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Confieso que me hubiera gustado haber escrito estas líneas sobre monseñor Luis Argüello, el nuevo presidente de la Conferencia Episcopal Española, con un mayor conocimiento ... del que me aportan las informaciones en los medios de comunicación social o algunas de sus declaraciones públicas. Me he encontrado con él en un par de ocasiones, que no han pasado de ser protocolarias. Pero sí conozco a algunos buenos amigos que han tenido la suerte de hablar con él, largo y tendido, en diferentes ocasiones, y que, por ello, le conocen mucho mejor que yo. Me permito resumir, en concreto, algunas de sus impresiones. Me parece que es de justicia, y como necesario contrapunto, a no pocos calificativos y comentarios que he podido escuchar y leer en estas horas, anteriores y posteriores, a su elección.
Luis Argüello, me dicen, «no es la alegría de la huerta, pero es una persona hábil, un excelente comunicador y, en su juventud, estuvo muy cercano al Partido Comunista de España, además de haber sido profesor universitario. No es un carcamal indeseable, sino una persona hábil, que sabe por qué caminos transita la política de este país, tanto la de la derecha como la de la izquierda y que se siente muy cercano a todo lo que supone el movimiento de juventud, la espiritualidad y la teología que se mueve alrededor de Taizé». Se trata de un movimiento postconciliar y ecuménico que, poco o nada, tiene que ver con otros más recientes que se están poniendo de moda estos años, como, por ejemplo, Hakuna y similares.
Prosiguen sus explicaciones apuntando que Argüello «no es, en absoluto, de extrema derecha, sino –como casi todos los obispos– un conservador. Pero se entiende que muchos colegas suyos se hayan decantado por él, frente al 'meteorito' (así se le llama en los mentideros eclesiásticos) que es el cardenal Cobo». Remarcan que su elección ha sido «más que previsible, sabiendo que el cardenal de Madrid había dicho, por activa y por pasiva, que no quería meterse en el berenjenal de la presidencia porque bastante tenía con gobernar la diócesis de Madrid».
«Por lo dicho y escuchado, no se le puede comparar con monseñor Antonio María Rouco, aunque, seguro que nos provocará más de dos o tres disgustos. Hace ya unos meses que se pronunció en contra de la amnistía, pero no se le ve, de ninguna manera, que vaya a hacer el caldo gordo, como lo hizo Antonio María Rouco a la derecha política española, propiciando que la Conferencia Episcopal Española aprobara un texto para negar el pan y la sal a otros nacionalismos que no fueran el suyo, es decir, el español». Dicho documento fue 'Valoración moral del terrorismo en España, de sus causas y de sus consecuencias' (2002). Su aprobación provocó el inmediato desmarque de una parte de los obispos vascos y catalanes del tiempo. «No parece –concluyen los citados buenos amigos– que Luis Argüello sea tan estúpido como para hacer algo semejante. Y no lo va a hacer porque no es, de ninguna manera, un talibán, a pesar de la imagen que están presentando de él algunos medios de comunicación».
Hasta aquí la confidencia. Pero, cerrado este apartado, me adentro, ahora, por mi cuenta, en ofrecer una breve referencia a otro asunto, a partir del cual también habrá que ir evaluando su gestión al frente de los obispos españoles. Es el referido al afrontamiento de la pederastia eclesial. Creo que es muy importante que clarifique cómo va a entender e implementar, lo que afirmó el Informe 'Para dar luz II' de la Conferencia Episcopal Española (2023), al respecto de que la pederastia eclesial es, comparativamente con la existente en otros ámbitos e instituciones sociales, «cuasi residual». También creo necesario que aclare si va a propiciar un esclarecimiento –por supuesto que, externo e independiente– sobre los criterios en los que se sustentan las enfrentadas cifras del Informe Cremades & Calvo Sotelo («denuncias creíbles») y las de la misma Conferencia Episcopal («casos probados»). Y, finalmente, si –una vez debidamente resuelto este último asunto– va a impulsar una autocrítica y reforma eclesial a fondo al estilo, por ejemplo, de la propiciada por la Iglesia alemana o si, por el contrario, va a dar la callada por respuesta.
En el afrontamiento del drama de la pederastia eclesial y en el modo de alentar o torpedear la necesidad de una nueva forma de convivencia entre todos nosotros –la cuestión de fondo de la ley de amnistía– se juega la valoración que pueda merecer su gestión. Yo, de momento, y aunque no haya sido mi candidato preferido, estoy dispuesto a darle los –políticamente correctos– cien días de confianza.
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