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En cuanto los compañeros de Elisabet Urbieta Iturrioz (Beasain, 1962-2002) les avisaron de que por segundo día no había ido a su trabajo en la Fundación Arteaga-Zabalegi, en Donostia, su madre, Celes, y su hermana tuvieron «claro que algo había pasado. Eli nunca faltaba al trabajo y mucho menos desaparecería sabiendo lo que íbamos a sufrir», recuerda su hermana Edurne. Se cumplen hoy 20 años desde que un vecino de Lasarte-Oria les arrebató a Eli. Lo sospecharon en cuanto recibieron aquella llamada, y lo confirmaron dos meses después, cuando la Ertzaintza logró detener al asesino y este condujo a los agentes hasta el lugar donde había ocultado el cadáver, en una zona boscosa entre Hernani y Goizueta. «La mató solo para robarle en el garaje de casa», rememora Edurne. «Fue muy duro. Nos lo contábamos todo».
Elisabet Urbieta Iturrioz estudió en el Liceo Alkartasuna de Beasain y se licenció como ingeniera agrónoma en Madrid. A su regreso, se asentó ya en Donostia. Primero en un piso compartido y luego ya sola en el barrio donostiarra de Aiete, donde la noche del 16 de septiembre de 2002 fue asaltada por un hombre de 36 años, que resultó ser un vecino del portal de al lado -en el número 45 del paseo Lazkano-, al que dos semanas antes le habían expulsado del piso por continuos impagos del alquiler. Sin embargo, aquel día acudió al garaje comunitario a recuperar algunos enseres y Elisabet se topó con él cuando regresaba de una sesión de yoga.
Según confesó a la Policía vasca y en el juicio, Juan Miguel M.L., vecino de Lasarte-Oria, pretendió robarle el bolso a Elisabet pero «perdió la cabeza». Agarró por el cuello a la joven, que perdió el conocimiento. Él creyó que la había asfixiado, metió el cuerpo en su furgoneta y le cogió las llaves de su coche para robarle el radiocasete y también las de su vivienda, donde se apoderó de dos cámaras de fotos y un anillo de oro. Del bolso extrajo una tarjeta de crédito -que se bloqueó en un cajero de Donostia- y un teléfono móvil que sería su ruina. A continuación, regresó al garaje, subió a su furgoneta y condujo por la carretera de Hernani a Goizueta para deshacerse de Elisabet. Cuando se disponía a ello, la mujer recobró la consciencia y él volvió a estrangularla. Allí la abandonó.
Dos días después, llegó el aviso de la ausencia de la beasaindarra en el trabajo. Su hermana entonces acudió a su vivienda, y se encontró «algunas cosas revueltas», algo impropio de alguien metódica y ordenada como Elisabet. «Le dije a la Ertzain-tza que algo le habían hecho y que la buscaran. Se especuló con algún motivo político porque decían que 'aquí no pasaban esas cosas'. Eli era guapa, ordenada, gran estudiante, trabajadora... No haría nada así».
A su pesar, Edurne se convirtió en un sujeto activo de la investigación. «Quien le robó el móvil, no lo apagó. Entonces no había los sistemas actuales de geolocalización, por lo que había que esperar a que llamara para rastrear la llamada. A varias personas nos encargaron que todos los días le dejáramos un mensaje en el buzón de voz. Era durísimo dirigirme a mi hermana desaparecida. Debía hacerlo en castellano, que entre nosotras era como comunicarnos en chino. El mensaje era 'Eli, cariño. La ama y yo estamos preocupadas. Vuelve a casa, que estaremos con los brazos abiertos'. Así, todos los días a las diez». Nunca había una reacción al otro lado del teléfono, que permanecía encendido. Un día, el cóctel de cólera, angustia y desesperación hicieron explotar a Edurne. «Cogí el teléfono y en lugar del mensaje de siempre, le llamé de todo y le dije que nos devolviera a mi hermana. Entonces él apagó el teléfono. Así no, Edurne', me dijo la Ertzaintza, que se portó de maravilla con nosotras».
A los días, el teléfono de Elisabet volvió a activarse, por lo que Edurne retomó el hábito forzado de los mensajes. Sus pocas esperanzas de que hallaran a su hermana con vida se esfumaron el 21 de octubre, «el día que Eli habría cumplido 40 años. Si estaba viva, tenía que llamarnos en una fecha así». Pero no lo hizo. Al menos, que el móvil siguiera encendido mantenía la llama de poder localizar al asesino, quien se conectaba al buzón de voz a través de la señal de un repetidor en Lasarte-Oria. La Ertzaintza indagó en su base de datos si algún vecino lasarteoriatarra podía ser vinculado con el paseo Lazkano en Aiete. Así saltó el nombre de Juan Miguel M.L., sobre quien se puso el foco policial: tenía antecedentes por varios robos y había vuelto a instalarse en el domicilio de sus padres. Cuando lo registraron los ertzainas, hallaron un radiocasete. Él explicó que era de su hermana y que él le había puesto otro en su vehículo. Los policías se dirigieron después a casa de la hermana, que «tenía la radio robada a Eli», recuerda Edurne. El sospechoso estaba ya acorralado.
2002 | Por un robo. El lunes 16 de septiembre se perdió la pista de Elisabet Urbieta Iturrioz (Beasain, 1962). Aquel día, esta vecina de Donostia trabajó en la Fundación Arteaga Zabalegi, en el paseo de Oriamendi. Al acabar la jornada, acudió a una sesión de yoga y pasadas las diez de la noche regresó a su casa, en la calle Lazkano del barrio de Aiete. En el garaje la abordó un hombre que quiso robarle y acabó quitándole la vida y escondiendo su cuerpo.
Aviso de la Ertzaintza. Al día siguiente, compañeros de la víctima avisan a la familia de que Elisabet no había ido a trabajar. Su hermana Edurne acude a su casa y, al ver el desorden, denuncia la desaparición.
Dos meses desaparecida Entre otros objetos, el delincuente robó el móvil de Elisabet y lo acabó usando, lo que permitió a la Ertzaintza dar con él y detenerle, el 13 de noviembre. Al día siguiente Juan Miguel M.L., de Lasarte-Oria, guio a los agentes adonde arrojó el cadáver, un precipicio en la carretera de Hernani a Goizueta.
2005 | Juicio El 14 de marzo, un jurado popular declara a JM.M.L. culpable de asesinato. La Audiencia de Gipuzkoa le condenó a 20 años de prisión por asesinato y 8 más por tres robos.
Tras su detención, el 13 de noviembre, lo confesó todo. Al día siguiente, acompañó a los ertzainas hasta el lugar donde arrojó el cuerpo de Elisabet, en un pequeño barranco en las inmediaciones del paraje de Aparrain, en el barrio hernaniarra de Ereñotzu, en la carretera a Goizueta.
Pese al «palo» que la confirmación de su muerte supuso a la familia y amigos de Eli, Edurne, que es tres años menor y le gusta «ponerse en el lugar de los demás», se acordó de los padres del criminal. «Es terrible perder a una hermana o una hija tan joven y de ese modo, la ama perdió su alegría. Pero mucho peor debe de ser el ser los padres de un asesino». Estos les mandaron las condolencias a través de la Ertzaintza. Edurne utilizó la misma vía para invitarles al funeral, «pero no vinieron. Nunca les llegamos a conocer».
Edurne y su ama Celes ni siquiera ponen rostro al asesino. «No quisimos saber demasiado del proceso. No fuimos ni al juicio, porque tuvimos un procurador, Iñaki. Nos sentimos muy apoyadas, sobre todo por mis amigas Amaia y Edurne Aldasoro. Son gemelas y también mis dos tesoros», valora Edurne, que durante años ocultó a sus hijas el asesinato de su tía Eli. «Tenían 5 y 2 años, y quise protegerlas. La mayor preguntaba por ella, y le decía que se había ido a Barcelona. Aún me duele haberle mentido». Cuando les contó la verdad, «sentí una liberación».
El juicio con jurado popular tuvo lugar en la Audiencia de Gipuzkoa a partir del 7 de marzo de 2005. La defensa del acusado le fue consignada en el turno de oficio al abogado donostiarra Pedro Aguirre Franco -47 años de abogacía-, quien hoy recuerda que su cliente ya había confesado previamente ser el autor del crimen, por el que el Ministerio Fiscal solicitaba 28 años y nueve meses de cárcel, 18 años por el asesinato y el resto por cuatro tipos de robo. La acusación particular demandó 30 años. Para tratar de reducir la pena, el acusado manifestó que en los momentos previos al crimen bebió y consumió drogas. No obstante, los médicos forenses afirmaron en la vista que Juan Miguel M.L. «sabía lo que hacía», y que en el análisis capilar no se le detectó resto de sustancia alguna. El jurado popular lo declaró culpable y la presidenta de la Audiencia de Gipuzkoa, María Victoria Cinto, fallecida el pasado junio, le condenó a 28 años de prisión. «Hace un tiempo salió de la cárcel», asegura Edurne, quien no recibió ni un céntimo de la indemnización fijada: 150.000 euros para Celes y 50.000 para ella. «Las pocas posesiones que tenía las pusieron a nombre de su familia y él se declaró insolvente».
Edurne, una mujer enérgica y con sentido del humor, habla con «pena» pero «sin rencor». Siempre piensa que «las cosas pasan por algo, y me daría paz saber que quien mató a mi hermana ha reconducido su vida y ahora es una buena persona. Solo así cobraría algún sentido el asesinato de alguien tan buena como Eli».
La finca Zabalegi, situada entre Hernani y Donostia cerca de Chillida Leku y la yeguada Lore Toki ha perdido la función de escuela rural con la que surgió en los años 50. Su última directora fue la ingeniera agrónoma Elisabet Urbieta. En diciembre de 2004, poco más de dos años después de su asesinato, la Fundación Arteaga-Zabalegi, que pertenecía a la Fundación Social Kutxa, inauguró con su nombre un edificio que albergaría el proyecto Pausoak, una serie de talleres para personas con discapacidad mental, relacionados con la actividad artesanal, agrícola y ganadera, para lo que contó con la colaboración de Grupo Gureak.
El centro Elisabet Urbieta sigue siendo hoy la sede del programa Pausoak, enrolado ahora en el parque Kutxa Ekogune. Bajo la batuta de la Fundacicón Goyeneche y la colaboración de Diputación de Gipuzkoa y Atzegi, mantiene su vínculo con la naturaleza, una de las pasiones de Elisabet.
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