
1970 | En los modernos ascensores, con «cara de cadáver»
La calle de la memoria ·
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Ya nos hemos habituado a los ascensores casi herméticos, pero en su momento supuso un pequeño trauma dejar aquellos elegantes y ruidosos ascensores acristalados, desde ... los que se veían todos los tramos de escalera y los pisos por los que se iba subiendo, e instalar elevadores cerrados al exterior. Ganaríamos en seguridad, pero también en claustrofobia.
Relatamos esto tras leer un pequeño comentario que publicó EL DIARIO VASCO el 23 de octubre de 1970 en su página 2, que expresaba perfectamente la resistencia que entonces provocó aquel cambio.
«Nos declaramos irreconciliables enemigos de los ascensores modernos, esa especie de jaulas metálicas, sin rejas, donde uno siente que es un gusto la mordedura de la claustrofobia. Ya son varias las voces que tan modernos aparatos, automatizados al máximo, nos han dejado entre el cielo y la tierra».
Uno de los defectos que se subrayaban era la constatación de que no era lo mismo quedarse atascado en uno de aquellos ascensores con vistas que en uno cerrado.
«De pronto, el ascensor se para. Y las puertas se abren. Y uno empieza a desfallecer, carente de todo otro recurso que no sea un timbrecito que, las más de las veces, casi nadie oye. Antes, en los viejos ascensores, totalmente encristalados, la claustrofobia brillaba por su ausencia. ¿Que el aparato se detenía en pleno viaje? Pues uno abría las portezuelas y se entretenía comentando el incidente con los ocasionales vecinos que deambulaban por la escalera».
Terminaba aquel artículo contra los ascensores cerrados con un comentario fallido. Se ve que en los primeros aparatos de la nueva generación no eran tan habituales como ahora los espejos. Y decían...
«Menos mal, en el fondo, que los supermodernos ascensores carecen, también de espejos. Si los hubiera, y estando uno como está encerrado en una caja, de seguro que el espejito nos iba a devolver poco menos que una cara de cadáver».
Aunque saltemos de tema, nos quedamos con otro del que se hablaba en nuestra ciudad hace cincuenta años y que recogía la edición de DV del 23-X-1970. Se trataba de una noticia doblemente trágica. Titulaban: «Muerto al ser atropellado por dos coches. El primero de ellos se dio a la fuga».
«Sobre las siete y media de la tarde del miércoles fue recogido por un guardia civil de la calzada en estado gravísimo don Francisco Ibarguren, que fue atropellado por dos automóviles, primeramente por un '2-CV' cuyo conductor se dio a la fuga. Inmediatamente después y sin que pudiera ser advertido por el conductor, fue atropellado por el Peugeot SS.34.868, conducido por don José María Piquer Fagés. El herido fue trasladado en gravísimo estrado a la Clínica de Nuestra Señora del Coro, donde falleció ayer por la mañana».
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