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Durante mucho tiempo, Susana Chillida (San Sebastián, 1958) ha ensayado diversos acercamiento a la figura y a la obra de su padre a través de textos y audiovisuales que ayudaron a comprender mejor el trabajo de Eduardo Chillida. Sin embargo, en 'Una vida para el arte- Eduardo Chillida y Pilar Belzunce, mis padres' (Ed. Galaxia Gutenberg), ofrece una visión inédita del artista y de la mujer que le acompañó durante toda su vida, así como de la propia familia, que más que romper con el 'retrato oficial', ayuda a completarlo en sus luces y también en sus sombras. Casi una década, con interrupciones, le ha llevado completar una escritura que se publica acompañada de numerosas fotografías del álbum familiar.
– Da la sensación de que durante años ha trazado círculos en torno a sus padres y de que ahora se ha lanzado en picado sobre el centro del tema.
– ¿Y cuál es el centro del tema?
– En el libro usted sostiene que su obra son sus padres.
– Ya. Pues sí. Soy perseguidora. El primer audiovisual fue un encargo (fue Pilar Belzunce quien se ocupó de que se lo encargaran, explica en el libro) y me metí con un poco de pudor, pero una vez que entré, lo hice en profundidad. El segundo documental me lo impuse yo porque quería más, conocer y que la gente conociera mejor el personaje. Y me costó muchísimos años hacerlo porque tengo una motivación para empezar, otra para continuar y una tercera para terminar. Entre la primera y la última, pueden transcurrir años porque la lentitud domina mi vida. Efectivamente, el círculo se ha ido cerrando en sí mismo.
– Para escribir el libro, ha tenido que dejar a un lado el pudor.
– La verdad, sí. Tanto yo como mis padres somos personas normales y corrientes, y ya puestos a hablar, o lo haces a calzón quitado o para qué.
– Asegura que ha renegado muchas veces del apellido 'Chillida', lo cual resulta sorprendente. ¿Por qué?
– Porque cuando una persona se convierte en personaje, se pone en el foco de todo tipo de miradas, algunas más limpias, otras más oscuras... Te mira gente de todo tipo y yo he sentido que, al considerárseme una especie de ampliación de mi padre, cualquier cosa que hiciera salpicaba su figura. Cuando miraba de joven a las princesas de Mónaco en la revistas, pensaba: «¡Pobres personas!» Yo no quería que me miraran y menos, que lo que vieran en mí dijera algo sobre mi padre: Perdón: él era él y su vida, y yo soy yo.
– Muchos creerán que usted y sus hermanos son unos privilegiados.
– No cabe duda de que lo somos, pero como en todo, esto tiene sus partes buenas y estupendas, y otras que lo son menos. Yo no he hecho nada para ser hija de mis padres, es algo que nos es dado al azar, y todo hay que llevarlo: lo que pesa y lo que no, lo que brilla y lo que no. ¿Afortunados? Pues sí. En muchos aspectos, lo somos mucho y en otros, no lo sé. Yo sí he vivido esa parte de que los demás quieran ver en ti más de lo que eres.
¿Privilegiados? «No cabe duda de que lo somos, pero como en todo, esto tiene sus partes buenas y estupendas, y otras que lo son menos»
Pilar Belzunce «No pudo ser la mujer que te gustaría tener como madre porque tenía una misión, pero estuvo atenta a nuestras necesidades»
La percepción de la gente «Tengo trabajos que no son sobre mi padre, pero es raro ver que le importas a alguien por lo que eres, no por ser hija de otro»
– Y la relación entre los hermanos. Explica que la historia de sus padres la han contado los hijos varones más que las hijas, que han quedado relegadas o eclipsadas...
– Sí. De eso sí que me he dado cuenta siempre. Estamos los hijos y las hijas. Mi madre nunca fue una persona a la que pudieras encerrar en el papel de mujer porque tomó muchísimas responsabilidades asociadas a los hombres y en mi casa las mujeres ayudaron a que Pilar pudiera ser la generosísima y valiosísima mujer que fue, acompañando siempre a Eduardo. Pero claro, estuvo apoyada. ¿Por quién? Por sus hijas, sobre todo María y Guiomar, que son de las que menos se ha hablado. Los pilares de Pilar. Al escribir este libro, he llegado a ver cosas que antes no veía tan claras, como la importancia de las mujeres en casa, al final, para las esculturas porque si mi madre no hubiera podido apoyar a mi padre como lo hizo, él no hubiera podido hacer tantas, ni del mismo modo.
– Esto contradice lo que señala en el libro, que es cuánto le subleva que se diga: «Sin Pilar Belzunce, Eduardo Chillida no hubiera podido desarrollar su carrera». Sin embargo, parece que el tópico de un Eduardo volcado en la creación y una Pilar más ocupada del mundo material se corresponde con la realidad.
– Exactamente. Ésa es la verdad de las verdades. Durante algún tiempo, pude verlo así, como una cierta sumisión a lo que le toca a hacer a uno en muchas parejas en las que la mujer va a trabajar, pero antes tienes que dejar preparadas la comida y otras labores. Personalmente, siempre me he rebelado, nunca he sentido que por ser mujer tuviera la obligación de hacer nada que no fuera lo que yo sintiera. Y en tiempos lo que yo veía en mi madre era cierta sumisión porque tenía que hacer tantas cosas, pero con este libro he entendido que mi padre, mi madre y la obra eran tres entidades en un único proyecto vital. Distingo a mi madre de otras mujeres de artistas en que todo nació con un pacto: «Si tú me sigues, dejo la arquitectura y me hago escultor». Con el tiempo he visto que lo de mi madre no era sumisión, sino 'su misión'.
– Cuenta también, que le costó entender algunos comportamientos, como cuando un Eduardo ya enfermo tuvo que firmar dibujos y grabados o cuando su madre le llevaba a exposiciones o inauguraciones.
– Claro porque como hija, piensas: podría ya relajarse y pensar más en Eduardo, que estaba empezando a enfermar, que en los galeristas y en el público. Pero también me he dado cuenta con este libro de que cuando el artista empezaba a flaquear, aún quedaban su mujer y las esculturas. Con el tiempo he podido entender que quisiera que firmara grabados preciosos que guardaba en sus cajoneras para que quedara acreditada su autoría.
– ¿Qué le han dicho sus hermanos sobre el libro, si es que han llegado a leerlo?
– Primero se lo enseñé a mi hermana más íntima, María, y me dijo que le había interesado mucho y que por supuesto, era mi historia, pero mi pregunta era: los que aparecen en el libro, ¿son nuestros padres? Y me dijo que sí, definitivamente. Y luego se lo enseñé a Pedro y me dijo lo mismo. Valoró mucho la honestidad porque encontró mucha verdad en el libro. Me dieron mucha confianza para pedir a todos mis hermanos algunos testimonios para incluirlos.
– ¿Alguno le ha dicho que se le ha ido la mano a la hora de contar determinadas cosas?
– Excepto Pedro y María, no lo han leído aún.
– ¿Pesa la imagen de 'familia perfecta' o de clan que a veces se ha proyectado?
– Pero eso es algo sobre lo que no podemos hacer nada. A mí es algo que nunca me ha gustado. Ser 'Chillida'... Yo soy yo. Soy parte de mi familia, pero nunca he entendido que desde fuera diéramos igual como individuos. Eso nos lo ha hecho notar la gente mucho, pero es a la gente a la que no le importa nada quién seas. No sé cómo lo viven mis hermanos porque no hemos sido una familia de grandes conversaciones profundas porque como de pequeños veíamos poco a nuestros padres, lo que sobre todo teníamos eran historias. Las que nos contaban y nos contábamos a la hora de comer. No lo hemos hablado, pero estoy segura de que ellos también han ido a una exposición y han sentido que a la gente que te saluda le das igual por completo. Eres menos que nadie, eres nada y encima te miran porque creen que saben algo, pero no saben nada. Se pueden contar con los dedos de una mano las personas que me han hecho sentir que me ven a mí como lo que soy, Susana, no como una Chillida. He hecho otras cosas, no todas han sido sobre mi padre. Es raro ver que le importas a alguien como persona por lo que eres, no por ser hija de otro.
Lectura del libro «Odio el cotilleo y no me gustan tampoco los juicios fáciles. Todos tenemos muchas versiones de nosotros mismos»
El tema «No creo que este libro vaya sobre el perdón, o quizás sí, pero sería más bien a través de la comprensión y del amor»
Reacción de los hermanos «María y Pedro me han dicho que los que retrato en el libro son nuestros padres, los demás hermanos no lo han leído»
– El libro transmite en algunos episodios bastante dolor.
– He sentido la obligación de contar cosas reales porque, como en toda vida y en toda familia, hay luces y sombras, están el principio y el fin, y también la salud y la enfermedad que a todos nos iguala. Lo que sale en el libro lo ha hecho a mi ritmo como escritora. Quiero que la gente se encuentre con las cosas al ritmo al que se las cuento porque odio –aunque suene fuerte–, el cotilleo gratuito y malintencionado, ni que se cojan cosas sueltas porque todo va unido a otras cosas. No me gustan tampoco los juicios fáciles a las personas, todos tenemos muchas versiones de nosotros mismos. Quien lo lea lo haga sabiendo que es un libro honesto y enfrentándose a lo bueno y a lo malo con esa pausa.
– También da la sensación de que hay un perdón circulando por el libro, no tengo claro si a usted misma, a sus padres...
– ¿Por qué perdón? No diría perdón, sino comprensión amorosa hasta de las cosas difíciles y de nuestras propias incapacidades. Mi madre no pudo ser la madre cariñosa y entregada que pudo ser de no haber tenido esa misión que llevó con tanto celo. Nunca pudo ser la mujer que te gustaría tener como madre, que te hace cariñitos y te escucha todo el rato, pero estuvo atenta a todas nuestras necesidades y lo demostró cuando éramos ya mayores. Vivió una vida muy sacrificada, así que no creo que esto vaya de perdón, o quizás sí pero a través de la comprensión y del amor.
– Javier González Durana echaba de menos una biografía sobre Chillida. Quizás su libro sea ahora lo más próximo que tenemos...
– De momento, sí, aunque es una biografía interna. Lleva parte de lo que es el hombre-enamorado, el hombre-padre y el hombre-artista. Y de lo que es una madre en tareas que no suelen ser las de una madre habitual. También hay partes en las que hablo de mi acercamiento al arte. Es una biografía con muchas caras, es lo que me han dicho quienes la han leído.
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