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«Hoy todo esto es para los invitados, solo casi para ellos». Un vecino de Ermua se refería así a las notorias medidas de seguridad ... en el pueblo ante la llegada del Rey al polideportivo municipal, con una logística en la que la Casa Real cuida hasta el más mínimo detalle para no dar pie a la improvisación ni a los problemas de última hora. Es el típico día sensible en las agendas de los responsables de la seguridad. Son las diez de la mañana y la temperatura empieza a caldearse en una metáfora del clima efervescente político de las últimas semanas.
Los más madrugadores empiezan a llegar a esta hora a este municipio obrero de Bizkaia, en la muga con Gipuzkoa, que los festivos de verano sufre una verdadera fuga hacia las playas de la costa, en especial hacia Deba. La tranquilidad del domingo se ve desbordada por un ambiente de excepcionalidad en el que la seña de identidad son los pinganillos. Los vecinos lo saben y lo asumen con bastante naturalidad, algunos con cierta sorna. «Parece una boda», señala uno, mientras observa de cerca la llegada de Inés Arrimadas y todos los periodistas se arremolinan para conseguir declaraciones. La vicelehendakari Idoia Mendia, de rojo, saluda a Patxi López y su esposa, Begoña Gil. El alcalde, el socialista Juan Carlos Abascal, no oculta su nerviosismo.
La Ertzaintza y los policías municipales de Ermua exhiben un indudable despliegue en las calles, sobre todo en los preparativos para aparcar. Los periodistas también se hacen notar. Hacía tiempo que no se observaba semejante aterrizaje de medios. Hasta 120 informadores acreditados, muchos de ellos de Madrid. Cámaras y trípodes a mansalva. Ni en los 'peores' tiempos, confiesa un veterano en estas lides informativas. Ni el Zinemaldi de Donostia, corrobora un fotógrafo guipuzcoano. Hay bromas entre colegas. Algunos de ellos llevan mucho tiempo sin verse.
Entre tanto preparativo y despliegue protocolario, la anécdota del día, protagonizada en el interior del polideportivo. Falta una estatuilla para Marimar Blanco, que en un primer momento se queda sin la réplica de la escultura de Agustín Ibarrola, entregada a los miembros de la Corporación municipal. Finalmente, el alcalde de Ermua realiza la entrega de una estatuilla que aparece de forma misteriosa minutos después. Las autoridades depositaron rosas rojas junto a un pebetero situado junto a la escultura. Las flores se convierten en el símbolo del homenaje. De las manos blancas a las rosas rojas.
En los balcones, algunas vecinas, una de ellas con la bata roja, siguen los 'acontecimientos' mientras cuelgan la ropa de la colada. En una de las fachadas frente al polideportivo cuelga una bandera republicana. En otra ventana, una pequeña ikurriña. En uno de los balcones, un joven agita una bandera arco iris del colectivo LGTBI. Hay poca gente en las calles del municipio. Es un día de playa en estado químicamente puro y los que se quedan prefieren tomar una cerveza o unas rabas en algunas terrazas del pueblo. Los pinchos de tortilla se han agotado, para desesperación de un invitado, que reconoce que no ha desayunado aún y narra al detalle las 'emociones fuertes' del último encierro de San Fermín.
Empieza a apretar el calor y lo codiciado es buscar la sombra. Un joven, con tatuaje en los brazos y en las piernas, lanza su sentencia cuando las autoridades se dirigen al homenaje floral junto a la escultura de Ibarrola. «Parece la presentación del Real Madrid», apunta. El público vitorea al Rey. Otros también abuchean a Sánchez al finalizar el evento, en la ofrenda floral. «¡Vete de aquí, cuentista!», le había espetado uno en su discurso. «Gajes del oficio, esto va en el sueldo», comenta irónico un dirigente del PSE. Un compañero suyo, de las Juventudes Socialistas, recuerda el título de una canción de 'La casa azul'. 'Podría ser peor'. La música de viola, con piezas de Bach y de Pau Casals, pone un contrapunto de emoción contenida. Todo bajo control.
Después, superado el estrés por el operativo, empieza a relajarse el ambiente aunque el equipo de Zarzuela mantiene el plan de seguridad. Es posible que hayamos pasado ya los 30 grados, y el calor llega también a los aplausos y a los abucheos. Apenas hay comentarios en el público 'no alineado' que observa los acontecimientos desde una terraza próxima. «La típica cosa organizada por el Ayuntamiento», confiesa uno. Otro, mayor, recuerda cómo vivió todo aquello, el impacto que se vivió en el pueblo, y se emociona mientras explica a su nieto quién era Miguel Ángel Blanco.
En las paredes de Ermua todavía se colocan las esquelas de los vecinos fallecidos. Es la hora del vermú –el aperitivo es sagrado– y el pueblo vuelve a la 'normalidad'.
En el día del homenaje, Alberto Núñez Feijóo prefirió alejarse de cualquier polémica y de las críticas vertidas la víspera a Pedro Sánchez. Recordó que «hay que ser respetuoso con la memoria de las víctimas», aunque también advirtió de que se debe tener la determinación de «llamar a las cosas por su nombre». «No se puede intentar equiparar a los asesinos con los asesinados. Aquellas fuerzas políticas que todavía no han condenado el atentado no merecen la confianza de los vascos ni de los españoles», afirmó en referencia a EH Bildu un día después de comprometerse a derogar la Ley de Memoria Democrática pactada entre el Gobierno y la coalición abertzale.
El presidente del PP, que tuvo su lugar medido en el protocolo en calidad de jefe de la oposición, dijo sentirse «muy orgulloso» de militar en el mismo partido que Miguel Ángel Blanco y reivindicó a todos los asesinados por defender «la Transición, la Constitución y el Estatuto de Gernika». Feijóo, además, se mostró totalmente de acuerdo con el discurso del Rey, al que «el 99,9% de los españoles no le pone una sola enmienda, una sola tacha, una sola raspadura».
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