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Ha cambiado Podemos drásticamente su unidad de medida del tiempo. Del tic-tac, tic-tac, de cuando hasta los cielos temblaban al verse asaltados, al « ... demos tiempo», repetido machaconamente ahora, cuando piden en la tierra algo, por pequeño que sea, que les permita decir que están en el Gobierno. En poco más de tres años hemos pasado de una rueda de prensa en la que Iglesias le perdonaba la vida a Sánchez -enero 2016, mientras éste estaba reunido con el Rey- y se pedía ser vicepresidente del Gobierno, la televisión pública, los espías y casi el ministerio de Marina, a pedir hoy discreción, tiempo otra vez y dame aunque sea una secretaría de Estado. No ha habido la más leve autocrítica entre un escenario y otro. Nada de decir que fue un error preferir que fuera presidente Rajoy cuando con su simple abstención hubieran hecho presidente a Sánchez y vete a saber lo que nos hubiéramos ahorrado los españoles en tiempo, en energía y en deterioro de la situación en Cataluña, por ejemplo. Podemos ha pasado de dar por hecho el sorpasso al PSOE a verse desbordado por Ciudadanos. Ha perdido la primera plaza en Euskadi y en Cataluña, le han abandonado un millón y medio de votantes y, sobre todo, ha perdido la imagen que de ellos tenían quienes les adoraban. Como ha dicho Errejón, Iglesias ha renunciado a liderar a los de «abajo» en la lucha contra los de «arriba» y se ha quedado esquinado en un trozo de la izquierda. Al rincón de pensar.

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