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Ocho goles. Lejos de ser un descontrol de partido, ayer se vivió un encuentro de gran rigor táctico. La locura del resultado no significa que se jugara a una velocidad de vértigo. Todo lo contrario. Más bien se jugó a ritmo bajo, como si no estuviera en juego una plaza para toda una final de Copa. El Real Madrid estaba deseando correr, cerrar rápido la eliminatoria, y la Real, todo lo contrario. Control, control y más control. Buscó imponer su juego de posición ante el poderío físico del conjunto madrileño. Por momentos lo consiguió. No concedió demasiadas oportunidades al rival. No le dejó vivir cómodo en su escenario favorito. Imanol planteó un partido inteligente y la remontada se quedó muy cerca.
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El gol de la Real llegó en una acción que ya se pudo ver el sábado en el Reale Arena. Al menos en su origen. Oyarzabal y Marín volvieron a protagonizar los movimientos contrapuestos que ya repitieron ante el Valladolid. El primero cayendo a recibir y arrastrando a su par y el segundo estirando para ganar el hueco generado por el capitán. El Madrid, a diferencia del conjunto pucelano, no llevaba las vigilancias hasta el extremo, por eso Valverde se olvidó de seguir al riojano, lo que obligó a Lucas Vázquez a corregir a su compañero para dejar solo a Barrenetxea. La prolongación de Marín fue magistral y el donostiarra, esperando abierto por izquierda, no tuvo más que rematar el trabajo. Una jugada de tiralíneas que tenía sus horas de trabajo atrás en Zubieta. El peligro de la Real tenía que venir por fuera, a través de Barrene y Kubo, que se enfrentaban a dos laterales de circunstancias: Lucas y Camavinga. Marín lo entendió esquivando al francés en la jugada del segundo tanto y Kubo también explotó esta situación en la segunda mitad.
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Era un partido para acertar en los ataques, pero también para ser graníticos en defensa. La Real volvió a comportarse en un 1-4-4-2 en fase defensiva, con un centro del campo que se alineaba en rombo a la hora de presionar en el terreno de juego rival. Oyarzabal y Sucic eran las primeras referencias en la presión y por detrás les seguían Marín, en la punta del rombo, saltando a por Tchouaméni, Kubo y y Barrenetxea en los costados y Zubimendi en la base. Los extremos Barrene y Kubo trataban de tapar primero los pases por dentro a los interiores blancos, a la vez que vigilaban los envíos a los laterales para saltar veloces. Esa doble misión les complicaba el trabajo sin balón. No daban a basto y casi siempre llegaban tarde para tapar por fuera. A Barrene le pasó con Lucas Vázquez y a Kubo por su lado con Camavinga e incluso Vinícius, como en la jugada del empate del conjunto blanco.
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No se puede echar nada en cara a Zubeldia en el gol de Endrick. La altura de la línea defensiva era la correcta. No hay otra posibilidad cuando quieres robar arriba, en campo rival. El pase de Vinícius a su compatriota es extraordinario y a esa velocidad es inalcanzable. Quien debía haber aparecido era Remiro. Era el jugador que debía acortar la distancia, pero el cancerbero decidió esperar más atrás del punto de penalti y ahí Endrick, con tiempo suficiente para pensar qué hacer, no perdonó. El de Cascante, por miedo a fallar en la salida y dejar a sus compañeros con uno menos, optó por la medida más conservadora. Pero no era compatible con la valiente propuesta de presionar alto. Se contradecía. En la segunda mitad sí que se mostró con más confianza para salir del área y desbaratar varios balones largos al espacio destinados a Vinícius.
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No solo la Real ejerció una presión importante sin balón. El Madrid, también. Obligó al conjunto txuri-urdin a jugar con mucha precaución desde atrás. Se llevó algún que otro susto intentando iniciar el juego a través de los laterales. A la Real le costó encontrar las vías para empezar a construir y Remiro tuvo que recurrir más de lo que acostumbra al juego en largo. Así fue más difícil generar juego, sin oportunidad para atraer y encontrar espacios a la espalda, los guipuzcoanos tuvieron que basar su juego más de lo deseado en el balones largos. Más aún cuando la fatiga empezó a condicionar totalmente el juego de ambos equipos.
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La mejor forma de defenderse del rival siempre es a través de la propia posesión del balón. Agarrando la pelota. Eso trató de hacer la Real, lo que intenta siempre, pero esta vez llevando un control a ritmo bajo. Priorizando el orden y midiendo muy bien a dónde desplazar el cuero. No le interesaba perder el balón y conceder una ocasión propicia al Madrid para correr. Había que evitar a toda costa las transiciones de Vinícius, Rodrygo, Endrick y más tarde de Mbappé. Los de Imanol minimizaron ese peligro. El partido no se rompió hasta la prórroga. Ya era inevitable con el cansancio que había sobre el terreno de juego. La Real cayó de pie. No se puede reprochar nada a los jugadores ni al plan de partido.
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