutones.
– También impugna las lecturas en clave biográfica del autor.
– Es verdad que es un ángulo de lectura fácil, sobre todo si el autor está muerto porque no se puede defender, pero muy empobrecedor. La novela es una alquimia en donde los elementos que extraes de la realidad cambian. Al menos las mías, las novelas son una estructura imaginativa que da réplica al mundo, pero no traen el mundo y desde luego, no traen mi vida porque me aburriría. Siempre que intento escribir sobre mí me aburro un montón y luego hay algo obsceno en que los demás no me puedan contestar. Si escribo sobre mi padre, qué me va a replicar... Hay grandes novelas autobiográficas o testimoniales, pero eso no lo voy a hacer nunca porque me da vergüenza y debilita mi escritura. Pero es verdad que hay una corriente de autores sin imaginación que cuentan que son escritores y dan risa, y también otros que están exponiendo en bruto situaciones aún no explotadas en la literatura y eso para mí sí tiene un valor. Prefiero que un minero cuente su vida a que la imagine un escritor del siglo XX.
– Conceptos como alta y baja literatura, ¿le sirven para algo como categorías?
– Yo hablaría de dos conceptos útiles y que terminan fusionándose, como se ve en el caso de García Lorca: el arte popular, que puede ser tremendamente complejo y barroco, y el arte experimental o de vanguardia – dos términos horrendos– y que necesita un sostén crítico. Pero esto no tiene nada que ver con alta, baja o media cultura. Y luego hay una cultura popular enfrentada a la del entretenimiento y de masas.
'Brujería' es la primera novela que Gonzalo Torné publica desde que se vino a vivir a San Sebastián, una cuestión a la que tampoco da muchas vueltas. «Me lo paso bien, me gusta, es tranquila, la gente me trata muy bien, y me gustan el mar y los bosques que hay alrededor».
–Vino por unos meses, pero pasa el tiempo y sigue aquí. Parece que le ha gustado la ciudad, ¿no?
– No tengo un plan prefijado.
– ¿Se ha integrado?
– Es un verbo muy complicado porque no sé muy bien qué quiere decir. Estoy en la ciudad, me lo paso bien, me gusta, es tranquila, la gente me trata muy bien, y me gustan el mar y los bosques que hay alrededor. No siento mucho más. Integrado no lo estoy ni en mi pueblo, pero sí estoy a gusto. De hecho, 'Brujería' es la primera novela casi íntegramente escrita aquí. Se me ocurrió el día que firmé el alquiler del piso y la primera página la escribí en Barcelona, pero el resto la hice aquí, excepto un intervalo en Florencia. Es una novela 'made in San Sebastián' totalmente.
– Una chanza: ¿por qué todo el mundo piensa que es usted rico?
– No tengo ni idea. Hombre, tengo un nombre muy espectacular –Gonzalo Torné de la Guardia–, pero no es culpa mía. Mi hermano se llama Alberto y no tiene estos problemas. Siempre he intentado desdibujar mi origen porque si das pistas condicionas la lectura. Es verdad que cargo con ese sambenito, pero en Cataluña algunos me llaman 'muerto de hambre' porque mis novelas se enfrentan a la burguesía catalana. Soy escritor y vivo de la escritura. Lo que no soy es un quejica, vivo bien, pero no tengo ningún gran patrimonio.
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