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Marcela Salazar
Jueves, 29 de junio 2023, 07:19
La mayoría de donostiarras presume de haber ido al menos una vez en su vida nadando a la Isla de Santa Clara desde la playa de Ondarreta, un reto nada fácil y que multiplica su dificultad si, por ejemplo, uno carece del sentido más importante para no desorientarse en el recorrido, la vista. Pero ninguna gesta es inabarcable, sino que se lo pregunten a un grupo de nadadores con discapacidad visual que este martes se atrevieron a cruzar la bahía de La Concha a nado hasta la isla.
El día se tornaba gris y ventoso, pero a pesar de las condiciones, una docena de nadadores se pusieron el bañador y sus gorros amarillo fluorescente (para poder identificarlos con mayor facilidad) y se aventuraron a su travesía desde Ondarreta hacia la isla. Era, para algunos, la primera vez que se lanzaban a nadar en el mar.
Estos nadadores forman parte de la ONCE y nadan una hora al día, los martes y jueves en la piscinas de Paco Yoldi junto a Anoeta, en el Club de natación adaptada Konporta K.E. Con una edad comprendida entre los 55 a 72 años, muchos de ellos tienen nula o escasa capacidad de visión. «Yo ya no se si vengo por la paella o por la natación, pero sé que la experiencia va a salir bien», explicaba jocoso Fernando Arrieta antes de iniciar el reto. Animado, pero con esos nervios de una experiencia única.
Otro de los nadadores que iban a aventurarse a esta travesía era Juan Caro, irundarra de 55 años. «Vamos a salir a por todas, estamos muy animados, es un reto después de darle dos años a la natación», apuntaba. Destacaba que «podría decirse que vamos a nadar a ciegas, porque tenemos un discapacidad visual, pero con esta intensidad de luz es como si no viésemos nada de nada. Llegaremos allí y comeremos paella, pero con moderación porque luego hay que volver», sonreía.
Juan Manuel Oliden
Monitor
Han sido sus entrenadores de Konporta K.E. los que han empujado a estos nadadores a ser capaces de llevar a cabo esta actividad. Entre ellos Juan Manuel Oliden, que se mostraba muy ilusionado y confiado. «El objetivo principal es pasárnoslo bien, disfrutar del deporte y para ellos, vivir una nueva experiencia, porque la mayoría de ellos nunca ha nadado en el mar y es una experiencia muy bonita».
Oliden comentaba que los nadadores «han mejorado mucho en las jornadas en las piscinas de 50 metros» y que las completan «perfectamente». «Yo voy muy tranquilo porque llevo ya dos años con ellos, les conozco muy bien y sé cuáles son sus miedos y también sé el nivel que tiene cada uno. Por lo tanto, sé el apoyo que necesitan. Vamos cuatro monitores con ellos, vamos con una tabla de paddle-surf, llevamos material de natación, como son los palotes, material con el que ya estan familizarizados de cuando estamos en la piscina».
«Tienen un nivel más que suficiente para llegar a la Isla y están muy ilusionados, igual yo más que ellos, no sé, pero me gusta que después de haber hecho un trabajo durante todo el año, tengan una pequeña recompensa de satisfacción y de alegría», valoraba el monitor.
Entre los nadadores, también se encontraba uno de los veteranos del club, Esteban Iglesias, de 69 años, que lleva más de diez yendo a las piscinas y que decía que «al principio estaba bastante nervioso por este reto, pero ahora que estoy en la playa digo que esto está más que chupado».
Dentro del apoyo logístico de este reto también se encuentra el nadador paralímpico, Richard Oribe. El conocido deportista, que fue 'Tambor de Oro' en 2018, cumple el rol de entrenador de Konporta para estos nadadores con poca y nula visión. Todo un medallista olímpico para atreverse a cruzar la bahía con garantías.
La directora de ONCE de San Sebastián, Andrea Parte Maestre, también se sumó a la iniciativa con el grupo en una tabla de paddle-surf. «Es importante accesibilizar el deporte y que no haya barreras en cuanto a poder disfrutar y que puedan hacerse actividades para todo tipo de colectivos, como es nuestro caso de personas ciegas totales o con discapacidad visual grave», señalaba.
El plan salió finalmente como esperaban y todos los nadadores llegaron a la isla después de un importante esfuerzo, pero orgullosos. Allí les esperaba su recompensa, una paellada en buena compañía. Así, la vuelta a Ondarreta resultó más llevadera.
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