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Si algo he aprendido estos últimos cuatro años al frente de un Juzgado con competencia en materia de violencia de género, es que el machismo ... siempre encuentra nuevos métodos o vías para alcanzar su objetivo tradicional: denigrar a la mujer y, si es posible, causar daño adicional. En este caso, el modo se materializa claramente mediante la publicación de un libro titulado 'El odio', que relata el crimen machista llevado a cabo por el condenado José Bretón el 8 de octubre de 2011, en el que asesinó a sus hijos, con la finalidad de venganza contra su esposa –según hechos probados en sentencia firme–, por no aceptar la ruptura de una relación de maltrato.
Estas últimas semanas se ha debatido intensamente si debe primar el derecho a la libertad de expresión, consagrado en el art. 20 de la Constitución Española o si, por el contrario, prevalece el derecho al honor, intimidad y propia imagen, del art. 18 de la Constitución. Desde el punto de vista estrictamente jurídico, la libertad de expresión se reconoce como aquel derecho fundamental que tiene por objeto expresar y difundir libremente los pensamientos, ideas y opiniones mediante la palabra, el escrito o cualquier otro medio de reproducción. Ahora bien, debo avanzar que no se trata de un derecho absoluto, sino que encuentra sus límites en otros derechos fundamentales, en particular, en los meritados derechos al honor, a la intimidad y a la propia imagen, además de la protección de la juventud y de la infancia (art. 20.4 de la Constitución). Además de ello, la propia Ley Orgánica 1/1982 –que desarrolla los derechos recién aludidos– señala que es una intromisión ilegítima en los derechos fundamentales de las víctimas «la utilización del delito por el condenado para conseguir notoriedad pública u obtener provecho económico, o la divulgación de datos falsos sobre los hechos delictivos».
Con ello, avanzo, que yo ya tengo clara mi opinión en el debate suscitado. Pero es que, además, desde una dimensión social y humana –a la que, por supuesto, debe dar respuesta la justicia como poder público del Estado–, el examen anterior exige que se amplíe la mirada y se adopte un enfoque en clave de perspectiva de género, así como de evitar la victimización secundaria de las víctimas, a la que se hace mención reiteradamente por parte de la legislación y los tribunales europeos.
En este plano, es notorio que nos encontramos ante un hombre condenado por un doble crimen machista en el ámbito de la violencia vicaria que pretende perpetuar el dolor causado a su exmujer mediante un mecanismo de gran difusión social y que, además, trata de no cumplir con otra de las penas le fue impuesta en sentencia firme: la prohibición de aproximarse y comunicarse con la víctima, la madre, durante cuarenta años. Es decir, hablamos de un delito de quebrantamiento de condena, por lanzar indirectamente mensajes a aquella a quien tiene prohibido dirigirse. Recordemos que, si bien anteriormente sólo se reputaba delito de quebrantamiento las expresiones dirigidas a la víctima por el delincuente; en la actualidad, también constituye este ilícito penal los dirigidos a través de terceras personas, incluyendo mensajes vertidos por redes sociales, estados o perfiles de WhatsApp, entre otros. Por lo tanto, la publicación del libro en cuestión puede constituir, además del daño adicional e inadmisible a la víctima, un delito de quebrantamiento de condena.
En definitiva, no concibo otra solución al conflicto que no pase por la prohibición de la publicación y divulgación del libro, decisión cautelarmente adoptada esta semana por la editorial Anagrama. En otro caso, estaríamos permitiendo como sociedad dar voz a un hombre machista que está convencido de que tiene derechos sobre las mujeres, reclamando su 'patria potestad', ya que considera a 'su' mujer y a 'sus' hijo e hija no como seres humanos, sino como objetos de su propiedad, de los que pretende lucrarse (además de reírse). Y, desde luego, estaríamos lejos de atender a las necesidades de las víctimas. Porque yo me pregunto, ¿estamos ante 'El odio' o ante 'la mercantilización del odio'? ¿Alguien se ha parado a pensar el grado de violencia o humillación que siente la madre? O si, existe un contexto social en cierto modo permisivo ¿no estaríamos hablando de violencia institucional?
Está claro que hay ciertos personajes que tienen la capacidad para acomodarse a la falta de empatía y de ahí no sufrir por el dolor del otro/a. En este caso, me gustaría recordar que este criminal no sólo mató a sus hijos, sino que fingió su desaparición con el objetivo torturar a la madre de por vida, condenarla a su búsqueda interminable y ocasionarle un dolor perenne, negándole el duelo. Otro clásico renovado en forma de libro: el eterno intento de control de muchos hombres hacia las mujeres.
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