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Fernando Ruiz Lacasa
Arquitecto. Miembro de la Comisión de Patrimoniode la Delegación en Gipuzkoa del COAVN
Domingo, 26 de mayo 2024, 06:45
Cuando la ciudad crece, y siempre crece, debe resolver con conocimiento y sana inspiración su continuo contacto con el espacio natural. La geometría es el único lenguaje de aproximación que puede ayudar a resolver este difícil encuentro. El Ensanche Cortázar la aplicó sabiamente en el Centro, con la ventaja de poder hacerlo sobre suelos públicos, y conformó una ciudad que supo dialogar con la orografía de su entorno. El barrio de Gros no lo tuvo tan fácil. Para empezar, los arenales en los que se asentaría fueron vendidos por el Ayuntamiento en 1849 a quien luego le daría nombre, lo que generó las primeras ocupaciones en forma de parcelas residenciales, talleres y almacenes. Los intentos municipales de ordenación se vieron siempre comprometidos por la existencia de estas parcelas privadas.
Tras un largo proceso, en 1891 se firmó un convenio que permitió avanzar en la necesaria planificación, prevaleciendo siempre los intereses particulares que inducían un desorden urbanístico que solo se atrevió a revertir la fuerza del mar. Los desarrollos que se proponen para Gros en el Plan Machimbarrena de 1928 terminan consolidando una serie de cinco solares edificables de geometría variable, ganados al mar mediante 750 metros de muro de costa, cuya estabilidad siempre preocupó al ingeniero municipal Ramón Iribarren, que observaba su base minada por los diferentes temporales que estaba soportando.
Su experiencia le llevó a la conclusión de que era imprescindible construir un espigón en la desembocadura del Urumea, para que protegiera la playa y favoreciera el depósito de arena contra el muro, único modo de resguardarlo de los temporales que estaban por venir. Estudió las corrientes y redactó un proyecto para la construcción de este apéndice, que seguiría la alineación del muro del Urumea hasta adentrarse 300 metros en el mar. La sección de la escollera era trapezoidal y alcanzaba los 45 metros en su base. La obra fue adjudicada el año 1944 y durante 3 años se lograron ejecutar casi 60 metros de escollera. El suministro de piedra venía de la ladera de Sagüés y se transportaba en vagonetas a través de una línea férrea construida sobre el muro de costa. Tanto en la adjudicación como en el proceso de ejecución, el contratista se quejaba de que esa cantera era inadecuada para esta obra, obteniéndose piezas de bajo tonelaje a costa de abundante material de rechazo. Ofreció entonces y prácticamente a su costa trasladar la explotación a la punta de Monpas, que geológicamente había resistido en esa posición por albergar piedra mas resistente.
El Ayuntamiento aceptó la propuesta y se construyó el acceso a la nueva cantera. En enero de 1950 comenzó su explotación, con resultados muy satisfactorios. La ciudad recuperaba la ilusión de alcanzar la consolidación de este espigón y de la nueva playa, tal como se había planificado. Fue en febrero de 1951 cuando un fuerte temporal terminó por derribar una parte del muro de costa, inundando medio barrio de Gros y dejando inservibles las vías de transporte de piedra. En septiembre de ese mismo año, el Ayuntamiento rescindió el contrato de la escollera, culpando sorprendentemente al adjudicatario de haber incumplido sus términos. Es un hecho que fue recogido por la prensa local en aquellos días, que en absoluto compartía esta decisión y sus consecuencias.
A los pocos años, los 60 metros de escollera inacabada fueron barridos por otro temporal, eliminando todo vestigio de su existencia. El muro de costa, al no obtener la protección del espigón, se fue desintegrando desde su punto de rotura hasta el área de Sagüés, llevándose consigo los solares edificables 9, 10, 11, 12 y 13 del Plan Machimbarrena. El epílogo de semejante suma de desatinos urbanos lo vivimos durante más de 40 años todos los donostiarras, que nos acostumbramos a ver una playa insalubre y peligrosa, encerrada en un muro amputado que prevaleció así hasta que en 1993 el Ayuntamiento y la Dirección General de Costas lograron en 2 años crear un nuevo espigón curvo con bloques, esta vez sí, de piedra caliza de gran tonelaje. El resultado fue la consolidación de la playa actual, con un muro de costa continuo y protegido, cuya geometría se identifica con un espacio urbano que sí ha sido capaz de dialogar con el espacio natural.
Muchos pensamos que esa misma geometría nos ayudaría a llevar con todo respeto el paseo del mar a la punta de Monpas o al menos a la falla situada 400 metros antes, devolviendo la dignidad a un territorio que hace 70 años quedó devastado. El espacio natural y el urbano se fundirían de nuevo para ofrecer la imagen de un lugar sabiamente recuperado.
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Fernando Morales y Sara I. Belled
Amaia Núñez
Patricia Rodríguez e Izania Ollo | San Sebastián
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