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Lugar donde fue encontrado el cadáver de Juan Sáez Archivo
El asesinato del donostiarra Juan Sáez, tres décadas sin respuestas

El asesinato del donostiarra Juan Sáez, tres décadas sin respuestas

Industrial y exárbitro, de 42 años, acudió en 1994 a Zaragoza, donde había quedado con un tal 'señor González'

Javier Peñalba

San Sebastián

Miércoles, 2 de noviembre 2016, 18:29

Era el 6 de noviembre de 1994 cuando se hallaba el cadáver. Para entonces llevaba un mes desaparecido. Se llamaba Juan Sáez Rubio. Era un industrial donostiarra de 42 años. El 29 de septiembre partió de Donostia rumbo a Zaragoza. Ya nada más se supo de él. Su cuerpo apareció desnudo y maniatado. Han transcurrido más de dos décadas desde entonces y el caso mantiene las mismas incógnitas que el primer día. Nadie sabe que le sucedió. Nadie sabe tampoco si había una trama urdida contra su persona, si fue víctima de algo premeditado o si le asaltó una banda de delincuentes cuando salía de un hotel de una pequeña localidad de Zaragoza.

La pista de este industrial, experto en sistemas eléctricos de maquinaria de imprenta y exárbitro de fútbol, se perdió en Utebo (Zaragoza), donde Juan Sáez tenía una cita de negocios que había concertado con un hombre del que sólo conocía que se hacía llamar González. Al parecer, esta misma persona había establecido a finales de agosto un primer contacto telefónico con el industrial, cuyos servicios pretendía para desmontar una máquina.

La llamada no causó extrañeza en el entorno próximo a Juan Sáez. El prestigio que había alcanzado en el sector, debido a sus conocimientos y experiencia en la instalación y reparación de máquinas de impresión en offset, hacían de él un profesional muy solicitado. Por ello, al propio Juan tampoco le sorprendió que desde Zaragoza recurrieran a él.

Rumores de secuestro de ETA

Juan Sáez partió al encuentro del señor González poco después de comer. Lo hizo en coche. Se estima que llegó al hotel El Águila, en Utebo pasada la media tarde. Allí, mientras tomaba alguna consumición, esperó a su interlocutor. Sin embargo, el tal González nunca se presentó. Al menos, no hay certeza de que lo hiciera. En el hotel nadie recuerda el encuentro.

La tardanza seguro que incomodó al industrial. Juan Sáez llamó por teléfono a su esposa, a quien dejó un mensaje grabado en el contestador anunciándole que el negocio se había frustrado y que esa misma noche regresaba a casa. Pero pasaron las horas, hasta un día entero, y Juan no volvió. Su inexplicable desaparición llevó a su mujer a poner los hechos en conocimiento de la Policía.

Juan Sáenz
Imagen - Juan Sáenz

La denuncia se formalizó el 1 de octubre. En las horas siguientes se desataron un sinfín de rumores sobre lo que pudo ocurrirle. Incluso se especuló con la hipótesis de un secuestro de ETA, una circunstancia que quedó rápidamente descartada. Tres días más tarde, su coche, un BMW 320 matriculado en San Sebastián, apareció en el centro de Zaragoza. El vehículo tenía las llaves puestas, la alarma encendida y el teléfono descolgado. Se hallaba perfectamente aparcado en la calle Navas de Tolosa, en el barrio de las Delicias de la capital aragonesa. Un maletín con documentos, huellas en el interior y barro en los bajos del coche eran todas las pistas que la Policía disponía.

Un mes en vilo

Durante las semanas siguientes, familiares y amigos mantuvieron la esperanza de ver de nuevo con vida a Juan Sáez. Le buscaron por todos los rincones posibles. Algunos incluso realizaron el mismo recorrido que el propio Juan había hecho en su desplazamiento a Zaragoza. Rebuscaron en las cunetas de la carretera y preguntaron en los establecimientos de todo tipo y condición que se alzan desde la capital guipuzcoana. Resultado: ninguna pista.

La incógnita sobre el paradero de Juan Sáez se mantuvo poco más de un mes. El 6 de noviembre, las ilusiones de hallarle vivo se desvanecieron. El cadáver fue encontrado por un trabajador de la central eléctrica de Gelsa, en aguas del río Ebro, a unos cuarenta kilómetros de Utebo. Según desveló la autopsia, el industrial fue maniatado, recibió un golpe en la cabeza y fue arrojado desnudo al cauce del río. Todo apunta a que falleció el mismo día de la desaparición.

Las circunstancias que rodearon la muerte son un misterio para su familia y allegados. También para la Policía. Los agentes asignados al caso barajaron dos hipótesis. Por un lado, pensaron que la muerte podía ser obra de un grupo organizado de delincuentes que concertó el falso encuentro de negocios con la intención de robarle. En este sentido, se investigó si los asesinos eran los mismos que en julio de 1993 acabaron con la vida de un empresario leridano, Benjamín Forradellas, quien también acudió a una cita en Zaragoza de la que nada se supo. El industrial ilerdense, al igual que lo había hecho Juan Sáez, también llamó a su familia para informarle de su regreso ante la fallida entrevista. Forradellas fue encontrado sin vida con las manos atadas a la espalda.

Pero es que a Juan Sáez no le robaron. Puede que se quedaran con el dinero que llevaba encima, pero de sus cuentas no detrajeron sumas. Quienes conocían a Juan saben que era un hombre impetuoso, que tal vez llegó a enfrentarse a sus posibles asaltantes y que su oposición pudo ser el desencadenante de su muerte. Es posible que así fuera, pero no deja de ser una especulación.

La Policía tampoco descartó que el asesinato tuviese alguna vinculación con su actividad profesional. Una de las empresas a las que Sáez prestaba sus servicios y que atravesaba una delicada situación había sufrido con anterioridad un siniestro al parecer un incendio y se creyó que Juan, dada su cualificación, tuvo cuando menos la sospecha de que aquel suceso fue intencionado. De cualquiera de las maneras, los incontables viajes que los inspectores del Grupo de Homicidios de Zaragoza realizaron a Donostia para hallar algo de luz sobre el caso no sirvieron de mucho. Hoy, las incógnitas se mantienen.

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